Todos para Macri, pero ¿hay Macri para todos?

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION

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7 de marzo de 2019  • 23:12

Cambiemos está a sólo 7 meses de lograr su objetivo de mínima: haber sido la primera fuerza política no peronista en terminar su mandato después de 90 años. En términos históricos, sería todo un hito, sobre todo, ante la angustiosa evidencia de que cada día que falta se cuenta en minutos y segundos de dificultades. Pero en otra perspectiva sería un fracaso, al menos parcial.

El verdadero objetivo original de Cambiemos era lograr la reelección para producir un cambio profundo en la política argentina y no ser apenas un paréntesis entre los gobiernos populistas que han dominado los procesos democráticos (y algunos que no han sido democráticos) en los últimos 100 años.

En medio de esta situación aparecen las grietas y las internas en el oficialismo. La razón es obvia. Si el objetivo de máxima es la reelección de Mauricio Macri y él no está en condiciones de ser la gran locomotora capaz de arrastrar con su nombre a Cambiemos hacia la estación 2019-2023, todos los demás deben trabajar para tratar de impulsarla y soportar las pérdidas que la imagen devaluada del Presidente les puede producir a cada uno de ellos.

Se trata de una inversión de la carga respecto de lo ocurrido en 2015, cuando el ahora Presidente era mucho más que toda la coalición y sus integrantes recibían las regalías de la marca Macri. A diferencia de hace cuatro años, Macri necesita hoy mostrarse con líderes territoriales que tengan algo para mostrar, antes que ellos mostrarse con el Presidente.

La lógica que encierra esa ecuación choca contra las aspiraciones, las ambiciones y las necesidades de muchos de los líderes subnacionales de Cambiemos. Para ellos rige otra lógica que se traduce en el axioma "si no me vas a ayudar, por lo menos no me perjudiques". Y no todos están seguros o confían ciegamente en que no saldrán perjudicados por las decisiones de los estrategas de la Casa Rosada o por imperio de las circunstancias económicas, que son lo mismo que las circunstancias que agrietan al imperio macrista.

La elección de Neuquén es un auténtico leading case. Los resultados de la política del gobierno nacional hicieron dar una vuelta de casi 180° grados a los pronósticos político electorales, que alimentaron las elecciones legislativas de 2017.

Entonces todos querían estar con Macri, incluido el gobernador Omar Gutiérrez, del MPN. Y nadie quería estar con Cristina Kirchner, ni siquiera Ramón Rioseco, quien hoy la representa en la provincia y que entonces se había separado hasta del sello Unidad Ciudadana. La realidad neuquina puede extrapolarse.

El deterioro del liderazgo indiscutido de Macri se verificó en la interna pampeana y en el desquicio en que se transformado la disputa cordobesa, donde la Casa Rosada intentó imponer un candidato -Mario Negri- y aún no logro alinear a su contrincante, el también radical, Ramón Mestre, dando lugar a una disputa que deja expuesto y dañado a todo Cambiemos.

Los radicales que tienen territorio, en tanto, también se han despegado de la elección en la que Macri encabezará todas las listas nacionales. Hoy lo decidió Jujuy. La niña mimada de Macri y la más cara (no por cariño) de sus provincias. Otra demostración de que el poncho amarillo que los cobijó y los hizo brillar en 2015 ahora parece ahogarlos.

Un caso diferente en cuanto a disciplinamiento, pero no en lo que refiere a consecuencias es lo ocurrido en el decisivo territorio bonaerense. La obligación impuesta o aceptada por María Eugenia Vidal de volver a tener que trabajar para Macri, con destino incierto, dejó muchos heridos y sobre todo una notable incertidumbre sobre la probabilidad de retener la provincia.

Cada voto de cada municipio tiene un valor decisivo. Marcos Peña dice que hoy cuentan con más de 80 intendentes cuando hace 4 años no contaban con ninguno. El problema es que el activo con el que van a contar esos intendentes cuando vuelvan a ser candidatos estará fuertemente devaluados. Así, aunque retengan sus intendencias (lo cual en un par de casos en el GBA es casi misión imposible) la muy probable pérdida de votos respecto de 2015 podría tener un efecto letal para las aspiraciones de Vidal.

Podría darse el efecto inverso al de 2015 y que se llegue a una eventual segunda vuelta entre Macri y la candidata o el candidato kirchnerista, después de un triunfo del kirchnerismo en la provincia. Allí donde todo se dirime por la diferencia de un voto. La duda es qué impacto tendrá un resultado como ese en la ciudadanía y en ese gran elector que es el mercado de cara al ballotage. ¿El miedo al regreso kirchnerista abroquelará a todos los que no quieren que vuelva? ¿O liberará a los que tienen pruritos?

Ante un horizonte de pronóstico muy cerrado, la actitud con la que cada equipo entre en la cancha tendrá mucho incidencia.

Por eso, Macri no sólo tiene el desafío de lograr que todos trabajen para su candidatura, sino de hacer que el resto de sus candidatos provinciales perciban que él también trabaja para ellos. Trabajar para ellos es fundamentalmente que la gestión aporte alguna buena noticia para la mayoría o al menos que no aporte más malas. No es poco.

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