“Dos corazones”: la compleja realidad detrás del proyecto legislativo para aumentar las penas por maltrato animal
En el Congreso avanza una iniciativa para aumentar sanciones penales a quienes ejerzan crueldad contra animales
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“No tenemos dos corazones, uno para los animales, el otro para los seres humanos. Tenemos uno, o no tenemos ninguno.” Alphonse de Lamartine
“Solo le falta hablar”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase refiriéndonos a un perro, gato, o cualquier otro animal de compañía? Como decía la primatóloga Jane Goodall, cualquiera que haya convivido con un animal, sabe que ellos “sienten”. Sienten dolor, alegría, tristeza; se deprimen, tiemblan de miedo, o atacan, si se sienten en peligro. Protegen a sus crías como cualquier madre humana, hasta dar su vida por ellos. Sabemos por los etólogos, y de la observación, que como nosotros, pueden tener una inteligencia deductiva, lógica, capaz de distinguir las cosas, a veces hasta de darles un nombre. Los animales no humanos poseen su forma de lenguaje, a veces son capaces de fabricar herramientas y de transmitir costumbres a sus cachorros. Son capaces de jugar y de expresar compasión, muchas veces. Se organizan en familias y tienen estrategias para protegerse entre ellos.
Quien haya tenido la experiencia de estar en el campo los días de destete, por ejemplo, habrá seguramente pasado enteras noches aturdido debido a los desesperados mugidos de vacas y terneros llamándose… Y así, con cada especie. Podríamos citar innumerables ejemplos de su “sintiencia”. Sin embargo, en nuestro país, los animales todavía son considerados cosas (como una mesa).
Circular a través de nuestros países (pagando peaje muchas veces), y contar cadáveres de animales, especialmente de perros, es un paisaje al que nos hemos acostumbrado desde hace años. A los accidentes mortales, debido al cruce de alguno de ellos, también. Vivo en el campo y recorro las rutas diariamente. Observo todo lo que sucede con, y debido a ellos. Un auto, seguramente intentará reducir la velocidad ante la intempestiva aparición de un animal, para protegerse de la muerte o de la destrucción de su auto. Sin embargo, grandes vehículos, como camiones o colectivos, difícilmente lo harán, ya que no les ocasionará ningún disturbio debido a las diferencias de tamaño, si de un animal pequeño se trata.
El atropellamiento de animales salvajes en nuestro país también es innumerable. En algunas provincias, tenemos la problemática de que los perros salvajes atacan al ganado. Y casi siempre la propuesta para terminar con todos los flagelos que acarrea el desorden y la falta de buenas leyes con respecto a ellos, es la de eliminarlos sistemáticamente, como solución al problema (que no se solucionará sino que volverá a comenzar).
¿Alguna vez nos detuvimos a pensar, por ejemplo, cuál es el origen de los perros salvajes? Sencillamente, son un regalo de Navidad descartado, un abandono luego de una vacación, una mordida a algún niño debido al desconocimiento de lo que implica cada raza o cómo tratarlos, falta de cuidado y tanto más, el sistemático abandono por parte nuestra, los humanos, hacia ellos, nuestros leales compañeros perros.
Cada desorden en la sociedad debido a los animales se debe a un origen humano, y desconocemos las consecuencias del caos que armamos con los restantes seres vivos no humanos, parte de la creación, la vida y la tierra que habitamos, y la consecuencia que esto acarrea para nosotros, sí, para nosotros, los humanos.
La buena noticia es que la sociedad ha ido evolucionando con respecto al trato con los animales. Especialmente las nuevas generaciones. Las redes sociales, que visibilizan lo que sucede en países adonde todo está un poquito mejor, o peor, y las miles de personas que les dan voz a los sin voz y que desinteresadamente trabajan por ellos, empieza a cambiar el panorama en nuestro país, un país rural si los hay, y de animales. A pesar de eso, no contamos con buenas y actuales leyes que puedan detener estos flagelos.
Sin embargo, pareceríamos no ser concientes de ello. Más allá de que ser humanos con los animales nos transforma en mejores seres humanos (y ya con eso bastaría para tomar medidas), nuestras acciones hacia y con ellos nos traen consecuencias como sociedad. Esto está demostrado científicamente. Acostumbrarnos a la violencia y al abandono produce más violencia y abandono. Canalizamos nuestras frustraciones con los más débiles y con aquellos que no podemos oír, los sin voz. Si queremos salir de la urgencia y la precariedad permanente, es importante considerar cada miembro de la sociedad, que a su vez influenciará al de al lado, y así iremos mejorándonos como sociedad, barrio, pueblo y Nación.
Por estas horas, se trabaja arduamente para decidir los cambios que se incluirán en el nuevo Código Penal con el objetivo de aumentar las penas para quien maltrate a un animal. La Ley Sarmiento, a instancias de su sobrino Albarracín, Nº 2.786 del año 1891, fue la primera norma de maltrato animal en nuestro país, actualmente considerada la 14.346, que deriva de ella. Año 1954; ley penal que tipifica delitos y establece de tres meses a un año de prisión. Insuficiente para poder actuar y aplicar prisión efectiva hacia cualquiera de los delitos que enumera, a menos que se sumen a otros delitos cometidos por la misma persona.
Desde el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo se trabaja por estas horas para aumentar las penas de prisión, de seis meses a seis años de prisión; agregar multas de 5 a 30 salarios mínimos y establecer de dos a seis años de cárcel por abuso sexual o muerte del animal, más multas de 100 a 200 salarios. Es de esperar que el Congreso pueda tomar distancia de sus propios intereses y pensar en lo que una sociedad renovada pide a gritos.
La sociedad ha ido cambiando y lo seguirá haciendo mientras se descorren velos hacia los infinitos maltratos hacia los animales y sus consecuencias en nosotros, como país. Y dejo sin duda, una polémica frase, de la gran escritora Marguerite Yourcenar, la primera mujer en entrar a la Academia Francesa y autora de Memorias de Adriano, solo para reflexionar: “Me digo con frecuencia que si no hubiéramos aceptado, durante generaciones, ver a los animales asfixiarse en los vagones jaula, o quebrarse las patas, como les ocurre a tantas vacas o caballos, enviados al matadero en condiciones absolutamente inhumanas, nadie, ni siquiera los soldados encargados de escoltarlos, hubiera soportado los vagones precintados de los años 1940 – 1945.”
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