La nueva redistribución del poder entre Alberto y Cristina

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
Como si fueran áreas de influencia, ella avanza sobre el Congreso y él define su gabinete; las dudas sobre la economía y la creación del Ministerio de Agricultura
Cristina Kirchner y Alberto Fernández
Cristina Kirchner y Alberto Fernández Fuente: Archivo
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24 de noviembre de 2019  

Es muy complejo rastrear el proceso de distribución de poder en una coalición política nueva. La tentación más frecuente es interpretarlo desde las categorías de los antecedentes más inmediatos, pero no siempre son útiles. El Frente de Todos no es la Alianza, aunque herede un lejano espíritu de coalición. Tampoco es el primer kirchnerismo, pese a que Alberto Fernández lo reivindique como la edad de oro, ni el último cristinismo, aun cuando tenga a la expresidenta como protagonista. El Frente de Todos tiene una fisonomía y una dinámica mucho más complejas que todas esas experiencias anteriores. Ni sus accionistas principales saben todavía cómo se distribuyen los dividendos.

En su breve historia hubo cuatro momentos claves de distribución de poder. El fundacional fue la designación de Alberto Fernández como candidato por parte de Cristina Kirchner, tallado en mármol para que siempre quedara en claro que ella era el alfa y omega de todo. El segundo fue el cierre de listas de candidatos, donde la expresidenta, con un poder amplio, puso varios nombres, especialmente en el territorio bonaerense; los gobernadores, recién incorporados al proyecto, incidieron en sus distritos, y Fernández apenas pudo tallar en la ciudad de Buenos Aires. La organización seguía siendo esencialmente piramidal. El tercer episodio fue el proceso electoral, que dejó a todos con distintas cuotas de participación en el triunfo. Alberto logró el cargo al que aspiraba, lo que le permitió empezar a acumular capital propio, pero en parte lo hizo gracias a la provincia de Buenos Aires, por lo que no le restó demasiado a su compañera de fórmula. También Sergio Massa se quedó con una parte porque sus votos fueron decisivos. Y los gobernadores revalidaron en sus distritos. El peronismo no perdió ninguna provincia y conquistó dos nuevas con Axel Kicillof en Buenos Aires y Omar Perotti en Santa Fe.

La última etapa de distribución del poder antes de asumir el gobierno tuvo esta semana su momento más intenso, con el inicio de la definición de los principales roles ejecutivos y legislativos. Arrancó el lunes con la cumbre en Recoleta y terminó el viernes con rumores cruzados sobre lo que había pasado en el área económica. En la reducida réplica vernácula de Yalta que protagonizaron los Fernández, con Máximo Kirchner y Eduardo "Wado" de Pedro de testigos, se habló mucho de la unificación de los bloques en el Congreso, pero una frase de Alberto al salir indujo a todos a poner el acento en los ministerios. "El gabinete está prácticamente definido", señaló y así marcó la lectura de que fue hasta el departamento de Cristina a refrendar los nombres que lo acompañarán.

Fernández arma un equipo multiétnico destinado a contener a todas las tribus. Hay un kirchnerista moderado como De Pedro, un intendente como Gabriel Katopodis, peronistas como Felipe Solá, albertistas puros como Santiago Cafiero, massistas como Diego Gorgal, técnicos como Marcela Losardo. Su prioridad en esta etapa es amalgamar y cohesionar, darle una entidad constitutiva a una construcción electoral que ahora pasará a la fase de gobierno. Por eso no le interesa demasiado refutar a quienes le enrostran que el verdadero poder lo tiene la vicepresidenta electa. Fernández siente que cuenta con otro activo sutil: es el único garante de la construcción conjunta. Hoy ambos se necesitan; mañana será otro día.

El laberinto económico

Por ahora Alberto Fernández prefiere destinar su energía a resolver su encrucijada mayor: el manejo económico. Abandonó su idea original de reconstituir un superministerio, al estilo del que comandó Roberto Lavagna con Kirchner. Su planteo es que como el tema deuda es demasiado demandante, corre el riesgo de que consuma toda los esfuerzos de esa dependencia y demore las medidas de reactivación económica. Pero en estos días le agregó un componente más. Según les comentó a sus allegados, está decidido a que Agricultura tenga una entidad propia porque es la principal fuente de ingresos de divisas con la que cuenta el país. En consecuencia, el modelo más probable hoy es que haya tres ministerios: uno de Economía (o Hacienda y Finanzas), enfocado exclusivamente en el tema deuda; otro de Industria, Comercio y Energía, que apunte a la reactivación económica, y un tercero de Agricultura.

