Qué hacer frente al regreso del odio

Tato Young
Tato Young PARA LA NACION
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7 de marzo de 2020  • 17:58

Rolo Villar, gloria presente del humor radial, suele decir que en nuestro país los pájaros les disparan a las escopetas. Razones no le faltan si se analiza lo que pasó en la última semana, consagrada por Juan Grabois cuando acusó a los hombres y mujeres campo de ser "parásitos" del Estado, ignorando que esa gente -estancieros, chacareros, de toda clase- paga con sus impuestos y retenciones buena parte de los planes sociales que sostienen a los millones de Juan Grabois.

Asumamos que así están las cosas. Un país patas para arriba donde todo vuelve, como el viejo discurso del odio. Parásitos. Enemigos. Miserables. De todo se ha escuchado en estos días. Falta Luis D'Elía repartiendo trompadas en Plaza de Mayo y estamos todos.

El que arrojó la primera piedra fue, cuándo no, Axel Kicillof. Recogiendo la lengua hiriente de Cristina Kirchner, el gobernador bonaerense acusó a los porteños de tener jardines colgando de las paredes mientras que el conurbano se sumerge en calles anegadas sin cloacas. ¿Olvidó Axel que el peronismo gobernó el conurbano casi sin pausas desde el 87 para acá? ¿O les habló a los intendentes de su partido, que lo desprecian por la tele?

El discurso del odio busca fracturar. Viste rivalidades. Da forma a dos bandos, aunque no existan. El kirchnerismo comprobó que es tan simple como efectivo: el emisor se para en el lugar de lo virtuoso; el otro es el culpable de sus padecimientos. Grabois es su versión extrema. La de Axel, apenas menos grotesca.

Quien se sumó al juego fue el último cultor de la vieja Constitución peronista, don Julio De Vido. Un fallo judicial lo liberó con el argumento de que los mismos jueces que firmaban su libertad reconocían que no podían juzgarlo en tiempo y forma. En vez de renunciar a sus cargos, sus señorías prefirieron sacarle la tobillera electrónica, lo que permitió una nueva escena de realismo mágico: De Vido de traje blanco, bajando canchero por la escalinata de Comodoro Py, clamando una inocencia que no es tal y poco menos que pidiendo su pasaje al cielo del nestornauta. Don Julio amenazó con castigar a los jueces que lo llevaron a la cárcel, pero tuvo, al menos, el bueno gusto de regalarnos un fallido delicioso: "El odio siempre vence al amor", dijo, y cuando quiso corregirse ya no importaba nada. El odio, dijo. El odio.

Por si faltaba alguien, habló Oscar Parrilli, alias el mayordomo, por no decir otra cosa. Parrilli es hoy senador, aunque no se crea, y se paró en el Instituto Patria para celebrar que el primer enemigo del Gobierno sea el parásito envuelto en la figura del campo. "Estamos orgullosos", declaró. La primera persona del plural incluye a Cristina, ¿pero también a Alberto? ¿Y al resto del peronismo?

Grabois, Kicillof, De Vido, Parrilli. Los odiadores de hoy no fueron ni desmentidos ni suavizados por el Presidente de la unidad de los argentinos. Alberto se preserva en el silencio; igual que la oposición. Es previsible, entonces, que esto que vimos y escuchamos sea solo el principio. Los primeros pasos de una escalada. El retorno de política de la confrontación que se negó en campaña.

¿Qué hacer frente a eso? ¿Qué pueden hacer los ciudadanos de a pie, los chacareros, los porteños, los que sean tocados cuando les sea funcional? Cuando éramos chicos, los provocadores eran invitados a rendir cuentas a la salida del colegio. Recuerdo un jardincito en la esquina del mío. Era un cuadrilátero de pasto en la entrada de un chalet, rodeado de magnolias, que fue escenario de piñas y revolcones, donde los más fuertes ganaban hasta que llegaba otro más fuerte, algo siempre inexorable. Con el tiempo aprendimos que ese juego era peligroso y más tarde descubrimos lo más importante: que ganar por la fuerza puede dar derechos pasajeros, pero no la razón de fondo. Igual que los votos, mal que le pese a los ganadores.

Si viviéramos dentro de las redes sociales -cosa que desean muchos- la respuesta sería fácil, porque a los odiadores no se les contesta, se los bloquea. Pero esto es el mundo real. Y hay que buscar nuevas formas. Vuelvo a recordar el cuento de Rolo. En un país donde los pájaros parecen disparar contra las escopetas, tal vez convenga no creérselo del todo y matarse de risa.

Por: Tato Young
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