Buen comienzo para un país dividido que no superó la grieta

Rosendo Fraga
Rosendo Fraga PARA LA NACION
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11 de diciembre de 2019  

Alberto Fernández ha logrado que su asunción a la presidencia sea un acto de unidad nacional. Se trata de algo relevante para un país que ha vivido más de una década y media en un contexto de confrontación política.

En el gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007), la relación entre oficialismo y oposición no fue buena. Las movilizaciones en reclamo de más seguridad lideradas por Blumberg tuvieron un sesgo opositor y fueron vistas por el oficialismo como una amenaza.

El primer gobierno de Cristina (2007-2011) se inició a partir del conflicto con el campo, precipitado por la resolución 125 sobre las retenciones. Durante varios meses, las entidades del sector se movilizaron en las rutas. Para el oficialismo, fue una amenaza a su predominio político y entonces surgió el término de "complejo agromediático" para referirse a esta oposición de base electoral, pero con repercusión política.

En su segundo período (2011-2015), esa situación de antagonismo se mantuvo y la posibilidad de un tercer mandato consecutivo de Cristina reforma de la Constitución mediante polarizó la política, movilizándose la oposición en las calles, convocada desde las redes sociales. La traumática sucesión de Cristina a Macri fue una evidencia del grado de antagonismo al que había llegado la política argentina.

El gobierno de Macri (2015-2019) no logró superar "la grieta", como pasó a denominarse desde finales del período anterior la polarización política en la cual se encontró la política argentina. Para el kirchnerismo, la acción concertada de "medios y Justicia" fue el mecanismo a través del cual el oficialismo buscó su aniquilamiento político. En este contexto, adquiere significación una transición acordada entre quienes se van y los que llegan.

El acercamiento comenzó al día siguiente de la elección, cuando ganador y perdedor se encontraron y fotografiaron buscando dar una imagen de transición acordada, en momentos en que las dudas sobre el futuro de la Argentina arreciaban en los mercados.

Pero en los hechos esta transición no se concretó demasiado. Los equipos que designó Alberto para ello finalmente no tomaron contacto con los funcionarios de la administración saliente. No hubo un trabajo real de transición.

La despedida de Macri, que combinó el uso de la cadena nacional para defender su gestión con la movilización en la Plaza de Mayo y los videos que difundió en las redes sociales, si bien tuvo lugar en una estrategia para posicionarse como futuro líder de la oposición, reabrió "la grieta" más allá de sus intenciones.

Fue la misa realizada en Luján por la Iglesia el hecho que permitió superar el antagonismo y crear el clima de distensión y concordia que han permitido una transición entre adversarios y no entre enemigos políticos.

El presidente entrante y el saliente no solo se dieron la mano, sino que se abrazaron públicamente. En la primera fila, estaba un tercer político, Roberto Lavagna, quien más allá de su resultado electoral fue quien más hizo en la campaña para superar "la grieta".

La homilía del arzobispo de Mercedes-Luján, Jorge Eduardo Scheinig, marcó la pauta sobre la necesidad de superar la confrontación política, y ello se ha logrado.

Que Macri sea el primer presidente no peronista que termina un mandato desde que esa fuerza emergió en la política argentina, en 1945, es un logro histórico-institucional.

Pero que se haya llevado adelante una transición entre adversarios y no entre enemigos lo es desde el punto de la cultura política.

Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría

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