Rutas vacías: cerró El Crisol, un almacén de campo bonaerense con más de 100 años

El almacén fue el punto de encuentro durante un siglo de la familia rural de esta zona
El almacén fue el punto de encuentro durante un siglo de la familia rural de esta zona Crédito: Gentileza Leandro Vesco
Leandro Vesco
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10 de agosto de 2020  • 13:38

"Está desolado el campo, no pasa nadie y decidí cerrar", afirma con tristeza Osvaldo Banegas, de 59 años, desde el almacén "El Crisol", en un camino rural en la las afueras de Salto, a 200 km de la ciudad de Buenos Aires. En el paraje (lo completan una casa y una escuela primaria), conocido con el nombre del establecimiento, sin su presencia y con el cierre, solo quedó un habitante que vive a un costado del centenario almacén de chapa. "Es un hombre mayor que no quiere irse -afirma-. Me da pena cerrar, pero ya no trabajaba nada, ahora me las rebuscaré cortando leña para vender", confiesa.

El almacén fue el punto de encuentro durante un siglo de la familia rural de este olvidado rincón del mapa bonaerense. Caminos vecinales clausurados, la escuela cerrada por la pandemia, grandes pooles de siembra que necesitan menos gente para trabajar la tierra y la cuarentena interminable. Esas son las claves para entender el cierre de este almacén y para asimilar una realidad que se repite tierra adentro en la provincia.

"Las últimas semanas venían dos viejos clientes, y eran los únicos", describe Banegas. La pandemia hace crujir a estos boliches de campo. Muchos sobrevivían por el turismo de fin de semana, la mayoría por la circulación interna entre los pueblos. Ni el uno ni el otro están permitidos.

"Hasta hace diez años había más gente, ahora todos se fueron para Salto". Así explica Banegas el fenómeno de éxodo que se vive en el distrito. Salto tiene grandes industrias, es una ciudad de 30.000 habitantes con oportunidades laborales. Ese crecimiento no contempla los pequeños pueblos y parajes. "Se suma la pandemia, gente que no puede circular por los caminos vecinales, y la que puede, no sale", confirma.

El Paraje El Crisol tiene historia. Existen referencias que lo hacen poblado en 1630, cuando el país ni siquiera se soñaba. El entonces gobernador colonial de Buenos Aires, Pedro Dávila entregó estas tierras al sargento mayor Marcos de Sequiera. A través de los siglos, la forma de trabajar estos campos fue a través de chacras. "Han quedado muy pocas", completa Banegas.

El despoblamiento se siente. "Las familias rurales van quedando marginadas por la falta de escuelas secundarias para sus hijos, centros de salud, provisión de mercaderías, algunos caminos de tierra poco cuidados, mala conectividad de internet, y lo más preocupante, hechos de inseguridad ocurridos en los últimos tiempos", resume mejor que nadie Bettina Cucagna, periodista rural, vecina de Salto.

Su pueblo natal, Coronel Isleño, también sufrió el éxodo y hoy está en estado terminal: solo tiene 15 habitantes y también su almacén (que fuera del padre de Cucagna) está cerrado. Llegó a tener en el siglo pasado 250 habitantes.

En riesgo

"Es un sector no tenido en cuenta, el de los almacenes de campo", cuenta Hugo Páez, guía de turismo, desde Arrecifes, a 16 kilómetros de "El Crisol". En aquel distrito existen dos pueblos, la Adelia y El Nacional, ambos con almacenes en riesgo, aunque sobreviviendo. "Para algún camionero a comprarles galletitas o fiambre", afirma. Ambos ofrecían la posibilidad de sentarse a comer, ahora, esta actividad está prohibida desde el 20 de marzo.

"La conexión con las ciudades cabecera se dificulta mucho", sostiene Páez. Algunos remiseros no tienen permiso para circular y, los que pueden, lo hacen con tarifas altas.

El almacén El Crisol está ubicado sobre un camino rural en las afueras de Salto, a 200 km de la Ciudad de Buenos Aires
El almacén El Crisol está ubicado sobre un camino rural en las afueras de Salto, a 200 km de la Ciudad de Buenos Aires Crédito: Gentileza Leandro Vesco

Viñas es un pueblo a 14 kilómetros de Arrecifes. El único medio de comunicación era un colectivo interurbano que entraba al pueblo. Por las medidas de prevención por el coronavirus, el servicio se discontinuó. "Nadie sabe cuándo volverá", asegura Paéz.

En el centro de la provincia, la realidad es igual. "No pasa nadie por estos caminos, acá somos dos o tres por día", cuenta Juan Urrutia, su familia está a cargo de la histórica Pulpería Mira Mar desde 1890. Está en Bolívar. Entre los tres tambos vecinos, juntan menos de 50 habitantes. Él es el único que puede ir a la ciudad cabecera para buscar provisiones. La nula señal telefónica y el escaso acceso a Internet imposibilitan gestionar online el permiso de circulación.

Almacenes y pulperías son edificios centenarios, aquellos que están cerrados porque solo vivían del turismo, reciben la peor parte. "Cuesta mucho mantenerlos, y los servicios llegan como si estuviéramos abiertos", reconoce Marcela Pantanetti, desde la pulpería de Payró, en este pueblo del partido de Magdalena.

"Ha bajado mucho la venta, y pasa muy poca gente", cuenta María Mas, desde la pulpería Isla Soledad en el Paraje La Delfina (Partido de General Viamonte). Hace poco pudieron festejar un cumpleaños en el salón. Les permiten abrir hasta las 14 horas. "En el campo los horarios son diferentes", aclara. "Nosotros tenemos que abrir, la gente tiene que comer", confiesa. En el paraje viven apenas 30 personas.

A 10 kilómetros del Río Colorado, en el borde meridional de Buenos Aires (Partido de Villarino), existe la última pulpería de la provincia. "Hay semanas en que no hemos visto pasar a ni una sola persona", cuenta Fresia Quilaqueo (63 años). Atiende la pulpería junto a su marido, y son los únicos habitantes. La pandemia se traduce en silencios. "Sufrimos mucho la soledad; a veces vienen una o dos personas", agrega.

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