Los jóvenes migran a las grandes ciudades, dejando atrás hogares familiares que, tras la muerte de los ancianos, quedan vacíos
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El fenómeno de las “Akiya” dejó de ser una curiosidad local para convertirse en el síntoma más visible de un país que se achica. Con una cifra récord de casas abandonadas, Japón enfrenta un dilema que ni el turismo ni las ofertas a extranjeros logran frenar.
En las postales del Japón rural, el paisaje empieza a verse interrumpido por el gris de la madera podrida y jardines devorados por las ramas. Son las akiyas (literalmente, “casas vacías”). Según datos recientes, ya existen nueve millones de estas propiedades, una cifra que se duplicó en las últimas dos décadas y que ya representa un problema de Estado.
El precio de las casas en Japón generalmente disminuye con el tiempo hasta que pierden su valor (el legado cultural de la construcción posterior a la Segunda Guerra Mundial y los códigos de construcción cambiantes) con solo el costo de retención de la tierra. Los propietarios sienten pocos incentivos para mantener una casa envejecida, y los compradores a menudo buscan demolerla y comenzar de nuevo. Pero eso puede ser costoso.

Aunque el problema de akiya no ha tenido un impacto directo en las ventas en los mercados urbanos, donde los rascacielos continúan aumentando, los peligros potenciales para las comunidades que plantean las casas vacías están creciendo junto con su número.
Un país que se achica
A diferencia de la cultura argentina, donde la casa familiar es el tesoro que se hereda de generación en generación, en Japón el concepto de “hogar” está mutando hacia una carga financiera. Con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, el país lleva 15 años perdiendo habitantes. Por lo que, los jóvenes migran a grandes ciudades como Tokio u Osaka buscando futuro, dejando atrás a padres y abuelos en pueblos.

Cuando los mayores mueren, los herederos se encuentran con un dilema impensado para un argentino: ¿vale la pena quedarse con la casa? En la mayoría de los casos, la respuesta es no. Mantener una propiedad antigua en el país asiático implica enfrentar impuestos elevados y renovaciones costosas para cumplir con las estrictas leyes antisísmicas, en un mercado donde la construcción se deprecia más rápido que un auto usado.
Cuál sería la solución
En el último tiempo, las redes sociales se llenaron de historias de extranjeros que compraron propiedades por precios irrisorios o incluso las recibieron “gratis” de parte de municipios desesperados por no desaparecer.

Es más, la BBC dio a conocer que un tiktoker sueco compró una gran casa por tan solo US$100.000 en las afueras de Tokio. Pero la realidad es que estas compras son apenas un parche para una herida abierta.
El interés extranjero se concentra en zonas con cierto atractivo turístico o cercanía a las capitales, dejando al “Japón profundo” librado a su suerte. Para el gobierno japonés, regalar casas no es un acto de generosidad, sino una medida de supervivencia para intentar reactivar economías locales que están al borde de la extinción.
Lo que ocurre en Japón es una advertencia para el resto del mundo desarrollado. El país que supo ser la vanguardia tecnológica hoy es la vanguardia de una crisis demográfica sin precedentes. Las proyecciones indican que para el año 2038, una de cada tres casas en el archipiélago estará vacía.
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Es estadounidense y compró un pueblo entero en España por US$365.500






