El parador patagónico a orillas de un río que sirve de oasis para quienes viajan por Santa Cruz
Se trata del Parador La Leona, a orillas del correntoso río homónimo y a un costado de la inhóspita ruta 40
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“Es el paraíso para los viajeros”, dice Gustavo Cassieri, sentado en el Parador La Leona, a orillas del correntoso río homónimo y a un costado de la inhóspita ruta 40 al sur de Santa Cruz. Es de Buenos Aires y recorre la Patagonia. Desde 1894 es parada obligada de puesteros y habitantes de la solitaria estepa, y hoy es un punto de interés internacional: viajeros de todo el mundo entran a oír historias de bandoleros, intrépidos andinistas y aventureros.
“Todos se vuelven locos por nuestras tortas fritas rellenas de jamón y queso”, dice Paola Pinto. En el mostrador desde las ocho de la mañana las canastas con ellas se exhiben como trofeos. También las hacen clásicas y rellenas con dulce de leche. El parador está en la mitad de camino de El Calafate a El Chaltén. Todas las combis, colectivos y viajeros comienzan a llegar a esa hora. A madia mañana el salón principal es un hervidero de gente.
Se oyen todos los idiomas; es una rareza escuchar español. La indómita Patagonia es un imán para europeos, orientales y norteamericanos. “Es espectacular, es una experiencia única”, cuenta Jason Feist, quien es de Australia y viaja con su pareja de Córdoba. “Podés sentir el corazón y el alma de esta tierra”, agrega. Ensaya una similitud con el paisaje de Tasmania. “Rutas solitarias, paisajes deshabitados”, dice Feist.
Mil quinientas personas por día. Esa es la cantidad de gente que pasa dice Pablo Quiroz, a cargo del parador junto a la familia Kargauer y su hermano. Gran parte de ese público se aglomera en la mañana cuando llegan todas las personas que hacen el full day hasta El Chaltén. El olor a pan recién horneado gana la primera mañana. La torta frita rellena de jamón y queso es oro en polvo. El café es de filtro. Las cosas de antes, los sabores familiares aquí están vigentes. Medialunas y tostadas con manteca y dulce.
El viajero necesita un ancla gastronómica sentimental para sostener tanta soledad en este tramo de la ruta 40. La dinámica es sencilla y todo transcurre rápido porque el viaje debe seguir, se bajan los grupos, piden su café, su torta frita y todos caen rendidos al hechizo de las historias del parador. En las paredes se ven visitantes ilustres y fotos del lugar. Una pared está especialmente dedicada a tres clientes que pasaron por aquí en 1905: la Wild Bunch.
“La Pandilla Salvaje” estuvo integrada por Butch Cassidy, Sundance Kid y la bella e irresistible Etta Place. Cuando llegaron a la Argentina eran los bandoleros más buscados de Estados Unidos y venían de cometer su último gran golpe donde se llevaron 100.000 dólares. Se establecieron en la Patagonia, tierra de nadie y sin ley. Algo parecido al “far west”: estuvieron en el Hotel Touring de Trelew, y se establecieron en Cholila, Chubut, donde, con identidades falsas, se convirtieron en respetados ganaderos.
Nunca dejaron de ser hábiles ladrones y en la Patagonia también cometieron secuestros. Uno en el pequeño pueblo de Río Pico es recordado. En el parador La Leona llegaron luego de robar el Banco de Londres y Tarapacá en Río Gallegos. “Son increíbles estas historias y pasaron de verdad, es para filmar una película de este parador”, comenta Cecilia Badani, de San Luis.
Todo está contado en las paredes y los empleados conocen todas las historias y las relatan, el propio Pablo está presente y las sabe mejor que nadie. Algunos se animan y juegan a la argolla de pared, un juego antiguo que consiste simplemente en tratar de embocar una argolla en un pequeño gancho. “Tendría que ser deporte olímpico”, bromea Badani.
Una misión épica
“Mi relación con el Parador La Leona es profundamente personal”, dice Quiroz. Lo conoce desde que este tramo de la 40 era de ripio, y eran más los autos que se encajaban que los que pasaban. El Chaltén, la joya turística de la cordillera era apenas un sueño para pocos. El parador, que pasó por varias manos, estaba deteriorado. En 2006 se hicieron cargo y la misión no fue pequeña ni sencilla, sí épica.
“Era un pequeño edificio en medio de la nada, sostenido más por su pasado que por su presente. Apostar por ese lugar fue una decisión grande, arriesgada, casi irracional”, dice Quiroz. Debieron devolverle la vida. “La restauración fue profunda, pero cuidadosa”, sostiene. Convocaron a un equipo de arquitectos y conocedores de paredes unidas por los delicados filamentos emocionales del tiempo.
“Tuvimos lineamientos muy claros: conservar la imagen exterior, respetar determinadas estructuras originales y mantener un criterio patrimonial coherente. No se trató solo de construir, sino de reconstruir sin borrar la identidad”, afirma Quiroz.
Lo lograron y vieron una señal. En 2011 la ruta 40 se asfaltó y el turismo pude llegar sin inconvenientes a El Chaltén. La historia cambió y el parador volvió a posicionarse como una parada obligada pero esta vez, con instalaciones mejor preparadas para satisfacer la creciente demanda de nuevos viajeros.
