Están ubicadas cerca de Puerto Madryn, ofrecen turismo rural y visitas a la fauna local, y hasta ahora son mucho más conocidas por los visitantes extranjeros que por los nacionales
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En las mesetas patagónicas que con sus distintos tonos ocre se recortan con forma de acantilados hacia las olas del Océano Atlántico, se levantan varias estancias que hicieron del turismo rural y sustentable su nuevo modo de vida. Muchas de ellas se ubican en el Área Natural Protegida Península Valdés, creada en 2001 y que cada año recibe 350.000 visitantes de distintos rincones del mundo.
La península se caracteriza por su escenografía imponente de mesetas, acantilados, bahías y golfos, pero los turistas llegan para conocer su rica fauna marina y costera, residente o migratoria: pingüinos de Magallanes, ballenas francas australes, lobos marinos de un pelo, orcas, delfines oscuros y gran cantidad de aves. Durante el verano, pueden verse todos ellos, excepto las ballenas, que llegan en junio para reproducirse y amamantar a sus crías, y parten en diciembre.
Como casi la totalidad de la Península Valdés es de propiedad privada (el 98 por ciento), una de las maneras de conocer todos sus rincones es alojarse en alguna de las estancias que desde el siglo XIX se dedican a la cría de ovejas merino para la producción y la exportación de sus finas lanas. Todas ellas fueron remplazando sus viejos generadores por energía solar, se ocupan de la limpieza de las costas, el compostaje y el reciclado de los residuos, e incluso enseñan a sus visitantes a desterrar las botellas plásticas de un solo uso y rellenar sus envases térmicos.
En cuanto a los turistas, desde las estancias coinciden en que los primeros en alojarse en sus habitaciones señoriales fueron extranjeros de distintos lugares del mundo. Sin embargo, después de la pandemia los porcentajes se fueron emparejando con los argentinos, que de a poco descubren este paraíso patagónico para ver cómo es la esquila de las ovejas, comer cordero y visitar a la fauna marina.
Estancia El Pedral: Una casona centenaria con su propia pingüinera
La historia de la Estancia El Pedral, ubicada cerca de Punta Ninfas y su faro, se remonta a principios del siglo pasado, cuando se entrelazaron los caminos de dos inmigrantes europeos. Según relata la gerente Lara Resnik, uno fue Rudolf Henry Grimm, que llegó desde Hamburgo con su esposa a las costas de Puerto Madryn en 1907. Uno de sus hijos, Rodolfo Grimm, se convirtió en productor ovino y lanero y en 1954 adquirió la estancia vecina Bahía Cracker.

El otro fue el vasco Félix Arbeletche, establecido en la Península Valdés en 1898, que compró la Estancia El Pedral para levantar una elegante casona de estilo europeo para su esposa, María Olázabal. Construida, amoblada y decorada con materiales llegados de Europa en barcos, fue inaugurada en 1923, con una torre con mirador y techo de chapa roja. En 1990, las familias Grimm y Stocker sumaron El Pedral a su propiedad.
Hace dos décadas, a la explotación ovina basada en la producción de lana merino fina y la venta de corderos, se sumó un hotel boutique de ocho habitaciones rodeado de estepa, acantilados, océano y pingüinos. “El turismo se incorporó a lo rural de manera natural y armónica para completar nuestra identidad, ya que muchos visitantes quieren ver cómo se esquilan las ovejas, conectar con los paisanos y compartir mates”, explica Lara.
“Nuestro servicio más solicitado es el día de campo para conocer a los pingüinos de Magallanes en la Colonia El Pedral, formada en 2008 en una zona prístina que fue declarada refugio natural de vida silvestre y hoy alberga unas 3.600 parejas reproductivas. Se almuerza cordero patagónico al asador y luego se recorren el faro de Punta Ninfas y los galpones de esquila. También hay un servicio más íntimo de sunset con pingüinos que vuelven del agua y se reencuentran con sus parejas, con una picada en la estancia o a orillas del mar”, explica la gerente.
Quienes disfruten del alojamiento en la estancia, pueden participar de las actividades rurales (esquila, señalada, andar a caballo) y recorrer todos los rincones para conocer lobos y elefantes marinos, cormoranes sudamericanos, guanacos, maras y choiques.
Estancia San Lorenzo: De factoría de aceite de lobos marinos a reserva natural protegida
Don Lorenzo Machinea, de origen vasco, llegó a la Península Valdés en el año 1900 con un arreo de ganado, se enamoró de la estepa y compró las tierras en un remate de 1907. Dos años después se casó con Justina Betelu, con quien tuvieron ocho hijos, e instalaron la Estancia San Lorenzo. Hasta 1953, en la playa funcionó una factoría de aceite de lobos marinos, que forma parte del patrimonio histórico del lugar.
Guillermo Paats, socio gerente de la empresa de turismo Argentina Visión, cuenta: “Hace cuatro décadas, uno de los propietarios, Miguel Machinea, invitó a mi padre Willie Paats, uno de los pioneros del turismo en Península Valdés, a desarrollar un proyecto conjunto para promover el turismo, cuidando los campos y las especies de flora y fauna”.

