Planetas alineados contra Scioli

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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24 de agosto de 2015  

Daniel Scioli esperaba anoche relanzar su proselitismo sobre una plataforma más o menos arbitraria: la diferencia que obtuviera Juan Manzur sobre José Cano en Tucumán. Pero ese resultado aún no aparecía esta madrugada. A la confusión de un escrutinio endiablado se agregaron gravísimos incidentes, que incluyeron la quema de urnas por parte de la clientela de José Alperovich. Scioli confiaba en que un triunfo arrasador de Manzur permitiría superar la crisis por las inundaciones y su extemporáneo viaje a Italia. La apuesta fue ilusoria.

El candidato encontró una nueva trampa donde esperaba encontrar la solución. Como si los planetas se hubieran alineado en su contra, las elecciones tucumanas ya eran un escándalo antes de que se conociera quién había ganado. Maldición de los elementos. Primero el agua. Ahora el fuego.

De todos modos, el problema principal del gobernador de Buenos Aires no está en el Norte. Está en la Casa Rosada. Allí trabaja la mujer que puede frustrar su carrera. Como Carlos Menem en 1999, la Presidenta está encapsulada en su propia campaña. A diferencia de la del riojano, que se llamó "Menem lo hizo", ésta podría titularse "Lo seguiremos haciendo". El de Cristina Kirchner no es un mensaje de despedida. Es un mensaje de continuidad. Por eso ilumina la mayor debilidad que detectan las encuestas en la personalidad de Scioli: la de ser un mero recolector de votos para garantizar que la orientación que la Presidenta y su esposo imprimieron al país no sea sometida a desviaciones. El jueves pasado ella pronunció varios discursos para recordar lo que sus aduladores sintetizaban debajo del balcón: "El candidato es el proyecto". Si eso es así, ¿Scioli qué sería? Cualquier chico podría contestarlo.

Scioli estuvo sumergido, desde que regresó de Europa, en un malhumor y una ansiedad superiores a los habituales. El miércoles, sin embargo, el alegrante Lautaro Mauro diagnosticó para varios funcionarios que "el efecto Italia parece estar desapareciendo". Ese día Alperovich había prometido cubrir los sinsabores con una correntada de votos tucumanos. Pero el jueves irrumpió Cristina Kirchner con una inundación distinta. En su caso, de palabras.

Después de asegurar que los candidatos del Gobierno continuarán con las políticas actuales, la Presidenta hizo una pregunta: "¿Ustedes creen que alguien quiere quedar en la historia como la persona que traicionó los ideales de un pueblo o como la persona que no llevó adelante las políticas que tanto nos costó llevar y de las cuales también él formó parte? Yo les pregunto, pónganse una mano en el corazón. ¿Quién puede ser tan necio? Nadie".

La advertencia era imprescindible. La ambigüedad de Scioli se estaba volviendo exasperante para quienes se niegan a aceptar un maldito fin de ciclo. Los voceros económicos del candidato, encabezados por Miguel Bein, prometen, en público y en privado, un giro hacia la ortodoxia. Aclaran, por supuesto, que será gradual. Silvina Batakis suele comentar que, como regalo, su hijo pide dólares. Una ternura. Y el propio candidato traicionó todos los dogmas oficiales el miércoles pasado, cuando almorzó con un banquero. Estas definiciones intentan compensar lo que el equipo de campaña recoge de los focus groups: Scioli es visto como un títere de la señora de Kirchner. Es decir, alguien que se limita a aportar su popularidad para perpetuar un esquema de poder. En su coreografía del jueves, la Presidenta se disfrazó de titiritera. Recordó a su golem lo que espera de él y ordenó a sus feligreses que ovacionen sólo a Carlos Zannini. El nombre de Cámpora flameando en las pancartas parecía indicar un destino para Scioli.

Este inconveniente general va adquiriendo para el candidato una modulación económica cada día más marcada. Con un Banco Central que pierde 100 millones de dólares por día, Scioli descubre en las encuestas la urgencia de exhibir un discurso más autónomo y equipos que aseguren un cambio conceptual.

Sus pretensiones neutralizaron las apariciones de Axel Kicillof. Scioli no se decide. ¿Qué lastre es más pesado? ¿Kicillof haciendo declaraciones o Aníbal Fernández subido al palco? Mientras resuelve el acertijo, se mira en el lejano espejo de Eduardo Angeloz, a quien le tocó representar en 1989 a un oficialismo impugnado en lo económico. O en el de Eduardo Duhalde, que cada vez que sumaba un voto veía cómo María Julia Alsogaray y Víctor Alderete eran enviados por Menem a decir que "el modelo no se toca".

