Milei y la doctrina de la guerra preventiva
El Presidente retomó su estilo agresivo en plena fiesta del dólar quieto; busca blindar el apoyo social antes del debate de la reforma laboral y frente al freno en la desinflación
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El tercer verano desde que asumió el poder Javier Milei se asoma a la encrucijada vital de su gobierno. Conserva importantes cuotas de apoyo popular después de sobrevivir a unas elecciones dramáticas, la oposición agoniza y el país atraviesa un oasis financiero, con el dólar quieto y el riesgo país a la baja. Pero aún le resta demostrar que la vida de los argentinos va a mejorar de manera palpable gracias a la aplicación de las ideas económicas que él defiende con fervor religioso.
Los desafíos se recortan en el horizonte inmediato. Febrero amanece con subas en tarifas de electricidad, gas y agua. La actividad económica sigue estancada, en especial en los sectores que emplean a más gente. Los salarios vienen de perder con la inflación durante 2025. El consumo no arranca y el crédito retrocede, mientras los bancos todavía “limpian” los efectos de las deudas impagas del año que pasó. El Banco Central informó que el proceso de desinflación enfrenta riesgos en el primer trimestre del año.
La épica del ajuste le ha servido a Milei para administrar las contradicciones entre el orden financiero y los bolsillos flacos. Él vino a hacer todo lo contrario que sus antecesores, a los que culpa de empujar al país al fracaso mediante el uso sistemático del Estado en beneficio propio. Aunque toque sufrir, habrá retribución: anuncia que la inflación será 0 en agosto, el crecimiento del PBI superará el 7% y habrá un boom de empleo cuando se aplique la reforma laboral que envió al Congreso.
Sostener la paciencia popular es una prioridad de Milei. Lo persigue no solo con promesas sino con otro truco del relato libertario: los ataques a lo que llama “la casta”. Cada vez que le quita privilegios -reales o ficticios- a un poderoso ofrece alivio simbólico a aquellos que soportan un deterioro de sus condiciones económicas. Hace más tolerable la espera.

A esa guerra preventiva se lanzó Milei esta semana cuando decidió acusar a Paolo Rocca, CEO de Techint, de haber conspirado para tumbar su gobierno después de las elecciones bonaerenses del 7 de septiembre. El ataque –por su magnitud– tomó por sorpresa a algunos miembros del oficialismo que mantienen relaciones cordiales con el grupo empresarial, como Sandra Pettovello, Patricia Bullrich o Diego Santilli.
El conflicto se inició a partir de una licitación privada para la compra de tubos que se usarán en el tendido de un gasoducto desde Vaca Muerta hasta la costa de Río Negro. La empresa ganadora fue la india Welspun, que superó a Techint. Según el consorcio comprador, la diferencia de precios fue del 40%. La empresa de Rocca alega que Welspun usa chapa china, que se beneficia con cuantiosos subsidios estatales.
El Gobierno no participó en la decisión y, en todo caso, tendrá que actuar como árbitro de un eventual reclamo por dumping. Milei decidió tomar partido sin esperar. Se irritó con la publicación de noticias sobre la posición de Techint. La consideró un desafío directo a su política de apertura comercial. “Don Chatarrín de los tubitos caros”, rebautizó a Rocca.
Volvió entonces a actuar de sí mismo, después de meses de someterse a un recato estratégico, sin insultos en público y con menos estridencia en la comunicación oficial. Atacó a periodistas con nombre y apellido y a la profesión en general con una admonición precautoria: el que informe sobre los tubos de Vaca Muerta está a sueldo de Techint.
Cruzó un límite el martes cuando validó el mensaje en redes sociales en el que se acusaba a Rocca de participar de un plan golpista. Era un señalamiento desprovisto de toda prueba y publicado por una cuenta con nombre de fantasía, @Ziberial, que administra Nicolás de la Plaza, un argentino radicado en Miami dueño de una empresa de servicios legales.
DATO. https://t.co/cOW1q7ylIK
— Javier Milei (@JMilei) January 28, 2026
En la cuenta de Milei en X se activó desde entonces un bombardeo contra Techint, que incluyó la difusión de más de 120 mensajes sobre la empresa en los que se hablaba sobre aparentes conspiraciones de las que hasta ese momento nadie en el Gobierno se había percatado. Pareció una imitación de Cristina Kirchner en sus días de gloria, cuando tenía siempre a mano una “maniobra destituyente” que destapar.
Al apuntar contra Rocca, un símbolo del establishment, Milei buscó mandar un mensaje a todo el empresariado. “Aquellos que tienen productos más caros y de menor calidad no son dignos del favor del mercado. Y si quieren hacerlo por la fuerza, haciendo negocios turbios con el Estado, esos deben desaparecer e ir a la quiebra”, dijo en Mar del Plata en el acto militante La Derecha Fest. Llevaba el discurso escrito, para no equivocarse ni dejar dudas de sus intenciones.

