El macrismo se debate entre lo deseable y lo posible

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23 de septiembre de 2019  

Un dilema atraviesa el relanzamiento de la campaña de Cambiemos. El conflicto está atravesado por lo deseable y lo posible. Idealistas y realistas conviven allí sin poder imponer ninguno ni sus convicciones ni sus conveniencias, tratando de disimular la dicotomía.

Lo deseable pone el foco, la energía y el despliegue en revertir, aunque sea parcialmente, los resultados de las PASO para intentar que Mauricio Macri pueda acceder a una segunda vuelta. Es el territorio que habitan con convicción el propio Presidente, Marcos Peña y un reducido grupo de ministros, funcionarios y dirigentes cuya fe se parece al fanatismo (o a la desesperación). Creen aún que la ciudad de la utopía es algo más que una idea de Tomás Moro. La respuesta de los votantes duros propios los sostiene.

Sus mensajes, a diferencia, de los que animaron a este grupo en los últimos tiempos, se centran en reforzar los logros que puedan rescatar de la gestión macrista, la defensa de los valores republicanos y en pedir más tiempo para hacer lo que no se hizo, que es una forma de pedir disculpas por lo no hecho o por lo hecho decididamente mal. El objetivo es resignificar la figura de Macri, a lo que el Presidente le pone el cuerpo para tratar de encarnar ese propósito con una energía que no tenía en las dos semanas posteriores a las PASO.

En algún punto agradecen, pero no agitan en exceso la sucesión de fallos de la Justicia a partir de las PASO en favor de kirchneristas procesados por delitos de corrupción. Por necesidad y conveniencia, las críticas al kirchnerismo pasaron a un segundo plano. Es una forma de admitir la precariedad de la estabilidad alcanzada y el riesgo que una escalada de los enfrentamientos con la oposición puede entrañar para la pax cambiaria y los depósitos bancarios, imprescindibles para llegar al 27 de octubre en pie.

También implica reconocer tácitamente que fracasó la estrategia de la polarización extrema que los llevó a terminar haciendo solo anticristinismo, para que el espanto les sumara los votos que los resultados objetivos de la gestión económica les restaban. Se trató de un fracaso por errores propios y por la reunión del peronismo, a la que, además, en mucho contribuyeron el trío integrado por Macri, Peña y Durán Barba. Ellos bloquearon sin fisuras todas las propuestas que les llegaron desde dentro del macrismo y desde el afuera peronista para darles una vía de escape a Sergio Massa y a los intendentes bonaerenses: estaban destinadas a sostener el dique que dividía las aguas peronistas. Ellos lo dinamitaron y aún están tratando de recuperarse de los daños que les causó el torrente liberado.

La unificación en el Frente de Todos, detrás de la candidatura presidencial de Alberto Fernández, logró desteñir la imagen dominante de Cristina, como ella misma se propuso, para derrotar a Cambiemos o para recuperar el poder, que no es necesariamente lo mismo. El anticristinismo dejó de ser letal, en la medida en que el cristinismo ya no fue el todo, sino una parte que, además, había comprado un blindaje.

En el espacio de lo posible habita todo el resto de Cambiemos. Son los que vieron afectadas sus imágenes, diluidos sus logros de gobierno y reducidos sus votos por el deslave de Macri, que los arrastró en su caída. Allí habitan tanto los radicales como fundadores de Pro. Es el caso de Horacio Rodríguez Larreta y de María Eugenia Vidal.

Ellos tratan de poner en valor sus respectivas gestiones. Una forma de diferenciarse del macrismo puro y duro con el que han discrepado en reiteradas oportunidades desde que su jefe llegó a la presidencia y adoptó un estilo de conducción, diseñó un modelo para gobernar y adoptó algunas medidas con las que nunca estuvieron de acuerdo. Aunque no siempre se lo manifestaron, al menos con las suficientes energía y convicción capaces de modificar el rumbo de los acontecimientos. Los que ya hacen el balance asumen tímidamente su cuotaparte de culpa.

