Asesinatos brutales: en una muestra de crueldad sin límites, usan cadáveres para transmitir mensajes en un simbólico ritual de muerte
Sicarios se mueven como el brazo armado de jefes narco que buscan la visualización de su falta de escrúpulos
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La crueldad y la saña asoman como una tendencia cada vez más creciente dentro del negocio narco de Rosario. Con la muerte no basta. Los victimarios buscan dejar un sello en el cadáver, una marca que demuestra la ferocidad con la que se puede actuar.
Esa brutalidad se aplica también con la elección de las víctimas. Asesinar a un hombre de 82 años, cuando cenaba en su casa con su hijo, es una muestra de ese estilo a la hora de matar, en la que no hay límites. A Celestino Benítez lo mataron en la noche del pasado martes en el barrio La Tablada. Su familia dice que los sicarios se equivocaron, que el blanco del ataque era un búnker que funciona al lado, que fue incendiado luego de la muerte del jubilado.
Ya no basta con eliminar a la víctima, sino que debe quedar palpable para quién está dirigido el crimen. A esto se suma ahora, cada vez con mayor frecuencia, las marcas en los cadáveres. Es la necesidad de dejar además del mensaje literal otro texto de crueldad marcado en el cuerpo. Para que el horror no se pueda esconder, que esté a la vista de todos, como ocurrió el lunes con Ismael Sobrín en las vías del barrio Ludueña. Ya no alcanzaba con matar a este joven, sino que sus asesinos también buscaban torturarlo y dejar el cuerpo a la intemperie para que todos vean el efecto de esa violencia narco.
En febrero pasado miembros de la banda de Los Monos usaron la muerte como un mensaje macabro. El cadáver de un artista callejero raptado al azar sirvió como una especie de envoltorio para generar terror. La víctima fue Lorenzo Altamirano, un músico de 29 años que nada tenía que ver con la barra de Newell’s y el escenario de la disputa. Estaba en la calle, donde trabajaba. En el bolsillo de su pantalón apareció un papel con un mensaje que se inscribía dentro de un conflicto por dinero entre miembros de la banda que dirige Ariel “Guille” Cantero desde la cárcel de Marcos Paz. El caso provocó conmoción y mostró que no había límites en el negocio de la droga.
El lunes pasado al mediodía un joven de 23 años fue encontrado en las vías del tren en el barrio Ludueña. Su madre lo reconoció por su ropa. Porque su rostro estaba desfigurado. A Ismael Sobrín lo ahorcaron con una soga después de torturarlo. También tenía heridas de puñaladas. Junto al cadáver que fue corrido de las vías porque había peligro que lo pasara por arriba el tren se encontró un mensaje dirigido a Francisco Riquelme, uno de los “delegados” de Esteban Alvarado, rival de Los Monos, en la zona noroeste de Rosario, un sector que está envuelto desde hace casi dos años en un conflicto permanente entre las dos bandas narco más grandes de Rosario.
El crimen se instaló como una herramienta más del negocio mafioso y no tiene freno. Va en ascenso. Aunque con contextos diferentes y con distinta escala, aparecen síntomas de que el problema puede ser aún peor. En diciembre de 2020 ese rasgo de odio y saña apareció inscripto en una escena cargada de horror, que desató al principio mucha preocupación.
Un cartonero que revolvía la basura en un contenedor de la calle Lituania al 5600, en el barrio Saladillo, en el sur de Rosario, se encontró con una escena macabra: dos cabezas y dos brazos dentro de una bolsa de consorcio, envueltas en film, en tres paquetes distintos. Luego se supo, tras una serie de pericias que hizo el Instituto Médico Legal, que se trataba de los cuerpos desmembrados en 11 piezas de Víctor Martín Baralis y Jorge David Giménez. Nunca se pudo determinar quién fue el autor de este hecho despiadado.

Al principio de la investigación surgió una escucha que abrió como hipótesis que Brandon Bay, un ladero de Guille Cantero, podría haber estado detrás de esta trama. Sin embargo, nunca se logró comprobar que este joven de la banda de Los Gorditos, nacida en Tiro Suizo, fuese el responsable. “Escuchame, de paso van a buscar el tornado y de paso matamos a un par de zombies, me voy a llevar a uno. Te mando un video con una motosierra fíjate cómo lo voy a cortar en pedazos, bien a lo mexicano le voy a dar”, señaló Brandon Bay en una escucha, revelada en una audiencia.
El caso generó pánico no sólo entre los vecinos que veían cómo los policías sacaban pedazos de cuerpos envueltos de un contenedor de basura, sino también en las autoridades políticas. Este caso provocó preocupación en la entonces ministra de Seguridad Sabina Frederic, que envió a un funcionario de su cartera para que relevara qué había detrás de este hecho. En ese momento se pensó que la violencia en Rosario ingresaba en otra etapa. No se equivocó en el diagnóstico la entonces ministra.
Dos meses después de que se encontraran los cadáveres desmembrados apareció otra escena brutal, que mostraba una crueldad similar contra dos mujeres. Sicarios se encargaron de ejecutar a dos mujeres que estarían vinculadas a bandas narco rivales. Los crímenes de Agustina Thomson y Daiana Paiva se produjeron con pocas horas de diferencia en la zona norte de Rosario, en una trama criminal que tiene relación con la banda de Los Monos.
A los asesinatos de estas dos jóvenes se sumó el hallazgo en dos etapas del cuerpo desmembrado de una mujer de unos 40 años cuyos brazos, piernas y cabeza fue encontrada en el arroyo Saladillo, en la zona sur de Rosario.
En agosto pasado el horror se hizo palpable en un caso que tuvo a un joven de 19 años como víctima. Era un soldadito narco cuyo cadáver apareció con las manos precintadas y con un tiro en la cabeza. La víctima fue identificada como Alan Agustín Ferrari, y los exámenes médicos determinaron que el cuerpo tenía cortes y golpes y una posible herida de escopeta. Ferrari había sido torturado antes de ser ejecutado.
El joven era cercano a Mauro Gerez, un narco que es el alfil del líder de Los Monos en el barrio Ludueña y que está imputado por formar parte de una asociación ilícita manejada desde la cárcel de Piñero, en el sur de Santa Fe.
La lista de casos en los que se usó un modelo de crueldad extrema suma decenas de episodios y muestran los recursos simbólicos que las bandas criminales empiezan a utilizar para dejar marcas en las tramas barriales. Ya no basta con los balazos para demarcar una situación, sino que aparece siempre después de los tiros el mensaje escrito. Todo se firma, en algunos casos con el sello: “con la mafia no se jode”.
Este recurso comenzó a ser utilizado hace no mucho tiempo, desde 2018 cuando los Cantero comenzaron a balear residencias de jueces. El uso del “mensaje” empezaron a emplearlo otras organizaciones y se impuso en esta ciudad para darle un dramático valor simbólico a los ajustes de cuentas.
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