El brote de hantavirus es una advertencia que el mundo no puede ignorar
El virus no será otro Covid-19. Pero sí muestra cuán poco preparado sigue estando el mundo
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WASHINGTON.- El brote de hantavirus a bordo de un crucero frente a la costa de África occidental no es otro Covid-19. Pero sí plantea una preocupación inquietante: seis años después de que la pandemia expusiera profundas fallas en la cooperación global, el mundo todavía tiene dificultades para gestionar las amenazas a la salud de manera coherente y colectiva.
El hantavirus es una enfermedad grave y potencialmente letal. Las autoridades sanitarias han confirmado al menos ocho casos relacionados con el brote en el crucero, incluidos tres fallecimientos y un paciente que se encuentra en estado crítico.
La transmisión de la enfermedad suele estar contenida, porque las personas contraen el virus a través de la exposición a excrementos, orina o saliva de roedores infectados. Pero las autoridades han identificado una cepa poco común en este barco, originaria de la región andina de América del Sur, que puede propagarse de persona a persona, aunque por lo general solo en situaciones de contacto cercano y prolongado. A diferencia del coronavirus, que se propaga con eficiencia por vía aérea, el hantavirus Andes no representa el mismo riesgo general para la población. El peligro es real, pero sigue siendo limitado.
El Hondius, un crucero con bandera neerlandesa, partió de la Argentina el 1 de abril y realizó escalas en destinos remotos del Atlántico Sur. Un grupo numeroso de pasajeros desembarcó en la isla de Santa Elena después de la primera muerte vinculada al brote y luego regresó a sus países de origen. Por lo tanto, el desafío de salud pública ya no se limita a un solo barco: ahora depende de que las autoridades nacionales puedan identificar, monitorear y asistir a los viajeros expuestos dispersos a través de distintas fronteras.
Para cuando el brote fue ampliamente reportado, el crucero se encontraba frente a la costa de Cabo Verde, en África occidental. Las autoridades de ese país no permitieron el desembarco general, al citar la capacidad limitada de su sistema de salud y la preocupación por exponer a la población local. España acordó recibir al barco en las Islas Canarias. Varios pacientes fueron evacuados médicamente a Europa, mientras que otros pasajeros serán repatriados a sus países de origen.
El resultado es una respuesta internacional fragmentada a medida que los pasajeros se dispersan a través de las fronteras. La Organización Mundial de la Salud recomendó un monitoreo activo durante 45 días, pero no está claro si la cuarentena, el aislamiento, los testeos y el seguimiento médico se aplicarán de manera consistente. Lo que sí se sabe es que la enfermedad por hantavirus puede evolucionar con rapidez. Si los síntomas se agravan y aparecen complicaciones pulmonares, el cuadro puede ser letal. No existe un tratamiento antiviral específico, pero una atención de apoyo intensiva y oportuna puede salvar vidas.
La escena a bordo del Hondius resulta incómodamente familiar. Al inicio de la pandemia de covid, los cruceros se convirtieron en símbolos flotantes de la parálisis internacional. Pasajeros y tripulantes quedaron confinados a bordo del Diamond Princess, en cuarentena frente a Japón en 2020, mientras los gobiernos discutían quién debía hacerse responsable. Episodios similares se repitieron en todo el mundo a medida que los puertos cerraban y los países negaban el ingreso, dejando a los viajeros varados.
Se suponía que esas fallas iban a cambiar la forma en que el mundo responde a las emergencias sanitarias. Con un fuerte respaldo de Estados Unidos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) adoptó enmiendas a sus reglas de gobernanza para las amenazas de enfermedades transfronterizas. (Yo integré el comité de revisión de la OMS para esos cambios). Las reformas buscaban reforzar la transparencia, mejorar la coordinación y proteger mejor a los viajeros. Las regulaciones también mantienen una norma de larga data en relación con barcos y aeronaves: los Estados no deberían negar a los buques el ingreso a los puertos ni impedir el desembarco, salvo excepciones limitadas de salud pública.
El brote de hantavirus está demostrando en tiempo real que incluso las normas globales de salud reforzadas siguen siendo frágiles. La OMS intentó coordinar la respuesta mediante la emisión de alertas, el intercambio de información y la recomendación de monitoreo de los pasajeros expuestos. Pero el organismo carece de autoridad para garantizar el cumplimiento de las reglas internacionales. No puede obligar a los países a permitir el desembarco, armonizar las políticas de cuarentena ni compartir la responsabilidad por los viajeros expuestos.
Los cruceros dejan en evidencia de manera particular las debilidades estructurales en la gestión de enfermedades infecciosas a bordo de embarcaciones con alta densidad de personas. Condensan la globalización en un único entorno: pasajeros de múltiples nacionalidades, operadores privados, jurisdicciones superpuestas y viajes de larga distancia. No se trata solo del hantavirus. La gripe, el sarampión, el norovirus y otros patógenos pueden propagarse rápidamente en estos contextos. Una vez que surge un brote en el mar, la responsabilidad se vuelve rápida y fácilmente difusa y discutida.
Las tensiones políticas en torno a la OMS agravan aún más la situación. Las reformas que adoptó buscaban evitar otra crisis marítima caótica. Si bien la administración de Joe Biden impulsó con fuerza nuevas reglas, el presidente Donald Trump retiró a Estados Unidos de la organización y rechazó formalmente las enmiendas. Mientras el mundo enfrenta un nuevo brote transfronterizo, el respaldo político a la cooperación internacional muestra señales de debilitamiento.
Mientras tanto, las negociaciones para un nuevo acuerdo pandémico de la OMS se encuentran estancadas en Ginebra. Se espera que, hacia fines de este mes, la Asamblea Mundial de la Salud otorgue a los países una prórroga de un año para completar ese trabajo. Sin embargo, el mundo puede no tener el margen para esperar si surge un patógeno más transmisible.
La cobertura mediática del brote corre el riesgo de sobredimensionar la amenaza epidemiológica. El mundo no está frente a otro covid-19. Pero este episodio debería sacudir a los líderes políticos y sacarlos de la complacencia. La mayoría de los brotes —ya sea de una nueva influenza, un coronavirus o una fiebre hemorrágica como el ébola— nunca se transforma en una catástrofe global. Pero sí dejan en evidencia cuán rápido el miedo y la política pueden imponerse sobre respuestas sanitarias racionales.
El mayor peligro a bordo del Hondius puede no ser que este virus se convierta en la próxima pandemia. Es que, después de que el covid-19 expusiera los costos de la demora, la negación y la falta de coordinación global, el mundo todavía parece peligrosamente dispuesto a repetir los mismos errores.
*Lawrence O. Gostin es profesor distinguido en el Centro de Derecho de la Universidad de Georgetown y dirige el Centro Colaborador de la Organización Mundial de la Salud sobre Derecho Sanitario Nacional y Global.
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