El Parador se ve desde lejos. En una geografía esteparia, una isla de álamos sobresale. Protegida por ellos, el parador es un conjunto de casas de madera, piedras y chapa, típicas de la Patagonia, incluso es posible ver algunas tumbas de tiempos inmemoriales. En el mapa de la soledad, La Leona, es una referencia de peso.
Es un diseño simple y confiable con elementos nobles. Una bandera argentina flamea, dura pocos meses por el viento constante que nace en los hielos continentales, el río es glacial, lo delata su soñado color verde azulado. “Hotel La Leona”, se lee en el techo. En la fachada un escudo de la ruta 40 y la palabra Patagonia. No se necesita más.
“El parador tiene una identidad muy fuerte, ligada a la vida patagónica, al paso del tiempo, a los viajeros que lo atravesaron y a las historias que quedaron marcadas en sus paredes”, afirma Quiroz.
Las historias brillan en el aire del salón. Aquí en 1877 Francisco Pascasio Moreno, el legendario “Perito” Moreno estaba explorando la zona cuando fue atacado por una “leona” (puma hembra), y dio nombre al río y al paraje. También comenzó la leyenda.
Para unir ambas márgenes del río, que nace en el vecino e inmenso Lago Viedma, donde se han hallado restos de gigantes dinosaurios, el 1894 el gobierno nacional manda a construir una balsa. Solo podía llevar 200 ovejas por cruce. Un viaje a Río Gallegos, la capital provincial duraba un mes.
Se juntaba mucha gente esperando su turno en la balsa y un dinamarqués de apellido Jensen vio demanda y ninguna oferta, y tuvo una brillante idea que cambió la realidad para siempre: abrió una pulpería a la que le anexó unas habitaciones. Así nació el Parador La Leona. Se oyen historias de duelos de a cuchillos. La Ley era Ley por mano propia en aquella Patagonia irredenta.
Se cuenta que por aquí pasó el bandolero uruguayo Asensio Brunel, un “lobo solitario” que tuvo en vilo a todos los parajes de la cordillera austral. Montaba en pelo y siempre cabalgaba con dos caballos y sin detenerse se pasaba al otro en plena marcha. El mito asegura que solo se alimentaba de lengua de yegua y por esa razón podía alcanzar una destreza superior al resto de los mortales.
También estuvo aquí la expedición francesa de andinistas que conquistó la cumbre por primera vez del mítico Fitz Roy en 1952 comandada por el francés Lionnel Terray, la omnipresente montaña que se ve como un colmillo humeante, siempre rodeado de nubes.
Otro andinista legendario que paró en “La Leona” fue el italiano Casimiro Ferrari, quien fue el primer en pisar la cima del cerro Torre en 1974, considerado “la más espectacular convulsión geológica que la corteza terrestre haya lanzado hacia el cielo”.
Menú viajero
“El que para en La Leona no busca solamente un lugar donde detenerse a comer o descansar. Busca algo más. Busca autenticidad, busca historia, la Patagonia pura, lo que no fue diseñado para parecer antiguo, sino que realmente lo es”, afirma Quiroz. El parador tiene piso de cedro y una cocina económica de hierro fundido un siglo que pesa más de una tonelada.
Puede atender a 50 cubiertos, y el menú es todo lo que el viajero necesita: empanadas de guanaco, sopas, omelettes, sándwiches, bifes y milanesas con papas fritas. En sus habitaciones se detienen quienes buscan la experiencia completa: quedarse en uno los paradores ruteros más icónicos del mundo, pero también poder conocer viajeros de todos los países y sentir la historia, el lenguaje callado de las paredes, el viento cordillerano y el arrullo del río helado que es una música inquieta y a la vez sedante.
“La Estancia La Estela está enfrente”, dice Quiroz. Es un exclusivo hospedaje con vista privilegiada al lago Viedma y un restaurante donde se ofrece un fine dinning con esencia patagónica. La buena noticia es que la estancia tiene una huerta, flores comestibles y hojas verdes son frescas, algo inusual en estas latitudes.
“Es un territorio vasto y a la vez lleno de calidez. Recorrer esta ruta y ver la inmensidad, es un lugar libre de cualquier contaminación”, dice Anahí Capdevila. El parador por la tarde recibe viajeros que están fuera del radar de agencias, son los solitarios, los que toman la ruta por su cuenta. “Es un estado de gracia la Patagonia y son increíbles todas las historias que han pasado acá”, confiesa Capdevila.
“La Luz Divina”, menciona Omar Cariol el nombre de un viejo parador que estaba del otro lado del río. Hasta hace algunos años estuvo abierto pero la tormenta del olvido que arrasa la estepa, lo enjauló en el abandono y ahora es una tapera. Desde 1979 frecuenta La Leona. Recuerda cuando en los inviernos tenía que hacer un fuego debajo del tanque de gasoil para que encendiera su camión. “Adentro teníamos una estufa a gas para que nuestro aliento no congelara los vidrios”, dice. Viejas épocas que se pierden en la leyenda de la ruta 40.
La Leona abre todos los días, cierra a las 21 y es un punto donde se puede sellar el pasaporte de la Ruta 40, el único que se puedo llenar sin salir del país. Una boutique ofrece memorabilia, mapas, ropa, souvenirs y productos patagónicos. “Lo mágico del lugar es que es un punto del mapa donde el pasado y el presente conviven, en medio de la inmensidad patagónica”, confiesa Quiroz.
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