Reseña: Serotonina, de Michel Houellebecq

Nicolás Mavrakis
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10 de febrero de 2019  

Al final de El secuestro de Michel Houellebecq, la película que protagonizó en 2014, Houellebecq (1958) le explica a uno de sus captores que la democracia ya no existe en Francia. Desde que los tecnócratas de la Unión Europea deciden y controlan cada aspecto económico y político de la sociedad civil desde Bruselas, lo que hay es apenas un simulacro vacío de la libertad. Secuestrados o no, en los hechos el margen de acción real para cambiar las cosas quedó hace tiempo fuera del alcance de las decisiones colectivas. Esta es la hipótesis que Houellebecq también formuló el último diciembre en Harper's Magazine, al explicar por qué Donald Trump podía ser un "buen presidente" si se desentendía de una Unión Europea agónica que "no comparte idiomas, valores, ni intereses". Y es, ahora, la columna vertebral de su novela Serotonina.

Fuente: LA NACION

El protagonista, Florent-Claude Labrouste, es un ingeniero agrónomo que tras pasar quince años al servicio de la burocracia de la Unión Europea tratando de proponer medidas de protección "razonables" para los agricultores de Normandía, llega a la conclusión de que, "a fin de cuentas, siempre me habían dicho que no, las cosas siempre habían dado un vuelco en el último momento hacia el triunfo del librecambismo, hacia la carrera de la productividad". El resultado de su vocación no parece haber sido más que aportar algunos datos superfluos para socavar el futuro inmediato de la agronomía francesa, avasallada por una competencia internacional que ajusta costos, se entrega a los transgénicos (como la Argentina, escribe Houellebecq, donde además de devaluar el peso "para inundar literalmente Europa con sus productos" tampoco hay "ninguna legislación restrictiva") y destruye empleos. Resignado al error de haber creído "que podía cambiar algo en el movimiento del mundo", Florent se despoja de su trabajo, de su vida social y de su novia, y la depresión es tan profunda que apenas le queda algún que otro placer culinario ("Francia, y quizá todo Occidente, estaba sin duda retrocediendo al estadio oral, por decirlo en los términos del fantoche austríaco").

Esta trama material y moral incluye, en su punto más penetrante, una protesta armada de la Confederación Campesina y la Coordinación Rural por la que Houellebecq renovó, otra vez, su renombre como autor capaz de auscultar tan bien el presente que casi logra "anticipar" el futuro (con un bosquejo ruralista de las mismas razones que, hace poco, desataron los disturbios en París contra el ajuste económico liderado por Emmanuel Macron). Por encima y por debajo de esto, lo que también funciona a la perfección es el afinado radar houellebecquiano para la provocación. Es esto lo que inquieta por igual a sus adeptos y a sus detractores, y el rasgo que mejor ayudó a convertirlo en un bestseller.

Así como el protagonista de Serotonina afirma que "las ganas de mentir me han abandonado definitivamente", lo que la prosa y el estilo de Houellebecq afirman por su propio lado es que, esta vez, no habrá sutilezas. Y si el deber del poeta es apretar ahí donde hay pus, como sostiene el autor de Las partículas elementales, entonces no debería sorprender demasiado que Florent, al especular sobre cómo asesinar a su novia, a la que descubre como la inesperada protagonista de una serie de videos zoofílicos, diga que "el concepto de ?femicidio' me parecía bastante divertido, me sonaba a insecticida o raticida", o que, marginado del sexo por los efectos de su antidepresivo predilecto, afirme que el valor último de una mujer se reduce a la calidad de sus "prestaciones sexuales".

Estos, por supuesto, son los compases típicos, los ritmos con los que Houellebecq siempre ha articulado sus verdades acerca de un mundo con un impresionante superávit de sexo y un ominoso déficit de amor. Todo lo demás son equívocos deliberados o trampas calculadas de literalidad. Para los curiosos: la realidad es que Houellebecq se casó el año pasado, y hasta se mostró bastante feliz.

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