Luego de muchos años de alquilar, una diseñadora industrial y un arquitecto del sur de Chile construyeron su vivienda propia y a medida
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“Esta casa es muy especial para nosotros. Fue diseñada por mi marido, Tomás Montes que, además de ser arquitecto, también construye”, cuenta María Correa, diseñadora industrial y dueña de esta casa de 210m2 en Puerto Varas, al sur de Chile.

Durante la construcción, María, Tomás y sus dos hijos, Samuel y Pascual, vivieron en una cabaña dentro del mismo terreno, por lo que siguieron la obra de cerca. Ese hecho también ayudó a que pudieran tomar decisiones significativas y hacer pequeños ajustes que marcaron la diferencia.

“Nos dimos el tiempo de diseñar cada rincón con mucha intención, cuidando las proporciones, los materiales y la forma en que queríamos habitarla. No hay espacios que sobren o no tengan un propósito claro”.
Inspiración en cada rincón
La “repisa tesoro” -así es como la llama María- fue diseñada especialmente para almacenar pequeñas memorias. Está repleta de artesanías, piezas heredadas, hallazgos de viajes y cosas que han recogido en caminatas a través de los años.

A María le gusta armar pequeñas escenas, como si fueran postales emocionales que cambian según las diferentes estaciones del año.

“Fue un proceso muy artesanal, muy nuestro”, dice María recordando el camino que los trajo hasta acá.


El quincho y sus múltiples usos

El quincho de la casa tiene un valor central. Este espacio, completamente vidriado, fue uno de los más pensados por el matrimonio. Está conectado con la cocina y se abre hacia el exterior, generando una terraza de verano y una continuidad entre el interior de la casa y el paisaje montañoso.

“Lo diseñamos como nuestro único comedor, con una parrilla-chimenea que cumple un rol protagónico.

“Aquí nos sentamos a disfrutar de la buena mesa -y de largas sobremesas- al calor del fuego. También es donde trabajamos, comemos y recibimos familia y amigos“.

Una solución creativa: la mesada de cemento se hizo a la altura de un mueble vintage, que se prefirió antes que un bajomesada convencional.
El contacto con la naturaleza

El jardín con su huerta también es un lugar especial para la familia. Las flores y las plantas ornamentales con cultivos comestibles los acompañan durante todo el año. “Es un espacio vivo, estacional y poético. Con el tiempo lo fuimos agrandando, aprovechando que tenemos un amplio terreno. Plantamos frambuesas -que son casi una obsesión- papas, habas, arándanos, murta, espárragos, frutillas, arvejas, zanahorias y hierbas que usamos a diario”.

María cuenta también que la huerta la acerca a la vida que la rodea, que le permite observar y admirar muy de cerca a los pájaros, las abejas y las mariposas.
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