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15 años de Cromañón

El infierno de Cromañón, en los ojos y la piel de un cronista de LA NACION

Gustavo Carabajal
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29 de diciembre de 2019  • 23:35

Nada fue igual para mí después de haber presenciado el infierno de Cromañón. Habían pasado pocos minutos de las 23 del 30 de diciembre de 2004 cuando fui a cubrir la información de un supuesto incendio en una bailanta. Lo que siguió, lo que viví entonces, fue la peor pesadilla de mi vida.

Aunque pasaron 15 años de la tragedia, todavía hay noches en las que me despierto sobresaltado, después de haber soñado con los cuerpos que cubrían de cordón a cordón la calle Bartolomé Mitre.

A veces, aun despierto, escucho los gritos de los padres que clamaban por sus hijos y que retumbaban entre los edificios de la calle Sánchez de Bustamante.

El paso del tiempo no logró aplacar mi angustia por no haber podido hacer nada para ayudar a los chicos que salían del boliche y caían fulminados en la vereda. Al contrario, el dolor aumenta al recordar cómo aquellos que lograban escapar de la trampa mortal en la que se había convertido Cromañón se derrumbaban fuera del local, sin vida.

Constantemente vuelvo a aquella noche del 30 de diciembre de 2004. Especialmente a ese momento en el que ingresé en lo que parecía un estacionamiento. Al fondo, un puñado de policías, bomberos y transeúntes luchaban para poder abrir una puerta metálica de dos hojas. Cada vez que los socorristas tiraban hacia afuera se abría un espacio por el que asomaban las manos de la gente que había quedado atrapada y empujaba para salir.

Cuando los rescatistas y las personas que habían ido al recital de Callejeros lograron forzar la puerta para poder entrar en el boliche tuvieron que abrirse paso entre una pila de cuerpos de casi dos metros de alto por cinco de ancho, muchos con las manos todavía apoyadas a esas puertas, desvanecidos mientras intentaban abrirla. No se sabía, a primera vista, si esas decenas de jóvenes estaban vivos o muertos.

Mi trayecto hacia Cromañón había comenzado seis cuadras más allá, en el edificio en el que vivía entonces, en Rivadavia al 2500, cuando uno de mis compañeros me avisó del incendio ocurrido en un boliche de Once. Con un anotador, un celular Star Tac, mi DNI y la credencial de periodista fui hacia allí.

Al llegar a Rivadavia y Saavedra ya se veían muchos chicos con la boca y la barbilla cubiertas de mucosidad espesa y negro de humo. No me costó mucho confirmar que venían de ese incendio que yo no llegaba a ver. En la plaza Miserere hablé con los primeros testigos. En ese momento escuché por primera vez el nombre de la banda Callejeros.

El panorama se agravó cuando llegué al extremo oeste de la plaza. Frente a la terminal de la línea 68, la gente ponía cuerpos sobre las tablas que cubrían las zanjas que habían hecho los obreros de alguna empresa de servicios y los cargaban en colectivos que actuaban como ambulancias improvisadas y salían a toda velocidad hacia el hospital Ramos Mejía, el más cercano.

Intenté caminar por Bartolomé Mitre. Resultaba difícil avanzar. Toda la calzada estaba cubierta de cuerpos. No sabía cuáles de esos jóvenes estaba vivo y cuáles estaban muertos. Por ese motivo las ambulancias no podían llegar hasta la puerta del boliche, a mitad de cuadra, al 3300. Lo mismo pasaba con los camiones de bomberos. La única autobomba, armada sobre un antiguo camión marca MAN, quedó en la puerta del hotel Central Park, a la altura de la salida de emergencia. En esa autobomba llegó la avanzada de bomberos en respuesta al llamado de alguien al número de emergencias 911. Sobre ellos se abalanzaron los primeros sobrevivientes, que les reclamaban máscaras de oxígeno.

Después de que los socorristas lograron abrir la puerta de emergencia dejé el estacionamiento y busqué la puerta de entrada del boliche. Pasé frente al hotel Central Park y encontré una pareja. Me identifiqué como periodista y les pregunté qué habían visto. Me respondieron que tenían un amigo que había quedado adentro del local; estaban desesperados.

Contagiado por la angustia de esos jóvenes entré en el boliche para buscar a ese chico, aunque no lo conocía.

Adentro, el espeso humo de tonalidad gris plomo que bajaba del techo envenenó el ambiente y convirtió el boliche en un enorme ataúd de cemento.

