Cromagnon: diez historias de los que volvieron a la vida después del horror
A una década de la tragedia que marcó a toda una generación, LA NACION reunió testimonios de ocho sobrevivientes y dos madres de víctimas
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Dentro de exactamente dos días, habrán pasado ya diez años desde aquella calurosa noche del 30 de diciembre en la que, al comenzar un concierto de rock, se incendiaba en el barrio de Once el boliche República Cromagnon. Esto provocó una de las peores tragedias no naturales de la historia argentina, que dejó un saldo de 194 muertos y el desconsuelo de centenares de madres, hijos, hermanos y amigos de víctimas y sobrevivientes, que, en medio de la desolación, debieron hacerle frente a la vida después del horror.
¿Cómo proyectar un futuro después de haber perdido todo lo que le daba sentido a la propia existencia? ¿Cómo volver a creer en algo, en alguien, luego de haber conocido el infierno? La ciencia entiende por resiliencia la capacidad de los materiales de recobrar su estado luego de recibir una presión deformante. Aun cuando la física resulta insuficiente para quienes intentan explicar asuntos del alma, curiosamente, la psicología utiliza exactamente la misma palabra para aludir a aquella fuerza que impulsa a hombres y mujeres signados por el dolor a sobreponerse y volver a dotar de sentido sus vidas.
Las siguientes son diez historias de resiliencia post-Cromagnon, diez testimonios de madres de víctimas y sobrevivientes (una de ellas, además, hija de una de las víctimas), que, tras la tragedia y aún cargando con las heridas irreparables que dejó esa noche, encontraron un motor de lucha: una esperanza, una vocación o una causa. Uno o mil motivos para aferrarse a la vida y vencer la oscuridad.
Matías A.

Volver, 10 años después
Hace menos de una semana y por primera vez en casi 10 años, Matías Altamore juntó el valor para acercarse a las puertas de Cromagnon. Fue para participar de esta nota y brindar su "testimonio de vida y fe". Cuando se incendió el boliche tenía 22, y había comenzado a ir a los conciertos de rock junto a sus amigos del profesorado de informática. "Apenas empezó todo, bajé las escaleras, y sentía que me quemaba las manos con los barrotes, que parecían caños de escape. Cerré los ojos y vi a mi mamá, a mi papá, a mi hermana, la imagen de mi primera comunión. Me entregué y escuché una voz que me dijo: «Poné la mano acá, en el hombro, y empezá a caminar». Así salí", relata, como si hubiera sido ayer. Con el dolor que le dejó esa noche, Matías continuó con sus estudios, se recibió de profesor y da clases particulares y en colegios. "Muchos chicos me preguntan cómo fue, cómo salí. Les cuento y trato de transmitirles la importancia de la moral, del respeto, de que nos empecemos a querer más –dice–. Cromagnon es una cicatriz que voy a llevar toda la vida. Siento que Dios me dio otra oportunidad."
Rosita

Guerrera de un dolor innombrable
Rosa María David, Rosita, se levanta a las cinco de la mañana en Liniers para llegar a primera hora a abrir las puertas de la sede de la Asociación Familias por la Vida, en Bartolomé Mitre 2815. Es coqueta y diminuta y, cuando sonríe, sus ojos se achinan y brillan, como si fueran a llorar. Ofrece un mate y muestra las fotos de Verónica y Mariano Valsangiacomo, sus dos únicos hijos, que perdieron la vida en Cromagnon con 25 y 31 años. "Ella tenía unos rulos hermosos y bailaba muy bien", dice orgullosa. Cuenta su historia con precisión, aunque por momentos la furia de lo irreparable se apodera de su voz dulce y la quiebra. "Mariano entró como cuatro veces para sacar gente y buscar a su hermana. Pero la última vez ya no pudo", relata. De su propio puño y letra, Rosita completa las planillas que luego recibe la Agencia Gubernamental de Control (AGC), en las que registra denuncias sobre boliches que no funcionan en las condiciones en las que deberían. "No tengo ninguna intención de enfermarme o morirme –dice–. Pienso en el reencuentro, pero voy a seguir hasta que no pueda más."
Mauge

