Misterios e interrogantes detrás del papelón

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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23 de mayo de 2014  • 09:46

Sin buscarlo, el gobierno de Cristina Kirchner logró que durante muchas horas la atención de los argentinos no estuviera focalizada en los hechos de inseguridad y en la preocupante situación socioeconómica. El misterio en torno de la supuesta carta "trucha" del papa Francisco a la primera mandataria, ahora ratificada, ocupó el centro del escenario y de las pantallas de los canales de noticias desde las últimas horas de la tarde de ayer; las penurias económicas y las diferencias entre el ministro de Economía y el titular del Banco Central pasaron a un segundo plano.

Todo pasa ahora por un verdadero papelón diplomático, derivado de la tajante desmentida del responsable de protocolo del Vaticano, el sacerdote argentino Guillermo Karcher, sobre la autenticidad de la misiva papal, y de su posterior rectificación, al asegurar que la carta efectivamente existió y que fue un telegrama. La polémica alimentó las especulaciones sobre la existencia de una interna en la que ha quedado envuelta la Santa Sede a la hora de analizar las relaciones con la Argentina.

Voceros del Vaticano ratificaron esta mañana que el contenido de la carta era verdadero, despejando así las numerosas sospechas que ésta había generado por un estilo de redacción caracterizado por un inusual tuteo de Francisco a la Presidenta, por errores de tipeo no habituales y por la falta del sello de la Nunciatura Apostólica que sí se puede apreciar en una anterior misiva papal a la jefa del Estado argentino.

Tanto el secretario de Culto de la Nación, Guillermo Oliveri, como el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, insistieron anoche en que la supuesta misiva papal llegó a la cancillería argentina de la misma forma en que llegan todas las cartas de la Nunciatura Apostólica y a través de la misma persona que habitualmente entrega ese tipo de correspondencia, por lo cual "no había motivos para dudar de su veracidad".

Quedan, sin embargo, diversos interrogantes no develados.

  • El primero es por qué Karcher se apresuró a desmentir la existencia de la carta, tildándola de "trucha" y de tener "mala leche", adjudicándola a "un artista que hizo un collage" y asegurando en su cuenta de Facebook: "Con el Papa no se juega". Tampoco deja de sorprender el hecho de que haya informado que el secretario personal del Sumo Pontífice, el padre Fabián Pedacchio, le confirmó que se trataba de una epístola falsa, tras consultar al Papa. O que haya señalado que Francisco se quedó "atónito" al enterarse de esta cuestión.
  • La segunda pregunta es si, en lugar de "un artista que hizo un collage", como afirmó Karcher en un principio, no pudo haber un funcionario de la Nunciatura Apostólica o de Roma que se tomó alguna prerrogativa para la cual no se hallaba debidamente autorizado. En otras palabras, un redactor algo aficionado que no haya interpretado cabalmente lo que el Papa hubiera deseado transmitirles a los argentinos en su fecha patria.
  • El tercero es si el texto de la carta papal pudo haber disgustado a alguien en el Vaticano, e incluso al mismo papa Francisco, por un tono que, leído entrelíneas, parece apartarse de lo netamente protocolar y puede sonar en cierta medida crítico hacia el gobierno argentino. Es habitual que la redacción de una salutación protocolar de esta especie sea delegada en un colaborador o en un diplomático y que ni siquiera sea leída por el jefe de Estado que la firma, algo también comprensible en el caso del Papa, concentrado en los últimos días en el histórico viaje que lo llevará a Israel.

Claro que si la misiva no fue apócrifa, no fue detenida a tiempo y llegó a las manos del destinatario, una desmentida sólo puede desatar un escándalo de mayores proporciones, revelador de una llamativa desprolijidad diplomática.

Lo cierto es que el contenido del saludo papal a la Presidenta y a los argentinos por el aniversario del primer gobierno patrio que se cumplirá este domingo presenta algunos aspectos que pueden ser interpretados como advertencias a las autoridades nacionales.

La carta, descalificada en un primer momento por Karcher y luego confirmada por él mismo, habla del deseo de que los argentinos encontremos "caminos de convivencia pacífica, de diálogo constructivo y de mutua colaboración" y plantea la necesidad de que "crezca por doquier la solidaridad, la concordia y la justicia". Cualquier malpensado, o quizás no tanto, podría entender ese mensaje como una manera diplomática de cuestionar los problemas que tiene la justicia argentina y la falta de diálogo que, desde distintos sectores, se le ha criticado al gobierno kirchnerista. Justo a tan poco tiempo desde la difusión del documento de la Conferencia Episcopal Argentina en el que se alertó que la Argentina está "enferma de violencia".

No puede dejar de pasarse por alto que, pocos días después de la difusión de aquel documento del Episcopado que tantas controversias suscitó, haya sido Karcher quien intentara calmar las aguas, al afirmar que en esa declaración "no hay que buscar motivos de conflicto", en tanto "es una invitación a la reconciliación nacional como en tantos otros documentos que se han realizado durante estos años".

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