Es la madre de todas las artes marciales y promueve la transformación personal
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En el rincón suroeste de la India, entre las selvas y canales del estado de Kerala, sobrevive una de las tradiciones más antiguas y místicas de la humanidad: el kalaripayattu. Considerada por muchos historiadores como la “madre de todas las artes marciales” –y el eslabón perdido que el monje Bodhidharma habría llevado hacia el este para dar origen al kung fu–, esta disciplina milenaria es mucho más que un sistema de combate. Es un arte de precisión donde la defensa personal se funde con la medicina ayurveda y la filosofía del yoga, creando un camino de autoconocimiento que entiende al cuerpo no como una herramienta de choque, sino como un territorio sagrado de energía y transformación.
En la Argentina, este arte marcial ha encontrado su puerto y su voz a través de Carla Guida Johnson. Artista escénica y performer, su vínculo con el kalaripayattu comenzó en 2009 como un hallazgo fortuito en Buenos Aires que terminó convirtiéndose en una misión de vida.
Tras internarse durante cuatro años en la escuela tradicional Hindustan Kalari Sangham en Kerala, bajo la guía directa del linaje de los maestros Gurukkal, Guida Johnson regresó al país para fundar en 2016 Kalari Argentina. Hoy, reconocida por la embajada de la India como la pionera en la difusión de esta práctica en nuestras tierras, lidera una comunidad que busca recuperar la agilidad primitiva del cuerpo.
“Desde la primera práctica sentí una conexión inmediata, sin imaginar que en el kalari también encontraría mi propósito: difundir sus enseñanzas en mi país”, reflexiona, con un tono que combina la humildad del aprendiz con la firmeza de la instructora. “Es un camino de transformación, una forma de vivir basada en la disciplina y el respeto, un puente que nos permite conocer el verdadero potencial de nuestras capacidades”, agrega.
Lo que hace al kalaripayattu una disciplina única en el espectro marcial es su fascinante “animalidad”. A diferencia de otros estilos que priorizan la verticalidad, aquí la columna suele moverse de forma horizontal, paralela al suelo, emulando la biomecánica de depredadores y presas.
Con posturas inspiradas en el jabalí, la serpiente o el león, la práctica desarrolla una percepción expandida conocida como meikannu (“el cuerpo deviene todo en ojos”). Desde el entrenamiento inicial de dominio corporal hasta el manejo del urumi –una letal espada flexible–, el kalaripayattu se presenta como una meditación en movimiento que desafía los límites de la flexibilidad y la presencia mental.
Para comprender la magnitud de esta disciplina, es necesario situarla dentro del complejo entramado cultural de Kerala. No se trata simplemente de una técnica de defensa, sino de una propuesta integral que forma parte de una cosmovisión donde la salud y el combate son inseparables.
Según explica Carla Guida Johnson, el nombre mismo de la práctica encierra su sentido más profundo: kalari significa lugar de práctica, y payattu, ejercicio o práctica constante. “Es una disciplina hermana del yoga y está muy conectada, desde su raíz, con la filosofía del ayurveda”, señala la especialista, subrayando que estas tradiciones parten de una idea común: el cuerpo como un territorio de energía, conciencia y equilibrio.
En esta visión, el practicante no entrena para la agresión, sino para habitar el movimiento con todo su ser. “Kalari, yoga y ayurveda son ciencias hermanas porque comparten un mismo trasfondo cultural; el cuerpo no se ve como una máquina aislada”, afirma Guida Johnson.
Esta conexión se manifiesta en la importancia que se le da al prana o energía vital. A través de una respiración consciente, el kalaripayattu busca regular el sistema nervioso y desintoxicar el organismo, promoviendo una vitalidad que excede el gimnasio para convertirse en un estilo de vida.
El origen sagrado se remonta al dios Shiva, considerado el adi guru (primer maestro), quien habría transmitido este conocimiento al guerrero Parashurama. La leyenda cuenta que este último entrenó a 21 discípulos directos y fundó los primeros 108 kalaris en la región de Kerala para asegurar el orden social y la defensa del territorio.
La historia documenta su apogeo entre los siglos XII y XIII, cuando el sur de la India estaba fragmentado en pequeños reinos defendidos por guerreros altamente entrenados. Sin embargo, este esplendor se vio amenazado por la colonización. “Su declive comenzó en el siglo XVII debido a las invasiones europeas y al uso de armas de fuego. En 1804, los británicos lo prohibieron tras una rebelión liderada por Pazhassi Raja, ya que los guerreros de kalaripayattu representaban una amenaza real”, explica Guida Johnson. A pesar de la clandestinidad forzosa, el arte sobrevivió gracias a maestros que, en secreto, preservaron las formas y los conocimientos medicinales, permitiendo su resurgimiento en el siglo XX.
Kerala, la fuente original
Carla Guida Johnson descubrió la disciplina en 2009, durante un seminario intensivo en la Universidad Nacional de las Artes dictado por el actor indio Martin Chalissery. Esa experiencia de seis días fue el detonante de una travesía que la llevaría a las fuentes originales.
“En 2010 viajé por primera vez a India para participar de una residencia de estudios en Kerala, donde me interné en la escuela tradicional Hindustan Kalari Sangham”, recuerda. Lo que inicialmente sería un viaje de cuatro meses se transformó en una estancia de un año, a la que le siguieron otros cuatro en Kerala. Bajo la guía de Lakshman Gurukkal y sus hermanos, hijos del fundador de la escuela, Guida Johnson se sumergió en una formación que no solo incluía la técnica marcial, sino también la adaptación a una cultura distinta. Su regreso en 2016 marcó el nacimiento de Kalari Argentina, con la misión de ser un puente entre ambas culturas.
La sesión comienza siempre con el kalari vandanam, un saludo ritual al espacio, a la tradición y al linaje de maestros. Luego de la entonación de mantras y el calentamiento, el practicante se adentra en las ocho posturas fundamentales o vadivus: el elefante, el caballo, el león, el jabalí, el gato, el pez, el gallo y la serpiente.
“Como está inspirado en la observación de la naturaleza y en los movimientos de los animales, estas posturas nos conectan con la estabilidad, la agilidad, la potencia y el estado de alerta”, describe Guida Johnson.
El proceso de aprendizaje en el kalari es riguroso y se divide en cuatro estadios progresivos que contemplan el dominio del cuerpo, el entrenamiento con armas de madera y metálicas tradicionales y técnicas de combate sin armas.
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