“Según los últimos censos de las colonias continentales de pingüinos de Magallanes, la de la Reserva Natural Estancia San Lorenzo es una de las más numerosas del mundo, con entre 600.000 y un millón de pingüinos según la época. Nuestros visitantes pueden conocerlos acompañados por un guardafauna, desde mediados de septiembre hasta fines de marzo. En la estancia también se pueden observar elefantes marinos, guanacos, choiques, maras, lechuzas y otras muchas aves, incluso según la época, orcas y ballenas”, asegura Guillermo.
Estancia San Guillermo: Un día de campo con demostración de esquila
La Estancia San Guillermo, ubicada en Punta Ninfas, a 16 km de Puerto Madryn, es una de las más antiguas de la zona. “Quien compró el campo en 1910 fue Argentino Rauch, y eligió el nombre por su papá, Guillermo Rauch, quien fue el primer farmacéutico de Madryn”, cuenta el propietario Alfredo Casado, que se ocupa con pasión del lugar junto a su esposa María Cristina Bentué.

“Mi papá Regino Casado adquirió en 1954 la estancia con cerca de 100 ovejas, porque tenía frigorífico. Cuando cuatro décadas después heredé el campo había pocos animales, por los robos y los animales depredadores. Entonces fuimos los primeros en abrirlo al turismo, en 1995. Empezamos con viajes de estudio de escuelas de todo el país, que nos siguen visitando todos los años”, agrega Casado.
En la estancia, que fue reformada para comodidad de los visitantes, hay once habitaciones amplias y cómodas, y se mantienen la cocina original, en el rancho donde vivía el gaucho, y un galpón antiguo. Casado cuenta que los argentinos viajan sobre todo de agosto a diciembre para ver a las ballenas, mientras que muchos extranjeros arriban en cruceros durante el verano. Para todos ellos ofrecen un día de campo con demostración de esquila, almuerzo de cordero patagónico y mate con tortas fritas. La opción con alojamiento puede incluir también una caminata a la zona de fósiles de la Playa Cerro Avanzado y un recorrido por la lobería de Punta Loma, con un guía autorizado.

“Hoy en día tenemos 250 ovejas merino, que pastoreamos todos los días. En un galpón grande con una tribuna para 100 personas explicamos qué hace cada peón en lo que se llama ‘la comparsa’ y cómo funcionan las máquinas. También clasificamos el vellón y, cuando la lana está limpia, la ponemos en la prensa para armar los fardos. A los chicos, que están muy sensibilizados, les explicamos que la oveja no sufre, sino todo lo contrario: necesita que la esquilemos para no tener calor”, asegura Casado.
Estancia El Principio: Los primeros pasos en turismo rural y de aventuras
Ubicada en el sur de la península, a 56 kilómetros de Puerto Pirámides, la Estancia El Principio tiene 22.500 hectáreas de meseta dedicadas a la cría de lanares, con 7 km de playa sobre el Golfo Nuevo. “Mi abuelo Hipólito Flores compró el lugar en 1967 y mis padres, Ana María Flores y Alejandro Hansen, aún continúan con la producción de lana merino. Pero yo estudié Turismo con la idea de instalar el turismo rural y de aventuras, y estoy dando los primeros pasos en estas actividades”, cuenta entusiasmado Germán Hansen, de 31 años.
Para eso, remodeló el antiguo casco de estancia, que tiene 3 habitaciones y dos baños disponibles para familias o grupos de amigos de hasta 6 personas, y está dando los últimos toques al exterior. “El año pasado hicimos la primera experiencia junto a Jeep Nature, con pruebas de manejo en la naturaleza y limpieza cuidadosa de la costa. Además recibimos turistas de manera personalizada para acompañarlos en trekkings y avistaje de lobos marinos, que están muy cerca durante todo el verano, orcas y pingüinos”, explica.

