Mala praxis diplomática en medio de la pandemia

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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30 de abril de 2020  

La pandemia contaminó a la política de un dramático cortoplacismo. El futuro queda ahora a semanas de distancia. La unidad de medida temporal es la cuarentena. Contra ese horizonte tan incierto se destaca todavía más una decisión de Alberto Fernández relativa al largo plazo. Suspendió la participación de la Argentina en las negociaciones comerciales del Mercosur con otros bloques o países, salvo con Europa. La concepción que lo impulsa no debe sorprender. Fernández pertenece a una coalición proteccionista, por su forma de pensar la economía y por sus alianzas sectoriales. Él y su grupo están ligados a sectores que, para sobrevivir, necesitan que el Estado los proteja de competidores extranjeros. En cambio, lo que sí resulta inesperado es el método que siguió el Gobierno para poner en práctica su idea. Porque lo que se resolvió en la reunión del viernes pasado no fue aislar al país de economías con las que aún no está integrado. Se resolvió aislarlo del Mercosur. Sobre todo, del mercado brasileño. Tal vez no haya que asombrarse con esta determinación. Se inscribe en un contexto general de mala praxis que hoy deteriora toda la política exterior.

Mala praxis significa que los desaciertos son consecuencia de una impericia y no de un razonamiento más o menos opinable. La participación del Presidente en el Grupo de Puebla pertenece a este tipo de equivocación. Esa liga de dirigentes se reunió el 10 de abril y emitió un comunicado en el que elogió a una sola administración de América Latina: la de Alberto Fernández. Es lógico: es el único gobierno que tiene una participación oficial en el grupo. Los demás integrantes son opositores a quienes ejercen el poder en sus países. Hasta el mexicano Andrés Manuel López Obrador envía allí a dirigentes partidarios, no a funcionarios públicos.

A Fernández no le alcanza con intervenir en las reuniones. Se hace escoltar por el canciller Felipe Solá. Quiere decir que lo que dice y, sobre todo, lo que firma no es la posición del peronismo, del kirchnerismo, o del albertismo. Dice y firma la República Argentina. Para comprender el significado político de esta participación ayuda mucho leer la última declaración. Allí se acusa a Jair Bolsonaro, el presidente del principal socio del país, de cometer con su gestión de la epidemia un crimen de lesa humanidad. Se castiga a Sebastián Piñera, también con nombre y apellido, por, según los firmantes, haber cargado el costo de la crisis económica sobre los más vulnerables. Se censura a los Estados Unidos y a la Unión Europea, integrada hasta donde se sabe por algunos amigos de Fernández, por presionar por la democratización de Venezuela. Se acusa al presidente de Ecuador, Lenín Moreno, de perseguir en la Justicia a su antecesor Rafael Correa, que también suscribe el documento. Y, entre otras apologías y rechazos, se defiende a China de las acusaciones de Donald Trump. Quiere decir que el Presidente y el canciller argentinos entraron en conflicto, en solo un par de horas, con los gobiernos de Brasil, Chile, Ecuador, los Estados Unidos y la Unión Europea. Aun nadie explicó en qué estrategia hay que enmarcar esa decisión.

Mientras se aguarda que alguien lo descifre, sigue valiendo el tuit del politólogo Javier Caches, para quien "un club de opositores regionales en el cual Alberto es el único miembro con poder real, más que un club es una trampa". No hay que ser tan alarmante. Lo más probable es que sea una manifestación de afecto hacia un amigo: el chileno Marco Enríquez-Ominami, conocido en su país como ME-O. Hijo carnal del guerrillero Miguel Enríquez, muerto por la dictadura de Augusto Pinochet, Enríquez-Ominami se crio en Francia al amparo de su abuelo materno, el demócrata cristiano Rafael Gumucio.

