La socialité italiana nos cuenta cómo nació la pasión por sus creaciones y nos habla del vínculo que tuvo con el modisto y sus piezas más amadas
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En su piso de Palermo Chico, Rossella della Giovampaola tiene un espectacular guardarropa de alta costura. Allí, entre piezas y conjuntos de Oscar de la Renta, Elie Saab, Yves Saint Lauren y Dior, se destaca su tesoro más preciado: la fabulosa serie de vestidos Valentino que guarda desde hace unos treinta años. “Debo de ser una de las más grandes coleccionistas de Argentina. Ya no sé cuántos tengo..., pero más de cincuenta”, cuenta la mujer de Gustavo Yankelevich.


A diez días de la muerte del icónico creador, Rossella comparte con ¡HOLA! la historia de su profunda conexión con el modisto italiano, desde sus primeros recuerdos de infancia en la Toscana hasta su pasión incondicional por sus obras de arte. “Yo tenía 7 años y ya Valentino era un nombre familiar en casa. En aquella época lo veíamos como una respuesta italiana a otros consagrados como Yves Saint Laurent. Y mamá era muy fanática de él: me acuerdo que compraba revistas Vogue para ver sus diseños y luego le pedía a nuestra costurera que recreara esos modelos. Así nació mi amor hacia Valentino”, dice.


–¿Qué es lo que tenía tan especial él como diseñador?
–Valentino amaba a las mujeres y por eso buscaba subrayar la feminidad, la elegancia, la sintonía en cada creación. Todos sus diseños se caracterizaban por su justa proporción: el color, el bordado, la confección. Pensá que vistió a las más importantes, desde Jackie Kennedy y Sophia Loren hasta las contemporáneas como Anne Hathaway y Gwyneth Paltrow, haciendo que todas se sintieran maravillosas

–¿Cuál fue tu primer Valentino?
–Lo recuerdo con mucho amor. Era de una colección de verano del 99/2000. Un conjunto de falda beige con flores bordadas lilas y violetas, soutien a tono y una blusa de encaje. Es una de mis piezas vintage supertop.
–De toda tu colección, ¿cuáles son tus favoritos?
–Tengo dos haute couture que adoro: uno rojo y otro negro. Son únicos, irrepetibles, verdaderos tesoros. El rojo, con plumas, es una pequeña obra maestra. Se lo había visto a la infanta Elena en la boda de la princesa Alexia de Grecia y Carlos Morales Quintana en 1999. Me gustaba porque era imponente y el corte princesa me encanta. El negro lleva un trabajo superprecioso con perlitas y canutillos a la cintura… La verdad es que el atelier de Valentino era único en el mundo.


–¿Llegaste a conocerlo?
–Sí, en Gstaad, en el año 2000, en una fiesta de una amiga italiana que también era una gran clienta de él. Cuando lo vi, no lo podía creer, era como conocer a una leyenda. Me acerqué y le dije: “Soy una gran admiradora suya, es un honor conocerlo. Sus piezas son espectaculares”. Y él respondió: “Somos italianos, la elegancia es parte de nuestra genética”. Fue muy emocionante, lástima que no tengo una foto.


–Recién decías que tenías unos cincuenta vestidos de la maison…
–Sí, confieso que soy acumuladora. [Se ríe]. Nunca pude desprenderme de ninguno de ellos. Empecé a comprar en el 99, así que tengo una colección propia que seguro supera los cincuenta, incluidas las piezas vintage que son verdaderas obras de arte. Todas están cuidadas con fundas y en roperos con temperatura especial para resguardarlas del paso del tiempo.



–¿Qué es lo primero que pensaste cuando te enteraste de su muerte?
–Con la partida de Valentino, se fue el último representante de la maison. Creo que hoy ya no existen esas figuras tan fuertes como lo fueron él, Armani, Chanel…, dueños de sus marcas. Hoy son corporaciones, grupos económicos, una masificación de la moda. Se fue el último emperador, un hombre inigualable con un estilo de vida que trascendía sus creaciones. Ahora sólo quedan empleados de lujo que pasan de una firma a otra... que se mueven según donde le paguen más. Por eso digo que la moda sin duda cambió. Con Valentino se dice adiós a la moda en su máxima expresión.
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