Lo que para la mayoría resulta una escena imposible, para el escalador de élite es la culminación de un largo proceso de preparación donde la mente es el único motor
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A raíz de la temeraria hazaña de Alex Honnold en el Taipei 101, donde trepó sin protección a más de 500 metros de altura, el Solo Integral o Free Soloing se ha instalado nuevamente en el centro de la escena global. Aunque moderna y profundamente mediática, la proeza es en realidad la manifestación contemporánea de una disciplina tan antigua como el instinto de trepar.

Lo que para la mayoría resulta una escena imposible, para el escalador de élite es la culminación de un largo proceso de preparación donde la mente es el único motor.
La decisión: el umbral hacia la libertad absoluta
Para Sebastián Cerrato, guía de montaña y director de Campus de Escalada, el Solo Integral no es un acto de temeridad, sino una consecuencia de la madurez deportiva. “El free solo es un estado al que se llega por una decisión o idea basada en la madurez y la necesidad de experiencias previas; creo profundamente que es un estado personal, único y puro”, explica Cerrato. Según el experto, la clave reside en un cambio de paradigma mental: “La persona que escala en Solo Integral toma una decisión y esa decisión lo hace libre; y en esa plenitud su visión es perfecta”.

Una vez cruzado ese umbral, el cuerpo entra en un modo de funcionamiento casi autónomo donde la duda se disuelve. Cerrato describe que, tras la decisión, lo que sigue son impulsos motores regulados por una “respiración relajada y profunda que no da mucho lugar a dudas”, donde cada movimiento encuentra certezas en la experiencia acumulada. En su visión, este estado transforma cada latido en “energía vertical”. “Las sensaciones del pasado, miedos, frustración, momentos de duda... todos ellos se convierten durante la presente escalada en recursos que buscan tranquilizar y dar calma en cada respuesta motora”, afirma.
Según Cerrato, esta gestión comienza mucho antes de tocar la roca o el acero. Es lo que en psicología deportiva se denomina Estado de Flow o “La Zona”, un proceso donde el desafío y la habilidad se alinean de forma tan perfecta que el ego desaparece.
En este estado, el cerebro opera en ondas alfa y theta, reduciendo el ruido mental. Mientras que un escalador promedio lucha contra el pensamiento catastrófico (“¿qué pasa si me caigo?”), el escalador de Solo Integral ha automatizado la respuesta de supervivencia hasta convertirla en un algoritmo de precisión. Cada movimiento es una respuesta táctica a una necesidad física inmediata, eliminando el gasto energético que supone la ansiedad y permitiendo lo que Cerrato define como una “visión de túnel” necesaria para la supervivencia.
La herencia de los “Elegidos”: De Preuss a Honnold
El Solo Integral no nació en los gimnasios modernos. Ya a finales del siglo XIX, el austríaco Paul Preuss defendía en su obra Das Mauerhaken-Evangelium (1911) que el mérito de una ascensión residía en la pureza del estilo, rechazando el uso de cuerdas. Preuss sostenía que “la capacidad de un escalador debe ser superior a las dificultades que enfrenta”. En los años 70 y 80, esta ética se radicalizó con figuras como John Bachar y Wolfgang Güllich.
Esta herencia es la que analiza Hernán Dal Rí, director de Escalando y alpinista con primeras repeticiones en El Chaltén. Para el especialista, Honnold es el heredero de una estirpe de “elegidos”. “A lo largo de estos 40 años trepando, he conocido cuatro o cinco escaladores parecidos, con una tranquilidad que te pone muy nervioso al verlos en vivo”, comenta.
Sobre la mente de Honnold en el entorno urbano, Dal Rí aporta una visión técnica: “Entrenó específicamente al tratarse de un mismo tipo de agarre tipo ‘pinza’ en las molduras de acero inoxidable del edificio que se repite muchísimas veces durante esa hora y pico de ascensión”. Aquí, Honnold no solo entrenó el músculo, sino también la resistencia térmica (el metal al sol puede alcanzar temperaturas que afectan la fricción) y la resistencia aeróbica en un entorno de oxígeno viciado por la altura y la urbe.
“Show televisivo”