El apellido Ominami lo adoptó del exesposo de su madre, el exsenador Carlos Ominami, un prestigioso líder del socialismo chileno y amigo de Alberto Fernández desde 2003, cuando integraban una liga de partidos progresistas. Marco Enríquez-Ominami constituyó su propio partido, en disidencia con Michelle Bachelet, y compitió por la presidencia de su país con escasísimo éxito. Logró lo que se creía imposible: irritar al mismo tiempo a Bachelet y a Piñera. También profesa un ecumenismo positivo: en 2015 se acercó a Mauricio Macri. Y participa, junto a su esposa, la presentadora televisiva Karen Karen Doggenweiler, de la agrupación La Cultura del Encuentro, inspirada por el papa Francisco. Una señal de pluralismo del Pontífice ante un militante inclaudicable por la legalización del aborto.

Experto en artes visuales, ME-O se ha volcado a la consultoría política. Por ese camino llegó a México, adonde asesoró al actual gobernador de Puebla, el controvertido Miguel Barbosa Huerta. El Grupo de Puebla fue un regalo de Enríquez-Ominami a su pupilo. Se inauguró en julio del año pasado, pero adquirió volumen cuando se sumaron el presidente argentino y, más tarde, Lula da Silva y Dilma Rousseff.

Enríquez-Ominami aproximó a Fernández a la oposición a Piñera. La semana pasada tuvo una reunión virtual con varios de sus dirigentes, a quienes aconsejó unirse para terminar con el poder del presidente chileno. Como esa interferencia provocó malestar en el gobierno de Piñera, ME-O aclaró por radio que lo que hizo Fernández es lo que había hecho François Mitterrand cuando recomendó limar diferencias a los adversarios de Pinochet. Clarísimo: Piñera es, para los que organizaron esa entrevista, un dictador. La posición de este canciller del corazón de Alberto Fernández es errática.

También reveló haber intentado reunir a su amigo argentino con Piñera, pero que Piñera se negó. ¿Hacía falta comunicar ese desaire? ¿Piñera no estará esperando que esas gestiones las haga un argentino? Tal vez Fernández debería pensar en Solá. Uno de los beneficiarios de este desaguisado es el gobernador de Puebla, a quien su viejo consultor dotó de una figuración inesperada. El otro es Piñera: ¿hay algo más conveniente para un político chileno que enfrentar a adversarios teledirigidos por un argentino? Hasta la fraternidad incondicional argentino-chilena tiene un límite.

El lunes, Fernández debió dedicar 45 minutos a recomponer su relación con Piñera. Ambos dicen haber quedado contentos. Anteayer le tocó dar explicaciones frente a otro par: el uruguayo Luis Lacalle Pou. Esta vez fue por un desacierto con efectos más estructurales. El viernes pasado, en una reunión comercial del Mercosur, el secretario de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería, Jorge Neme, informó que la Argentina se retiraba de las negociaciones del Mercosur con terceros países, salvo los de Europa. Los demás socios se enteraron en ese momento de la novedad.

Neme dio dos razones del apartamiento. Explicó a los representantes de los tres gobiernos de centroderecha que lo escuchaban que la Argentina no puede seguir negociando por el desastre que dejó el "neoliberalismo". Y que es mejor suspender las tratativas hasta saber cómo será el mundo después de la pandemia.

La decisión de Neme es inexplicable. Tal vez se deba a sus escasos antecedentes. Solo fue encargado de relaciones internacionales del tucumano Juan Manzur, tarea en la cual casi solo protagonizó escándalos. Detalles. Lo que resulta difícil de entender es por qué el Gobierno retiró a la Argentina de una mesa en la que tiene poder de veto. Es decir: ningún acuerdo se podría firmar sin el consentimiento del propio país. Es una regla que Cristina Kirchner aprovechó al extremo de enojar a Dilma Rousseff, quien no podía firmar el tratado con la Unión Europea por la reticencia de Buenos Aires.