Cambio de vida, cambio de sueños
María Eugenia Macchi, Mauge, quería ser bailarina de teatro de revista. Siempre fue el "cascabel" de la familia. Pero ese 30 de diciembre, a sus 16, en la noche en la que fue a festejar su paso a quinto año yendo a ver a Callejeros, sus sueños cambiaron para siempre. El tiempo que siguió a la tragedia fue duro. Terminar la secundaria se volvió cuesta arriba y tomó más tiempo de lo previsto aunque, finalmente, logró terminarla. A medida que la causa avanzaba en la Justicia, comenzó a interesarse cada vez más por entender realmente lo que le había pasado."En 2011, tuve coraje y empecé la carrera de Derecho. Ahora ya estoy en cuarto", dice Mauge, que acaba de aprobar Derecho Penal con 9. Hoy, además de hacerse cargo de muchas tareas en el área legal y técnica de Familias por la Vida, planea recibirse de abogada y estudiar la carrera de Periodismo. "Una amiga dice que hay que sacar turno para verme", suelta, entre risas. "Creo que desde el derecho voy a poder ayudar a un montón de gente, a papás que no tienen recursos. Ésa es la razón por la que me quedé acá: para ayudar a la gente."
Natalia

Aferrarse a la vocación
Gerardo Rossi cumplía, el 30 de diciembre de 2004, 36 años y trabajaba realizando tareas de control para Callejeros. Ese día, Natalia, su hija de 17, decidió acercarse al boliche para darle un regalo. El concierto comenzó y se desató el horror. Natalia pudo salir y su padre también, pero ambos volvieron a entrar para socorrer a las personas que quedaron adentro. Ella recordó que en el VIP estaban Gustavo Zerpa, de 6 años, y Gastón Amaya, de 10, dos chiquitos que conocía. Entró a buscarlos, pero no los encontró y cayó desmayada hasta que alguien logró rescatarla. Pocos meses después, Natalia perdió a su padre por problemas de salud que se manifestaron a partir de la tragedia. "Mi papá en todas las fotos tenía una sonrisa –recuerda–. Por eso yo me tatué la frase «sigo por vos»." Luego de años de hacer cursos y rebuscarse con "changuitas", decidió comenzar la carrera de Maestra Jardinera. "Toda mi vida soñé con eso, pero dije: «Voy a empezar a estudiar» un día que me senté en el santuario y vi una foto de Gustavo [Zerpa] con el guardapolvito de jardín", cuenta Natalia, que cursa ya el tercer año.
Silvina

Cuando el amor rescata
Silvina Gómez y su novio, Marcelo, se habían mudado juntos y tenían miles de deseos por cumplir cuando la tragedia signó sus destinos: él falleció y ella quedó devastada. En los meses que siguieron, no lograba conciliar el sueño y a su enorme dolor, se sumaban las cuentas de la casa, que ahora debía afrontar sola, con sus horas de docente de informática. A comienzos de 2006, tomó un puesto en un colegio, donde también trabajaba Fernando, un profesor de Electrónica. En Semana Santa, él la invitó a salir. "Lo primero que hice fue contarle lo que me había pasado. Le dije: «Yo marcho todos los meses y si hay que ir a Tribunales, voy. Si esto va en serio, necesito que lo entiendas». Él me preguntó: «¿Cuándo es la próxima marcha?». Le contesté: «¡El 30!», y me dijo: «Bueno, yo llevo el equipo de mate»", cuenta. Desde entonces, él la acompaña a las marchas y lleva a los hijos que tuvieron en estos años: Matías, de 7, e Ignacio, de 4. "Si te cruzás con las personas indicadas y ponés un poco de vos, creo que se puede salir y se pueden hacer cosas para que a otros no les pase", concluye Silvina, que hoy da charlas de prevención en las escuelas.
Cristian

Jugar la revancha
Cristian Pereyra heredó de su padre y de su abuelo un amor incondicional por el fútbol. Estaba a poco tiempo de probarse en el club Lanús cuando, a sus 18, la tragedia de Cromagnon lo dejó con una afección pulmonar que le impidió hacer actividad física durante casi dos años. "No sé si hubiera llegado a jugar al fútbol profesionalmente, pero me quedó esa espina", dice. Apenas pudo, se anotó en el profesorado de Educación Física en Lanús, pero algo hizo que lo abandonara y lo que siguió fue un tiempo de interrogantes, hasta que, un día, juntó fuerzas y volvió al ruedo. Comenzó nuevamente el profesorado y recibió su título hace un año y medio. Además, en Villa Centenario (Banfield), se puso al frente de una escuela de fútbol con fines sociales que funciona en la parroquia a la que va desde los siete años. La escuelita se llama Atlético Progreso, en honor al club de Rosario de la Frontera, Salta, en el que jugaron él, su abuelo y su papá. "Si hace falta pagar la luz o el agua con mi plata, lo hago, porque quiero que el lugar esté en condiciones –dice–. Tengo un amor enorme por lo que hago."
Matías C.