Para Fernández la danza de nombres no es tan frondosa como parece, aunque a algunos les dijo que podía haber "sorpresas". Sus personas de confianza son Matías Kulfas y Cecilia Todesca. Trabaja a diario con ellos y se siente muy cómodo con sus propuestas y sus modos de interactuar. El primero se encamina a ser ministro y la segunda debe sortear su reticencia a ocupar los primeros planos, tal como querría el presidente electo. Guillermo Nielsen quedó circunscripto al proyecto Vaca Muerta. "Alberto me pidió que me corra del tema deuda", comentó el economista esta semana a sus allegados. "Siempre estuvo destinado al área de energía, lo que pasa es que como sabe de deuda, terminó hablando de la cuestión", aquietó Fernández a los suyos, para evitar que se instale la idea de un volantazo, después de que su nombre sonara con fuerza para Hacienda y Finanzas. Martín Redrado va a ocupar un lugar, pero hoy no parecería que fuera en un ministerio. "Demasiado liberal, como Guillermo", es la explicación oficial. Con Lavagna habló por última vez hace 20 días, pero no está dispuesto a volver al gabinete, aunque podría aceptar después encabezar un Consejo Económico y Social, otra de las ideas en debate.

Imprevistamente se instaló en estos días el nombre de Martín Guzmán, un economista de la Universidad de Columbia que fue orador central en una cumbre sobre deuda en Ginebra y destinó un segmento a la Argentina al referirse a las recetas del FMI que fracasaron. "Es un gran académico, muy cercano a [Joseph] Stiglitz, que conozco hace tiempo, pero no es la idea", minimizó Fernández cuando le preguntaron por él. Para Agricultura no tiene definido el responsable, más allá de hacer consultas con Gabriel Delgado y Javier de Urquiza. De todos modos su mirada sobre la temática es más económico-financiera que sectorial-técnica.

Alberto Fernández asegura todo el tiempo que el gabinete lo arma él y que no hay vetos de Cristina, aunque en su entorno admiten que "todos los nombres están consensuados, porque coinciden o porque ceden". Pone como ejemplo los nombres corrosivos que promovió, como Gustavo Beliz y Vilma Ibarra, dos figuras por las que la expresidenta no siente ninguna simpatía. ¿Y Carlos Zannini, que se prepara para procurador del Tesoro? Dicen en las nuevas oficinas albertistas de Puerto Madero que el presidente electo tiró su nombre en una reunión con amigos abogados porque quería "aprovechar su gran conocimiento judicial y un poco también para reivindicarlo tras su injusta detención". Y para aventar la lectura de que fue una imposición de Cristina comentó que los sorprendió que entre el exsecretario y ella "existe hoy una distancia inusual" y que "hablan muy poco". Fernández siempre se muestra como un contorsionista semántico notable.

Operativo unidad legislativa

En el Yalta de Recoleta también se decidió instrumentar el operativo unidad legislativa, una estrategia que incuestionablemente marcó una consolidación del dominio kirchnerista en el Congreso. "El Ejecutivo es de él y el Congreso es de ella porque tiene los legisladores y los votos", reconoció una persona que pasa varias horas junto al presidente electo.

Así Fernández revirtió su doctrina de no repetir ministros y endulzó a Agustín Rossi con un aumento presupuestario para los militares a fin de convencerlo de que volviera a Defensa. Massa, otro que talla fuerte en Diputados, estuvo de acuerdo. Su vínculo con el santafesino era más que frío. "Viendo lo que está pasando en América Latina con las Fuerzas Armadas, queríamos en ese cargo alguien con buena sintonía castrense", disimularon cerca del tigrense. Lo cierto es que se buscó liberar el camino a Máximo Kirchner, quien ahora deberá tener un nivel de exposición inédito.

Su designación generó mucho ruido en el peronismo legislativo. Los representantes de los gobernadores en el Congreso aún recuerdan las ingratitudes de la "señora". "La idea era mantener algún nivel de identidad propia. Muchos de nosotros no estamos tan a gusto, varios no conocen a Máximo y le achacan el maltrato cuando debimos acompañar proyectos de Macri por pedido de nuestros gobernadores; pero vamos a unirnos todos como señal", admitió uno de ellos. Por eso va a ser clave el rol de Massa, no solo como articulador interno, sino también a la hora de conseguir quorum. Apuesta a los posibles aliados de bloques minoritarios y a un sector del radicalismo. Tiene buen trato con Cristian Ritondo, futuro jefe de Pro, pero teme que quede tironeado por el ala más confrontativa del macrismo.

Distinto es el escenario en el Senado. En Yalta se resolvió correr al levantisco Carlos Caserio, quien venía de decir que se mantendrían dos bloques, uno de las provincias y otro kirchnerista. "Tengo el mandato de doce gobernadores de conservar una bancada separada", le dijo a Fernández. Para suavizar, le ofrecieron manejar el área de Transporte y es probable que termine aceptando. José Mayans, el elegido en su lugar, difícilmente resuelva el entuerto porque representa a Gildo Insfrán, un gobernador demasiado cercano a Cristina. "Es cierto que no van con [la camporista Anabel] Fernández Sagasti, pero el gordo es más K que PJ, lo va a manejar Cristina", refutan en la Cámara alta, donde todos asumen que la división de bloques se mantendrá.

Fernández se encamina a asumir la presidencia al frente de una construcción política en desarrollo; y él lo sabe. La única manera de amalgamarla con solidez será demostrar que puede encarrilar la economía por la senda de una recuperación nítida. Ahí podrá sumar caudal propio y superar la fase de dependencia consensual. Solo así logrará tener en la mano cartas de mayor valor para la próxima discusión sobre distribución del poder.

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