El de la actual vicepresidenta era un proteccionismo muy cuestionable, pero inteligente. El de Fernández es incomprensible. Apartarse de las negociaciones es apartarse del Mercosur. Es lo que estaban esperando los demás socios. Sobre todo el Brasil de Paulo Guedes. La estrategia del ministro de Hacienda de Bolsonaro es mejorar la competitividad brasileña bajando el costo de los insumos y de los bienes de capital para las empresas de su país. Para eso se propone abrir el comercio reduciendo el arancel externo. Hasta el viernes, dependía de la Argentina. En adelante, Guedes, igual que uruguayos y paraguayos, podrá hacerlo solo. El Mercosur dejó de ser una unión aduanera, con una barrera compartida hacia terceros mercados, para retrotraerse a la condición de área de libre comercio, con arancel cero entre los socios.

Las consecuencias de esta involución son perjudiciales. Que los tres socios reduzcan la protección externa quiere decir que podrán comprar en otros países productos que hoy compran en la Argentina. Es decir: las empresas argentinas verían amenazado el mercado del Mercosur. Sobre todo, el brasileño. Al mismo tiempo, las compañías que inviertan en esta parte del mundo lo harán en los países que estén más abiertos a otros mercados. En consecuencia, se arriesgan solo clientes y se arriesga inversión.

Hay algunas novedades que podrían dar lugar a negociaciones más sagaces. En el caso de la Unión Europea, por ejemplo, el comisario de Comercio Phil Hogan acaba de declarar que, ante la recesión actual, los países ricos deben "afianzar su compromiso con la cooperación internacional y asistir a los países más vulnerables". Es una plataforma interesante para obtener alguna otra ventaja sobre lo que ya se negoció. Un prestigioso economista como el español Pablo Zalba Bidegain, quien fue eurodiputado y presidente del Instituto de Crédito de su país, comentó ayer a LA NACION: "Cualquier marcha atrás en la globalización tendrá nefastas consecuencias económicas por la clara correlación entre apertura comercial y creación de puestos de trabajo. Pero es innegable que la globalización tendrá que modularse. Esa modulación será en detrimento de Asia en general y de China en particular. Y será en beneficio de aquellas economías emergentes más abiertas. Por tanto, el acuerdo UE-Mercosur es más importante que nunca. Eso sí, la UE debería ser sensible ante el nuevo contexto y asistir a los países más vulnerables. El acuerdo es un buen marco para esa ayuda. La Argentina tiene una oportunidad única. Obviar esta oportunidad será en detrimento del bienestar de los argentinos".

La conflictividad de Alberto Fernández complica a sus propios representantes: de Jorge Argüello en Estados Unidos a Rafael Bielsa en Chile. Además, parece mentira, pero el mundo no gira alrededor de la Argentina. Los demás hacen su juego. Un ejemplo: Brasil y Chile están negociando un tendido de fibra óptica desde Asia, que no pasaría por territorio argentino. Es un emprendimiento crucial para la inserción tecnológica de esta parte del planeta que, en cualquier momento, será repudiado por el Grupo de Puebla.

En su última reunión con epidemiólogos, el Presidente confesó que sus modelos de país son Noruega y Finlandia. Son dos ejemplos muy distantes. En Noruega se inscriben 7,72 empresas por cada mil adultos por año. En Finlandia 3,43. En la Argentina, 0,43. El acceso a los bancos en Noruega y en Finlandia es del 100% de los adultos. Entre nosotros, del 50%. Noruega y Finlandia pertenecen a la OCDE. Nosotros, con Mauricio Macri, perdimos la oportunidad. Hoy ya no la queremos. Ayer entró Colombia. Las exportaciones e importaciones en Noruega son el 76% del PBI; en Finlandia, el 69%. Entre nosotros, el 25%. Aquellas son economías abiertas. Finlandia pertenece a la Unión Europea. Noruega tiene acuerdos con infinidad de países. Solo protege la pesca. Y Finlandia, la madera. Es decir, aquello en lo que son competitivas. La Argentina castiga, antes que nada, al campo. Y protege actividades inviables.

Fernández quiere convertir a los argentinos en noruegos o finlandeses. No está mal formularse objetivos ambiciosos. Lo raro es que, abrazado a sus compañeros de Puebla, camine en la dirección opuesta a lo que aspira.

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