No todos los expertos ven en esta evolución una trayectoria necesaria. Bruno Castro, escalador y guía desde 2009, introduce una distinción fundamental: el riesgo no debe confundirse con la dificultad. “La dificultad física y técnica para escalar una vía en Solo Integral, deportiva o clásica es la misma, no así la exposición psicológica”, advierte. Y señala que, para no morir, el escalador de Solo Integral suele bajar mucho su nivel técnico para que el margen de error sea aceptable.
Castro es contundente sobre su propia experiencia: “Subí alguna pared sin equipos, paredes en las que sabía que no iba a caer. No encontré el atractivo; el riesgo de morir no es algo que tenga mucho sentido”. Para él, la verdadera libertad se encuentra en la posibilidad de fallar: “Me resulta mucho más divertido buscar mis límites técnicos en situaciones que permitan la caída; el escalar al fallo me hace crecer y superarme”.
Esta es la paradoja de la seguridad: en la escalada con cuerda existe una dependencia psicológica de los seguros. El Solo Integral elimina esa distracción. Al no haber red, el 100% de la capacidad cognitiva se vuelca en la adherencia de la goma de los pies. ¿Es más seguro un escalador que sabe que no puede caer, o uno que confía en un clavo oxidado? Para muchos, la “pureza” de Preuss reside en esa eliminación de intermediarios.

A pesar del control mental, los riesgos son múltiples y a veces incontrolables. Cerrato enumera: “Un calambre, una distracción, un filo que lastime una mano o un desprendimiento de material”. En el Taipei 101, Honnold golpeó las figuras de los dragones para comprobar su firmeza. “Esto es clave porque uno le pasa todo el peso del cuerpo a ese agarre; si está flojo y se sale, perdiste el equilibrio y fuiste”, añade Cerrato.
Castro critica la mediatización del Taipei 101 como un “show televisivo” que alimenta el morbo. Además, advierte sobre las consecuencias en la Argentina bajo las normativas de la FASA: “Refuerza la creencia de que la escalada es riesgo de vida, lo que complica los accesos a zonas naturales porque los propietarios no quieren que alguien muera en su propiedad”. El Solo Integral, cuando se vuelve mediático, corre el riesgo de ser malinterpretado por las autoridades, derivando en cierres preventivos de parques nacionales.
Fernando Ciccone, es escalador deportivo y de boulder (roca) hace 37 años: “Lo que hizo Alex es parte de una modalidad de la escalada moderna. En particular yo lo he hecho a poca altura (en relación a lo que hizo Alex), en otra variedad que se llama Highboulder. El riesgo en el free solloing es alto si tenemos en cuenta que cualquier error puede costar la vida del escalador, por lo que requiere un gran control mental y gestión del miedo. Respeto muchísimo lo que hizo Alex Honnold, pero no sé si el mensaje que se da desde el deporte es ese”.

Pero mientras la ciudad ofrece una estructura geométrica que induce confianza, la roca sigue siendo el terreno de la honestidad. Cerrato reflexiona sobre la explosión de la escalada como deporte olímpico y la deuda con la naturaleza: “Es necesario el diálogo entre lo nuevo y lo viejo para el crecimiento sostenible”.
Para él, el motor de la escalada no es repetir hazañas ajenas, sino enfrentar lo desconocido. El Solo Integral, despojado de sus seguidores en Instagram y de sus cámaras 360°, sigue siendo un diálogo privado entre el individuo y la gravedad.
Como concluye Hernán Dal Rí, el acto de Honnold es una manifestación de una capacidad humana excepcional. En esa frontera, donde la respiración manda y el vacío es el único compañero, la escalada sigue siendo la forma más cruda y honesta de enfrentar la propia existencia.
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