Ese humo me hacía arder los ojos y me ahogaba casi hasta el vómito, a medida que avanzaba dentro del boliche. Todo el mundo trataba de ayudar. Nadie estaba con las manos vacías. Todos cargaban a alguna persona desmayada.

Avancé hasta dónde pude. Dos jóvenes arrastraban a una chica hacia la salida. Los ayudé a levantarla y llegamos a la vereda. Había que taparse la boca y la nariz con una remera para avanzar casi a ciegas dentro del local. El aire quemaba los ojos e irritaba las vías respiratorias. La sensación de ahogo crecía a medida que uno se internaba.

Volví a entrar y me crucé con dos muchachos que, como podían, alzaban a un chico. Tomé del brazo al adolescente, lo pasé por encima de mis hombros y entre los tres logramos sacarlo.

A mi lado otros jóvenes que habían logrado llegar a la vereda aspiraban una bocanada de aire limpio. Sentían el alivio de haber escapado. Pero no lo sabían: ese humo ácido y venenoso que habían respirado en Cromañón los había quemado por dentro. Entonces, caían inertes. Algunos tenían el rostro cubierto de una mucosidad negra. Otros, con sangre en la nariz y en la boca y los ojos desorbitados, caían fulminados en la vereda. Así quedaron hasta que algún socorrista pudo subirlos a una ambulancia.

Una hora después volví a entrar otras dos veces. "Callejeros, vivimos y morimos por vos: Piky y Cary. Budge presente", rezaba uno de los trapos que colgaban del pullman, situado de espaldas a Bartolomé Mitre. El incendio había consumido cientos de vidas, pero dejó intactas todas las banderas que habían llevado los fanáticos del grupo de rock barrial.

Con un golpe de vista se podía advertir que el incendio no había quemado el local. La loza estaba desnuda y en el techo solo quedaban los alambres que sostenían la media sombra y el revestimiento que, al quemarse, despidieron el monóxido de carbono y el ácido cianhídrico. En unos pocos minutos la gente moría como consecuencia de esos efluvios.

Era casi medianoche y todavía quedaban cuerpos dentro del boliche. En el fondo del local encontré a un bombero que iluminaba los cuerpos inertes de un matrimonio abrazado a su hijo en el primer descanso de la escalera que da a la avenida Rivadavia.

Aunque la policía y los bomberos instalaron reflectores el local estaba dominado por las sombras. En la penumbra intensa se destacaba un cartel amurado al techo, de fondo verde y letras blancas con la leyenda: "Salida de emergencia". Como si fuera un llamador me dirigí hacia ese cartel y encontré la puerta de dos hojas, de cinco metros de ancho, que había sido cerrada con cadenas, alambre y candado. Pasé por el mismo lugar donde unos minutos antes se agolparon cientos de personas cuando el local quedó a oscuras porque, al incendiarse la media sombra, se cortó la energía eléctrica.

Siguiendo, como lo hice yo, aquel cartel verde, un mar de personas aterradas y casi a ciegas se dirigió hacia esa puerta para llegar a la calle: encontraron la muerte, porque estaba cerrada.

Para salir del local pasé por las puertas vaivén y recorrí el pasillo de la boletería. Afuera, en la vereda del muro de la estación del ferrocarril Sarmiento, encontré más cuerpos. Los rescatistas comenzaron a colocarlos frente al boliche porque en el estacionamiento que funcionaba en el mismo predio y en el playón de una terminal de colectivos ya no había más espacio para colocar los cadáveres. Para entonces, la calle del boliche había sido vallada para evitar el acceso de curiosos o de personas ajenas a las urgentes tareas de salvataje.

Llegué a la vereda de enfrente y ahí, entre los cuerpos de las víctimas que se acumularon porque había colapsado la capacidad de la morgue, me quedé toda noche. Agobiado. Conmovido. Testigo de una catástrofe y de un dolor inimaginables.

Desde allí pude ver el trabajo de la policía. Al mirar al interior del boliche se destacaban las zapatillas, mochilas y ropa de aquellos que pudieron escapar del incendio y de tantos otros que no lo lograron.

En ese momento advertí que me faltaban el DNI y la credencial de periodista. Entendí que se me habrían caído alguna de las primeras veces que ingresé en el local. A 15 años de esta tragedia, comprendí que, además de esos objetos, una parte mía se quedó adentro de Cromañón. Después de haber estado tan cerca de la muerte y del dolor, mi vida cambió y nada volvió a ser como antes de esa noche ominosa e inolvidable.

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