“Ofrecemos turismo rural respetando el medio ambiente y concientizando sobre la sostenibilidad ambiental a través de la observación y la participación activa en la naturaleza. Queremos mantener la esencia del campo y brindar a los turistas la oportunidad de experimentar un estilo de vida diferente, con actividades al aire libre y observación de flora y fauna”, agrega Germán. En la estancia utilizan sistema de recolección de agua de lluvia y energía solar y eólica, además de juntar periódicamente los residuos que deja el viento en las costas y reciclar la basura.
Estancia La Providencia: Un paraíso rodeado de olivares
La Estancia La Providencia nació en 1905 en la costa bañada por las aguas del Golfo Nuevo, a 27 km al sudeste de Puerto Madryn. Enmarcada por olivares repletos de aceitunas, la casona tiene cuatro grandes habitaciones con baño privado y galerías, living y cocina comedor para compartir. Si bien aún se mantienen los valores tradicionales y rurales de sus fundadores originales, desde hace algunos años también ofrecen una renovada experiencia turística.

Los visitantes pueden disfrutar un día de campo con almuerzo o la estadía con media pensión o pensión completa. Algunas de las actividades para elegir son: excursión a una pingüinera; senderismo, birdwatching y biking; leisure at the beach; y el safari desde El Pedral hasta Punta Ninfas. Además, una experiencia única es la visita a los “Olivos del Golfo”, especies multivarietales con las que preparan un delicioso aceite de oliva.
Para quienes no manejen su propio vehículo hasta las distintas estancias en la Península Valdés y sus alrededores, la mejor manera de llegar es mediante un vuelo hasta Puerto Madryn o Trelew, un poco más lejos. Y en esos aeropuertos alquilar un auto o una camioneta, para recorrer todos y cada uno de los rincones de este paraíso patagónico.

Los imperdibles
Durante el verano, en el Área Natural Protegida Península Valdés se pueden encontrar muchas especies marinas y costeras. Por su infinita riqueza en biodiversidad, el lugar fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1999, Sitio Ramsar en 2012 y Reserva de Biósfera en 2014.
- Pingüinos de Magallanes: Desde septiembre hasta abril se los puede encontrar en distintos lugares, desde Punta Tombo hasta Caleta Valdés y Punta Cantor.
- Lobos marinos de un pelo: Se pueden observar durante todo el año en Punta Pirámide y Punta Norte.
- Lobos marinos de dos pelos: También se pueden ver durante todo el año en Punta Pirámides y Punta Norte.
- Elefantes marinos: Habitan entre julio y marzo en dos apostaderos ubicados en Punta Canto y Punta Delgada.
- Delfines oscuros, toninas overas y delfines nariz de botella: Nadan en el Golfo Nuevo entre septiembre y abril.
- Orcas: Llegan en septiembre para alimentarse mediante una técnica de varamiento única en el mundo en Punta Norte; se quedan hasta abril o mayo.
- Ballenas francas australes: Una de las máximas atracciones, permanecen en el Golfo Nuevo desde junio hasta diciembre y luego parten.
- Guanacos, maras, piches, choiques, zorros grises, zorrinos, cuises y ovejas pueden disfrutarse a la vera de los caminos durante todo el año.
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