Coronavirus. ¿Hablar alto y cantar en público nos convierte en propagadores más peligrosos?

Es una incógnita sber cuándo regresarán los recitales masivos
Es una incógnita sber cuándo regresarán los recitales masivos
Diario El País
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12 de agosto de 2020  • 12:12

En la etapa más cruda del confinamiento, cuando solo estaba permitido salir de casa para ir al supermercado, un señor que esperaba su turno en la pescadería soltó uno de esos estornudos sonoros y enérgicos, acompañado de un atronador "¡ah cháaaaa!", que posiblemente hizo saltar las sardinas de su cajón y se escuchó hasta en el estacionamiento. La actividad se detuvo; el cliente que estaba buscando yogures se quedó unos segundos petrificado, aterrado y sorprendido. No estoy seguro, pero creo que se interrumpió el hilo musical. Hubo miradas de espanto, se volvieron cabezas, pues había que comprobar si aquel audaz caballero llevaba mascarilla en el momento del brutal espasmo. ¿Cómo era posible semejante transgresión en plena crisis del coronavirus? Estornudar en público, lo mismo que toser, nos parecía tan osado como encender un fósforo junto a un bidón de nafta.

En esos días en que el mundo se reducía a nuestra casa y la oficina (si no se teletrabajaba) no se nos ocurrían otras formas de posible propagación aérea. Pero desde que hemos salido, y sobre todo, cuando ha llegado el verano, con su algarabía social, nos hemos dado cuenta de que no son las únicas. Frecuentar terrazas concurridas, bares con música, piscinas donde hay niños e incluso playas con oleaje obliga a elevar el tono de voz cuando hablamos. ¿Y si hablar alto, con la consiguiente emisión de lo que algunos llaman perdigones, contribuye a que se expanda el coronavirus? ¿Y si nos ponermos a cantar el estribillo de Tusa mientras apuramos el gin-tonic estamos expulsando por la boca algo más que notas desafinadas?

Cuando estornudamos, las gotas, más grandes y que van a mayor velocidad, caen al suelo hasta a ocho metros de distancia
Cuando estornudamos, las gotas, más grandes y que van a mayor velocidad, caen al suelo hasta a ocho metros de distancia Fuente: LA NACION

Cuestión de gotas, gotitas y aerosoles

El aparato respiratorio está recubierto de una superficie húmeda que sirve para proteger las paredes. "En la boca, esa superficie es la saliva; en la nariz, es el moco; en la faringe se juntan saliva y moco, y hacia abajo sigue siendo moco", detalla Pablo Parente, otorrinolaringólogo y coordinador del Comité Covid de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello. Los fenómenos físicos que facilitan el paso del aire a distintas velocidades sobre estas superficies provocan que gotitas de diferentes tamaños se formen y viajen a través de dicho aire. Unas son más grandes y gruesas; otras, muy pequeñas, se denominan aerosol. "En general, cuanto más violento es el mecanismo por el que se produce, las gotas suelen ser más grandes; cuanto menos, suelen ser más finas. Siempre hay de los dos tipos, pero exhalamos más de un tipo que de otro en función de la potencia", añade el experto.

Esa gama de mecanismos va desde la respiración, el hablar bajo, hablar a un volumen medio y hablar alto a gritar, cantar, toser y estornudar. "Cuando hablamos, las cuerdas vocales vibran, y es dicha vibración, que produce el sonido, la que provoca un aumento de la exhalación de esas partículas. Cuando tosemos, se cierran las cuerdas vocales, se aumenta la presión bajo ellas y a continuación se abren con violencia; eso genera un flujo mayor y más veloz de gotitas", explica Parente. En la persona infectada, esas gotas llevan el coronavirus.

Las gotitas gruesas y el aerosol se comportan de manera distinta una vez que salen de nuestro organismo. "Cuando estornudamos, las gotas, más grandes y que van a mayor velocidad, caen al suelo hasta a ocho metros de distancia. Cuando tosemos, van a mitad de velocidad y caen a una distancia de unos cuatro metros", describe el otorrino. Al hablar, como lo hacemos con menos fuerza, estas gotas grandes caen más cerca, "a un metro y medio o dos metros" (lo que se ha establecido como distancia social).