La tensión entre la Presidenta y su candidato es crucial para el resto de la campaña. Scioli, obsesionado por la provincia de Buenos Aires, estudia el voto a Sergio Massa: La Matanza, Quilmes, Berazategui y, sobre todo, Mar del Plata. "¿Cómo puede ser que haya perdido si soy «José Mar del Plata»?", repite, humillado. También aspira a seducir al electorado de José Manuel de la Sota, que le exige abjurar de la política agropecuaria.

Frente a estos objetivos, pretende inducir una contradicción peronismo/no peronismo y recostarse sobre la dirigencia tradicional de su partido. Pero Cristina Kirchner fuerza, en nombre de lo que el jueves denominó su "gloriosa historia", otra competencia: kirchnerismo/antikirchnerismo. Esa polarización le enajena aún más a Scioli el voto independiente. Y facilita que los simpatizantes que pierda Massa vayan hacia Macri, no hacia él.

La Presidenta y el gobernador no divergen sobre una estrategia electoral. Discuten la conducción del peronismo. Y su dispositivo clave: la provincia de Buenos Aires. El conflicto no radica en las disidencias económicas. Los talibanes del kirchnerismo están convencidos de que Scioli no toleró, sino que promovió que, desde una cárcel que está bajo su mando, Aníbal Fernández, jefe de Gabinete, fuera identificado como "la Morsa". Creen que lo hizo a instancias de sus ministros Casal y Granados y del intendente de La Matanza, Fernando Espinosa. Esta fisura es estratégica. El hecho de que la denuncia se realizara en el programa de Jorge Lanata alimenta en la señora de Kirchner la fantasía conspirativa de un pacto entre Scioli y el Grupo Clarín. Fernández alimentó esas lucubraciones identificando a Clarín con su rival Julián Domínguez. La Presidenta obedeció como una autómata. Ahora se pregunta: "Si Scioli tuvo este gesto en la campaña, ¿qué me queda esperar para cuando me haya ido?". Tal vez exagera las habilidades del gobernador: desde que se fue Massa, el PJ bonaerense está afectado por un inquietante vacío de autoridad.

El insólito proyecto de ley para obligar a las futuras autoridades de la Anses a conseguir la aprobación de dos tercios del Congreso antes de vender su participación en alguna compañía sólo se entiende en el contexto de estas pesadillas. Cristina Kirchner quiere dotar de poder al Parlamento para condicionar a Mauricio Macri. Pero también a Daniel Scioli. Pretende fijar un límite preciso: evitar un acuerdo para que Clarín pueda recomprar las acciones en poder de la Anses, de las que se había desprendido para garantizar el financiamiento de las antiguas AFJP. Curioso sadismo de la Presidenta con los jubilados, cuya suerte quedaría atada a la de una empresa periodística que, según ella, miente. A propósito del proyecto: ¿Zannini informó a su compañero de fórmula que se tomaría una decisión que afectará al próximo presidente? ¿O ya es un "juliocobos"?

Estos conflictos se proyectan sobre el futuro. En la intimidad de La Cámpora planean una candidatura de Cristina Kirchner para la senaduría bonaerense, en 2017. Si Scioli fuera el presidente, ¿impulsará a alguien en contra? ¿Será Karina Rabolini quien, 12 años después, vindique a "Chiche" Duhalde? Esa batalla también es relevante para la oposición: ¿formará parte esa candidatura de las eventuales tratativas que Macri y Massa entablen después del 25 de octubre? Dicho de otro modo: ¿Massa podría pedir ser el contradictor de la señora de Kirchner o de Rabolini dentro de dos años, a cambio de apoyar a Macri para la Presidencia?

Para Scioli estas incógnitas son una abstracción. La economía se encamina, por sus propios desbarajustes y por un contexto internacional que se está volviendo muy adverso, a una encrucijada. La "gloriosa historia" amenaza con un turbulento desenlace. Quien mejor lo describió fue Vanoli cuando confesó, en una declaración inesperada para el presidente de un Banco Central, que no se puede levantar el cepo porque se agotaron las reservas. Frente a esa escena, el próximo presidente deberá estar dotado de una gran autoridad. Cristina Kirchner se está encargando de que Scioli no llene el requisito. Desde el jueves pasado quedó convertida en involuntaria jefa de campaña de la oposición.

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