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Al comer pescado, reducimos el riesgo de desarrollar alzheimer, protegemos el corazón y las arterias y nos nutrimos con gran cantidad de vitaminas, calcio, hierro, zinc y yodo. Pero no todos lo consumimos tan seguido como deberíamos. En algunos casos, esto tiene que ver con que no adquirimos la costumbre y nos es más difícil incorporarlo en la agenda de la semana.
Para que el primer paso, el de la compra, no sea una traba, hablamos con Leandro Leyell, chef de La Pescadorita, para derribar algunos mitos y sacarnos las dudas.
Deben ser esféricos, transparentes y brillantes. Si se ven opacos o hundidos, ese producto no es apto para ser consumido.
El exterior debe ser firme pero tieso. La piel tiene que ser elástica, húmeda, brillante y limpia. Es importante verificar que tenga punto de retorno, es decir, que al hundir el dedo en la carne, esta vuelva a su lugar rápidamente.

Deben ser abundantes y brillantes, siempre pegadas a la piel y no sueltas, si está en buen estado.
No deben tener ningún olor especial. Su aroma tiene que ser limpio y suave. Si se nota un olor intenso a pescado es una señal de que no está fresco.
Las agallas o branquias deben ser de un rojo intenso o rosa, en el caso de algunas especies (preguntarle al vendedor en esa instancia). Pero jamás parecer marrones.
La alarma que primero debería sonar es la del color. Si tiene un tono amarillento es que ya se está descomponiendo hace rato. Prohibido comprarlo.
Preferentemente, nunca comprarlos al aire libre. Lo recomendado es guardarlos en un ambiente de máximo 15 grados.
Para asegurarnos de que cumplan con el circuito de manipulación y conservación correcto, mejor buscar pescado en pescaderías o secciones del supermercado atendidas por alguien que sepa.
Si bien esto puede funcionar para la carne vacuna, el pescado debe comprarse fresco y no dejarse más de dos días en la heladera. Congelarlo en grandes cantidades no es recomendable.