La campaña porteña refleja con precisión las diferencias. La prioridad es la recuperación de votos en los barrios donde la heladera vacía pesó más que las obras. Rodríguez Larreta le imprime su activismo frenético a todo su equipo. No solo se juega su reelección o la retención del territorio donde nació Pro, sino también el futuro político del espacio y del suyo propio.

En cambio, con el resultado ya casi puesto en el territorio bonaerense, Vidal juega las últimas cartas a tratar de levantar la imagen de Macri o a trasvasarle algo del capital simbólico que ella retiene y que él le licuó. Casi una transfusión en defensa propia.

La sobrevida política de Vidal le exige hacer una elección que sostenga la boleta de legisladores provinciales. Allí radicará su punto de apoyo. Si mantuviera los números de agosto, Cambiemos podría tener la mayoría en el Senado, pero perdería el quo rum propio que ahora tiene. En Diputados, se mantendría el reparto equitativo que existe ahora, aunque la mayoría pasaría a ser la del peronismo, que quedaría a las puertas del quo rum propio. Evitar eso es un objetivo deseable y posible.

La gobernadora podría beneficiarse, además, de lo que fue o pareció ser un error en el armado de las listas con puño de hierro. Se dijo, entonces, y vale repetirlo ahora, que era una confección para perder y no para ganar. Exclusiva para propios y excluyente para ajenos (como la tropa de Emilio Monzó), clausuró así toda posibilidad de ampliar su base de sustentación. Pero ahora, ante la más que probable derrota, tendrá asegurada la lealtad de los fieles sin riesgos de fuga. Habría hecho de la conveniencia una virtud.

En el entorno de Vidal niegan que una visión fatalista de las elecciones haya sido el vector que ordenó las candidaturas legislativas. Pero nadie puede negar, ni el propio Macri, que la gobernadora siempre consideró casi más difícil retener la provincia que haberla ganado en 2015, cuando nadie creía en su victoria.

Apostar al Congreso

El escenario legislativo nacional es el otro terreno en el que opera la disputa macrista entre lo deseable y lo posible. En el Congreso se dirimirá también buena parte de la suerte futura del actual oficialismo, pero no solo eso. También perfilará las características del nuevo mapa de poder que surgirá de las elecciones del 27 de octubre.

La persecución de lo deseable conspira contra la puesta en agenda de la relevancia de esta cuestión. La construcción de un relato de campaña que interpele a la ciudadanía para captar el voto a favor de los candidatos a diputados nacionales de Cambiemos implicaría poco menos que asumir anticipadamente la derrota en la elección presidencial. De eso hablan los realistas que en Cambiemos prefieren no ilusionarse con una más que hipotética segunda vuelta.

Eso explica por qué muchos oficialistas aspiran, de mínima, a que se repitan los resultados de las PASO, ya que en ese caso Cambiemos tendría en el Senado y en Diputados dos interbloques robustos. Más que los que tuvo cuando llegó al poder nacional, en 2015. En la Cámara baja superaría el centenar, sobre un total de 257.

No podría impedir que el probable nuevo oficialismo tenga quo rum propio, pero sí le permitiría oficiar de freno y contrapeso. Ante los muchos fantasmas que recorren la campaña sobre algunos inquietantes proyectos que tendría el ala más radical de una nueva hegemonía kirchnerista, no habrá un antídoto más eficaz que la oposición legislativa. La mayoría de esas iniciativas (algunas referidas a la independencia del Poder Judicial) requerirían de mayorías especiales, que no contarían. Mucho menos si dependieran de una reforma constitucional. La preservación de la república depende de todos.

No son pocos los que en el oficialismo quisieran poner en valor la importancia de una sólida oposición en el próximo turno. Pero admitir la inevitabilidad del paso del palacio a la intemperie implica clausurar sueños presidenciales. Complicado.

Son los devaneos que atraviesan a Cambiemos. Lo ideal no siempre es compatible con lo posible.

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