Eso en cuanto a las gotas gruesas; pero al hablar lo que se genera sobre todo son aerosoles, partículas que, por su reducido tamaño -menos de cinco micras-, apenas se ven afectadas por la gravedad, por lo que quedan suspendidas en el aire. Esto no quiere decir que sean peores que las gruesas. "Al ser más pequeñas, se evapora el agua que rodea el virus, y por así decirlo, este 'se muere' con más facilidad", señala el experto. De ahí que en suspensión, el virus pueda permanecer en el aersol un máximo de tres horas, como afirmó el pasado abril un estudio publicado en The New England Journal of Medicine; sobre todo en sitios cerrados con una pobre circulación de aire. Mientras que las gotas gruesas que caen sobre una superficie se mantienen en esta hasta 72 horas.

Hablar alto es un concepto subjetivo, pero está claro que cuanto más alto se hable, más gotas gruesas se expulsan. "Si gritas, se generan hasta tres veces más que si hablas. A mayor volumen, se imprime mayor fuerza y se produce mayor velocidad. Si cantas, también. Científicamente existe una evidencia de todas estas cosas: gritar genera más gotas gruesas como aerosol que hablar; y hablar alto, más que hablar bajo. Ahí la regla de los dos metros de separación no vale", dice Parente. Por tanto, hablar alto contribuye a expandir el virus más que hablar bajo.

Otro motivo para no subir a una montaña rusa

Un estudio publicado en la revista PNAS en junio midió con láser la cantidad de gotitas que se expelen al hablar. Los participantes debían pronunciar la frase stay healthy ("mantente sano", en inglés) a tres niveles de volumen distintos. El láser que registraba la cantidad de gotas recogió 347 destellos cuando el enunciado se profería a voz en grito y 227 cuando se articulaba a un volumen moderado. Y aun cuando el primer caso entraña un riesgo de contagio mayor, los autores del trabajo concluyeron que también "existe una probabilidad sustancial de que el habla normal provoque la transmisión del virus en el aire en entornos confinados".

A diferencia de las toses y estornudos, que no se pueden evitar, el volumen al que hablamos sí puede controlarse. De ahí que en algunos lugares se hayan tomado medidas al respecto. A primeros de julio conocíamos que el parque atracciones Fuji-Q Highland, en Tokio (Japón), habría reabierto con una serie de restricciones de seguridad entre las que se incluía la recomendación a sus clientes de que no gritasen en la montaña rusa, con objeto de evitar la dispersión de gotitas y reducir la posibilidad de contagios. Una razón más para no subirse a esos artefactos diabólicos.

Cantar, como otra modalidad de elevar el tono de voz, también puede propagar el virus. El pasado 17 de marzo, los 61 componentes de un coro de Washington (EE UU) se reunieron en un recinto multiusos cerrado para ensayar; uno de ellos estaba infectado y contagió al menos a otros 32, de los cuales tres tuvieron que ser hospitalizados y dos fallecieron.

Allá por 1968, Robert Loudon y Rena Marie Roberts, de la Universidad de Texas (EE UU), investigaron el papel del canto en la propagación de la tuberculosis y mostraron que el porcentaje de núcleos de gotitas en el aire generados por el canto es seis veces mayor que el emitido durante la conversación normal, y aproximadamente equivalente al liberado por la tos.

Las manifestaciones constituyen otra situación en la que con frecuencia se grita o se corean eslóganes. Un ejemplo fueron las protestas del movimiento Black Lives Matter, que llevaron la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos a analizar si habían ido a acompañadas de un aumento de infecciones. "No encontramos evidencia de que las protestas urbanas reavivaran el crecimiento de casos de covid-19 durante las más de tres semanas posteriores al inicio de la protesta", zanjaron los investigadores. Pero atribuyeron el resultado a un efecto de compensación: mientras muchas personas salían a la calle a expresar su rabia por el asesinato de George Floyd, otras decidieron hacer justo lo contrario: atrincherarse en casa.

En cualquier caso, parece que el aire libre brinda mayor protección que los espacios cerrados. "El aerosol, en el exterior, se dispersa con facilidad -señala el doctor Parente-, y entre los rayos UV del sol (los mismos que se bloquean con las cremas solares), el calor y el aire, es poco infectivo. Todas las infecciones mediante aerosol que se han documentado son siempre en espacios cerrados y han tenido que ver la ventilación (un autobús, un restaurante, un coro.). Para que se produzca un contagio tienen que juntarse las dos cosas: la existencia de esas partículas infectivas y que no haya nada que las inactive, como la luz del sol o el aire". Aunque como no es cuestión de ponerse a comprobarlo, mejor tirar de mascarilla. "La infección habitual es por gotas gruesas y las mascarillas sí que evitan su emisión", subraya este especialista.

Por Miguel Ángel Bargueño. Clic aquí para leer la nota original

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