Batalla cultural
El conflicto con Rocca es la batalla cultural aplicada a la economía. Por un lado, Milei intenta demostrar que no tiene compromisos con el poder económico tradicional que restrinjan sus decisiones. Por mucho que su intervención haya impactado en una disputa interna entre sectores empresariales: la familia Bulgheroni, de estrecha relación con los hermanos Milei, jugó un rol clave en la licitación que perdió Techint. Por otro lado, busca hacerle frente a quienes le discuten los beneficios de su política de apertura comercial bajo el argumento de que ahoga la producción local.

La Argentina libertaria se abre en un mundo que se cierra, al ritmo de la guerra de aranceles que propone Donald Trump. El país venía de un gobierno, el de Alberto Fernández, que se cerró en un mundo que se abría. ¿Funcionará esta vez nadar contra la corriente?
Milei desoye las advertencias de economistas, de políticos y de empresarios industriales que le piden una apertura gradual, que primero les permita a los productores locales mejorar su competitividad antes de enfrentarse a la ola asiática.
En ese aspecto podría ser considerado el anti-Trump, como quedó en claro durante la cumbre de Davos. Entre las disertaciones que se escucharon allí sobre el rol de China en el comercio global fue muy citada la de James Dimon, CEO global de JP Morgan y un entusiasta de la gestión mileísta. Pese a rechazar el proteccionismo generalizado, argumentó que los aranceles son “perfectamente aceptables” como respuesta a países que subsidian desde el Estado a sectores estratégicos. Si no, añadió, cualquier competidor que intente entrar al mercado “se hundirá” debido a la desventaja de costos.

Milei se propone probar que es “una mentira” la tesis de que la apertura destruye empleo. Tiene una visión optimista según la cual la Argentina va hacia “una reasignación de recursos” que al final dejará una ganancia de productividad por mayor división del trabajo y más especialización.
Primero hay que saber sufrir. Su papel como líder consiste en gran medida en alimentar la paciencia hacia ese futuro que describe como inevitable si no se tuercen las políticas de orden fiscal y desregulación.
A puro show
Con esa misión viajó la última semana a la costa atlántica. La visita combinó la celebración y la furia. Estuvo todo organizado al detalle para exhibir una postal de apoyo popular en medio del ajuste. Las caminatas con megáfono en mano, el show teatral con su exnovia Fátima Florez y la ceremonia ideológica de la derecha libertaria transmitieron un mensaje: “la calle es nuestra”.
Fue la fiesta de lo que vendrá. Milei interpretó un libreto bien diseñado, en el que combinó un poco de frivolidad menemista con una dosis de victimismo K.