Un futuro distinto
Matías Ceballos tiene 26, trabaja en un banco y en apenas un año, si el viento acompaña, se recibirá de licenciado en Seguridad e Higiene del Trabajo, en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref). Pero fue mucha el agua que corrió bajo el puente en estos diez años para él, también sobreviviente de la tragedia. "Al principio, no lo asimilaba. Estuve un día pegado al televisor intentando entender. Después empecé a sentirme mal porque me había agarrado miedo a salir. A los 16 años sentí que me podía haber muerto y yo no tenía la noción de que me podía pasar algo a esa edad. Yo salía y sabía que todos los días volvía. Ése fue el clic que hice, –cuenta–. Estuve casi tres años sin hacer nada. No tenía motivación." Pero, en 2008, la cosa cambió. Matías decidió comenzar a estudiar y asistió a una charla en la facultad donde ahora cursa, en la que explicaban en qué consistía su carrera. "Me gustó lo que contaban –dice–. Significaba la posibilidad de aportar algo, aunque sea poquito, para evitar otro Cromagnon. Yo encontré esa salida: aportar mi granito de arena para que no pase más."
Nilda

Ser emblema de lucha
"Justicia para todos." La frase, que daba nombre al cuarto álbum de estudio de Metallica, fue la que dejó escrita en un papel Mariano Benítez, un estudiante de Derecho que, con sólo 20 años, perdió su vida en el boliche de Once. Años después, su mamá, Nilda Gómez, encontró ese papel, cuando ya se había convertido en una de las abanderadas de la lucha por el esclarecimiento de la tragedia. En 2004 y durante un tiempo después, Nilda fue directora de un colegio. Pero cuando llegó el juicio, dejó de ejercer y pasó días enteros en Tribunales, desvelada por entender cada detalle de la causa. Finalmente, comenzó a cursar la carrera de Derecho y este año se recibió, habiendo presentado una tesis sobre dolo eventual. "No me interesa otra cosa más que trabajar desde lo penal para ayudar a aquellos padres que perdieron a sus hijos", asegura y añade: "A veces el dolor es lacerante y parece que uno no se va a poder levantar. Pero todavía hay mucho por hacer. No hay que tirar la toalla, hay que levantarse honrando la corta vida de ellos y haciendo lo que nosotros podamos para que esto no vuelva a suceder".
María Luján

Sol en la cara y viento entre los dedos
"Me cuesta hablar en detalle", advierte María Luján Rossi, una profesora de Educación Física de 30 años que sobrevivió a la tragedia junto a sus dos hermanos menores. "Los primeros días fueron raros –cuenta–. En mi casa no se escuchó música, no se vio tele y no se leyó el diario hasta dos meses después. No se escuchaba un sonido." Por ese entonces, Luján trabajaba en una colonia de vacaciones y volver a la rutina no fue fácil. "Tenía miedo hasta de meterme en la pileta", relata. Aun con sus miedos y angustias, siguió adelante: terminó el profesorado e hizo el curso de entrenadora de natación, con el mejor promedio. "La cabeza se me dio vuelta por completo después de Cromagnon. Siento la necesidad de cambiar las cosas. Con los chicos, quiero generar propuestas pedagógicas que produzcan un cambio –dice–. Los motivos más lindos por los que uno se levanta son cosas de todos los días: ir en el colectivo y que te dé el sol de frente, sentir el viento en la cara o entre los dedos. Esto es como atravesar una tormenta y cuando te podés levantar, te das cuenta de que contabas con vos mismo."
Tamara

El deseo de "hacer las cosas bien"
El 24 de diciembre de 2004, Tamara Mohsen cumplió 15 años y uno de sus regalos de cumpleaños fue la entrada para ver a Callejeros en el recital del 30, junto a otros nueve amigos, todos sobrevivientes del incendio. "Al principio, lo contaba como si a mí no me hubiera pasado. Pero después estuve con una depresión postraumática. Venían mis amigos a buscarme para salir y yo le pedía a mi mamá que mintiera, que dijera que no me dejaba salir –cuenta–. Hubo un momento en el que vivía rodeando el recuerdo de Cromagnon y un día me di cuenta de que por algo habíamos quedado acá." Fue precisamente en esa búsqueda de sentido que Tamara se decidió a comenzar la licenciatura en Gestión de Medios y Entretenimiento, en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), con el sueño de convertirse en productora de espectáculos. "Siempre me gustaron los shows en vivo, más los musicales. Creo realmente que se pueden hacer las cosas bien y que el cambio lo tenemos que hacer nosotros, los más chicos", asegura, a pocos días de cerrar el tercer año de la cursada.
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