Un presidente locuaz frente a una alarma que apremia

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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14 de agosto de 2019  • 13:18

El Presidente que mandó a dormir a los argentinos el domingo cuando aún no se conocían los sorprendentes resultados del escrutinio provisorio no pudo hacerlo esa noche. Al menos, eso es lo que reveló Mauricio Macri en su discurso de esta mañana, al pedir disculpas por su negadora conferencia de prensa del lunes , en la que atribuyó el descalabro de los mercados a lo que habían votado el 47% de sus compatriotas en las PASO. No interpretó el sentido del voto castigo que le habían propinado a él. Y no solo los kirchneristas, sino una buena parte de sus votantes desencantados. Pero Macri nuevamente miró al mercado, no al electorado. Fue un error.

Una inesperada alarma contra incendios nos ensordeció a todos el domingo por la noche. Si eso sucediera en nuestras casas, no nos pelearíamos con la alarma, sino que trataríamos de detectar donde está el foco del fuego para apagarlo cuanto antes. No es lo que hizo el Presidente en un primer momento, que prefirió insólitamente pelearse con la alarma. Y, obviamente, el fuego avanzó.

Pero también hay que decir que a diferencia de la titular del gobierno anterior, que le quitaba el cuerpo a las malas noticias, y no solía exponerse cuando las circunstancias le eran adversas, su sucesor eligió, en el momento más difícil de su gobierno, salir a la vidriera pública en tres ocasiones en menos de 60 horas, dos de ellas en conferencias de prensa, un dispositivo que la expresidenta no usó más que un par de veces, y con indisimulado fastidio, en los ocho años que abarcaron sus dos gestiones.

Tiene el gran mérito Macri de mostrarse tal cual en su peor trance, pero al mismo tiempo el gran problema de largar brutalmente lo que siente y lo primero que se le viene a la cabeza, sin medir costos. Un lujo que no puede darse de ningún modo un presidente, mucho menos en las frágiles circunstancias por las que atraviesa. Una manera de comunicar que puede agregar más confusión en vez de prudencia y control de la situación, que es lo que se necesita en estas horas. Es en los momentos de gravedad cuando se mide realmente la calidad y la estatura de un dirigente. Es cuando el pueblo intuye inmediatamente si está frente a un estadista. O no.

Pero también hay que decir que a diferencia de la titular del gobierno anterior, que le quitaba el cuerpo a las malas noticias, y no solía exponerse cuando las circunstancias le eran adversas, su sucesor eligió, en el momento más difícil de su gobierno, salir a la vidriera pública en tres ocasiones en menos de 60 horas, dos de ellas en conferencias de prensa

Las medidas paliativas tomadas para la campaña (la vuelta del Ahora 12 y 18, los créditos de la Anses, los precios esenciales, los subsidios a las compras de autos, etcétera) debieron llegar mucho antes, tal vez el mismo año pasado en que se produjeron los sucesivos tsunamis financieros. La atención obsesivamente puesta en la macroeconomía y el desinterés por la economía doméstica y el cada vez más deteriorado bolsillo de los argentinos debió ser puesto en la mesa de las prioridades entonces, incluso con medidas como las que se acaban de tomar que, muy probablemente, ahora estén llegando tarde.

El énfasis casi exclusivo en terminar con el déficit fiscal, por otra parte tan necesario, desanimó a la población. Queda claro ahora que fue un enorme error, además, no haber incluido en la campaña eslóganes y discursos que anticiparan cómo se iba a restaurar el deprimido consumo popular y cómo pensaban reactivar la economía doméstica durante el segundo mandato al que todavía aspiran.

Siguiendo los consejos de su círculo más íntimo, ignoró esa realidad y se puso por delante la fortaleza de la actual administración: las muchas obras de infraestructura realizadas y la vacía repetición del mantra "Este es el camino". Pero las obras no se comen. Y ya están hechas, aunque falten muchas más. Pero la gente no vota para atrás por agradecimiento, sino para adelante por la expectativa de lo que le falta y por quiénes demuestren estar en mejores condiciones de dárselo ya, sin dilaciones. El tiempo de las nuevas desilusiones todavía no llegó.

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