Reflotó la agresividad como rasgo de identidad, útil para movilizar a los propios y mantener viva la idea de que el camino al éxito económico sigue amenazado por fuerzas oscuras. Al relato antipolítica fundacional le agregó una descripción de los logros que anticipan el triunfo final (la baja de la inflación, la estabilidad cambiaria, las inversiones energéticas).
El despliegue físico por las calles de Mar del Plata se amplificó después en las redes sociales. Su cuenta de X recuperó la tensión de otros tiempos. En esta semana reprodujo en promedio 272 mensajes al día, casi el doble de la actividad que tenía desde agosto cuando –en medio de una campaña que venía torcida– prometió que iba a dejar de insultar y aceptó el consejo pragmático de moderar sus formas.
En esa burbuja de comunicación con sus fieles, Milei combina promesas con autoelogios, dispara contra sus enemigos, difunde teorías conspirativas y falsedades, confirma o desmiente noticias a través de voceros con nombre de fantasía, como hizo el viernes con la versión de que hay un acuerdo en marcha para aceptar en la Argentina a latinoamericanos deportados por Trump. Es un collage en el que conviven mensajes institucionales con memes, estadísticas, pasajes bíblicos. Por momentos se parece a una performance sobre el carácter ficcional de la política, una suerte de denuncia artística de esa actividad que desprecia.
Así como reniega de Trump en su filosofía comercial, su forma de ejercer el liderazgo político lo separa de otro aliado ideológico, el derechista chileno José Antonio Kast. “Un presidente no administra una trinchera. Un presidente lidera una Nación, y eso trae una responsabilidad para con sus compatriotas”, dijo el martes después de reunirse con el brasileño Lula Da Silva, a quien Milei considera un “comunista” indigno de su consideración. Kast destacó “las diferencias ideológicas” con Lula pero llamó a construir “una cooperación real” entre sus países. Lo que el diccionario oficialista llama un ñoño republicano.

El debate en el Congreso
Este Milei combativo proyecta una amenaza al sistema con el que debe convivir. No es casual que el profeta libertario reaparezca en vísperas de los debates decisivos en el Congreso de las primeras reformas estructurales que aspira a aprobar desde que ganó las elecciones de mitad de mandato. Quien plantee objeciones tendrá que enfrentarlo.
Santilli ya se reunió con casi todos los gobernadores para asegurar los votos de la ley laboral. Por ahora no consigue la garantía de que el proyecto oficial saldrá como quiere Milei. Las provincias reclaman que se modere la reducción del impuesto a las ganancias para las empresas, prevista en el texto, porque eso afectará la coparticipación. Están sobreajustados, argumentan. Milei se niega.
Sobre la mesa aparecen obras, cesión de tierras y otros beneficios para el que acepte acompañar el rumbo. La negociación no es ideológica. No hay gritos ni quejas a micrófono abierto. Es el nuevo orden que rige la etapa poselectoral. Un pragmatismo seco, contable. La resistencia se convirtió en una planilla de Excel.

Patricia Bullrich sufre la intransigencia mileísta, pero cree que podrá ofrendarle al Presidente la aprobación en el Senado la segunda semana de febrero. Intenta garantizar un acuerdo en espejo para que el proyecto no se trabe en la Cámara de Diputados. Una CGT disminuida, armada para el pacto y no para la batalla, intentará mostrar que es capaz de protestar contra una ley que afectaría sus intereses como casi ninguna de las que se sancionaron en 42 años de democracia.
En busca de descomprimir tensiones, el Gobierno aceptó declarar la emergencia ígnea en las provincias de la Patagonia. La tragedia se sucedía en los bosques de Chubut mientras Milei cantaba en Mar del Plata y les ponía apodos adolescentes a periodistas que no le gustan. En la Casa Rosada se juzgó que, además de complicar el consenso legislativo, la demora en la asistencia estatal acarreaba el peligro de una reacción negativa de la opinión pública.

Milei sueña con la reforma aprobada antes de marzo. Organiza para ese mes un viaje a Estados Unidos a unas jornadas que organiza el JP Morgan en las que espera anunciar el regreso a los mercados de deuda, gracias a una rebaja sostenida del riesgo país. El Banco Central hace los deberes y compró 1100 millones de dólares en enero.
Equilibrio fiscal y polarización ha sido hasta el momento la receta del éxito libertario. El desafío en adelante es que los beneficios se sientan en la capacidad de compra de la población. Esa es la verdadera y por ahora única oposición.
A Milei le toca mientras tanto caminar por el hielo fino de las emociones argentinas. Con el temor latente de que algún día las urgencias materiales pesen más que la recompensa emocional que ofrece la lucha sin cuartel contra “la casta” de los poderosos.
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