El país se encamina a la reedición del duelo entre Macri y Cristina

Alejandro Catterberg
Alejandro Catterberg PARA LA NACION
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16 de diciembre de 2018  

Si el 2016 fue el año de la transición y el 2017 el de la consolidación electoral, el año que ahora termina ha sido para el gobierno el de la reformulación de su plan de poder. En efecto, este 2018 dio por tierra con la estrategia política que había planificado el macrismo para su primer mandato presidencial. Un plan que incluía en etapas sucesivas la normalización económica, la reinserción al mundo, la implementación de una política fiscal gradualista, la consolidación y la obtención de mayor poder político tras las elecciones de medio término y la ulterior implementación de reformas estructurales para solidificar la base de un crecimiento económico genuino.

El plan sucumbió inesperadamente frente una tormenta que incluyó dosis de mala fortuna y mala praxis. Así, durante este año desapareció el modelo gradualista, que fue remplazado por la narrativa del esfuerzo y el sacrificio compartido. Los objetivos de reducción de pobreza e inflación que había planteado el Presidente debieron ser pospuestos. Y el mejor equipo en 50 años se desmembró entre renuncias, recambios y reducciones.

De todos modos, Macri terminó sacando barato el descalabro de 2018. Después de un año durísimo, Cambiemos celebrará las fiestas con un nivel de apoyo social que le permite ser optimista en relación a su posibilidad de conservar el poder en las elecciones del año próximo. Pese a la odisea política y económica que se vivió en buena parte de este 2018, la aprobación de la gestión de Macri terminará tan solo nueve puntos por debajo de donde comenzó.

La razón de la resiliencia macrista se explica en la existencia de un núcleo marcadamente antiperonista en la sociedad argentina. Como ya fue escrito tiempo atrás, la sociedad argentina puede dividirse genéricamente en tres segmentos. El primero rechaza al peronismo y encuentra en Macri un canal por el cual canalizar sus demandas y anhelos. A este grupo, se contrapone un colectivo social que desconfía del capitalismo y cree fervientemente en el rol central del Estado en todos los aspectos de la vida social. Finalmente, hay entre ambos un grupo mayoritario de votantes, por lo general desideologizados y desinteresados por la política que, sin embargo, termina definiendo las elecciones con sus oscilaciones a uno y otro lado del espectro político.

La persistencia del núcleo más o menos cautivo del macrismo se vio vigorizada en las últimas semanas por un mejoramiento del clima social, tal cual registra la encuesta que hoy publica en exclusiva LA NACION. La razón de esta mejora se explica posiblemente por la combinación de varios factores: la exitosa concreción del encuentro de jefes de Estado del G-20, la estabilidad cambiaria de los últimos meses y la disminución de los niveles de inflación de las últimas semanas, el anuncio del nuevo protocolo para las fuerzas de seguridad, el pago del bono impulsado por el gobierno, y la ausencia de hechos de violencia callejera, que están produciendo un diciembre llamativamente tranquilo.

Este repunte no opaca de todos modos los muchos desafíos que tiene por delante Mauricio Macri en términos de opinión pública, entre ellos la dificultad de recuperar terreno en el conurbano bonaerense, donde aún en diciembre siguió cayendo a contramano del resto del país.

En un año extremadamente complejo para Cambiemos, el peronismo no kirchnerista no pudo sacar ventajas y desaprovechó la ocasión de desbancar a Cristina Kirchner -siempre comprometida judicialmente- como principal referente opositor. El problema de peronismo va sin embargo mucho más allá de la falta de estrategia: carece lisa y llanamente de emisor, mensaje y receptor.

No tiene emisor porque no hay en el espacio figuras ni liderazgos con reconocimiento popular, capaces de coordinar y liderar al resto del PJ. Massa que es el mejor instalado entre ellos cuanta hoy, paradójicamente, con la peor imagen de su carrera. El peronismo tampoco tiene un mensaje articulado, convincente y que logre romper con la polarización. Por último, el PJ adolece de una audiencia. Mientras que los sectores sociales kirchneristas y los macristas siguen con algún interés la coyuntura política, el sector intermedio, donde el peronismo tiene que abrevar en buscar los votos, no se interesa por la política y solo se involucra unos meses antes de la elección en el debate político. Por más fotos que se saquen, ese sector no está listo para registrarlos.

Quien sí aprovechó las turbulencias económicas de este 2018 fue Cristina Kirchner, que se mantuvo como la principal dirigente opositora y hasta recuperó algunos simpatizantes que la habían abandonado tras la derrota del 2015. En efecto, su imagen pública alcanzó este mes su punto máximo (35%) desde que dejó el gobierno. Adicionalmente, su estructura política se vio reforzada –fundamentalmente en la Provincia de Buenos Aires- por el exacerbado pragmatismo electoral de muchos dirigentes que los lleva a golpear las puertas del Instituto Patria.

Frente a este estado de situación, y si se mantiene al menos cierta estabilidad económica, parece sensato pensar que el país se encamina en 2019 a una reedición del enfrentamiento entre las dos figuras centrales de la política argentina de los últimos años: Mauricio Macri y Cristina Kirchner.

El autor es director de Poliarquía Consultores

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