La ciudad donde vive el carnaval
La intimidad del rincón de Entre Ríos que se transforma cuando llega la fiesta
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GUALEGUAYCHÚ.– Hay un lugar donde los panaderos cosen lentejuelas, los carniceros pegan plumas y los maestros resultan expertos en el arte del zurcido. Un lugar donde, verano tras verano, las amas de casa desfilan ante más de 30.000 personas, los turistas se transforman en unicornios y las chicas se maquillan mientras cantan "Mami, ¿qué será lo que quiere el negro?"
En guaraní significa "aguas tranquilas", pero desde hace por lo menos cinco décadas Gualeguaychú, la ciudad entrerriana que ha logrado proyectar a escala nacional su fiesta, es sinónimo de diversión y carnaval a gran escala. Un auténtico reino mágico en el que el panadero, el carnicero, el maestro, el ama de casa, el turista y todo aquel con ganas de burlarse de sí mismo recibe el don de la risa con espuma que el calor convierte en bendición.
Con una asistencia de 38.000 personas en el Corsódromo, un promedio de 250 artistas en escena por comparsa y más de 3 millones y medio de pesos de presupuesto en cada grupo, el brillante desfile de disfraces, máscaras y ombligos al aire que representa el Carnaval de Gualeguaychú justifica el orgullo local. Y así como Río de Janeiro presume de un carnaval oficial y otro callejero o da rua , Gualeguaychú también se desdobla entre el show del Corsódromo (con entradas que van de los 40 a los 850 pesos) y los corsos populares o "matecito", en los que las murgas barriales salen a la calle en una caravana de amigos y familias que desfilan sin dueños ni directores, sólo por el amor al arte de pasarlo bien.

Una prueba de ese espíritu tuvo lugar el viernes pasado, cuando la primera convocatoria al corso "matecito" llamó a los grupos participantes para que se presentaran entre las 21 y las 22 en las afueras del Corsódromo. Poco antes de las 20, en el garaje de la esquina de las calles Magnasco y Urquiza que funcionaba como centro de operaciones de la murga Vieja Fantasía, entre quienes se preparaban para salir disfrazados de malevos y milonguitas había más de uno que no sabía qué personaje iba a representar, pero ese desconcierto no parecía conspirar contra el plan de diversión generalizada. "¿Yo salgo de madama o de prostituta?", preguntó Julieta, una hermosa niña rubia de 8 años, y la primera mujer que pasó a su lado le dio la respuesta que menos deseaba: "¿Qué? ¿Estás loca? ¡Vos salís de nena!". Y en el living, mientras los caballeros se disputaban las bases de maquillaje para terminar de pintarrajear a las damas, la carcajada de una señora atronó la sala de por sí bulliciosa. "¿Vos sos un travesti? o la veterinaria de mis gatos?", preguntó la mujer, entre risas, a un/una joven de peluca platinada, y la duda recordó que esa noche lo único importante era divertir a los demás. "El corso barrial une a todas las clases sociales -contó el camionero Rubén Hernández, alma de Vieja Fantasía-. Todos hemos participado de los corsos estudiantiles, que ya tienen más de 50 años, donde aprendimos a producir la fiesta. Y un ejemplo es esta murga, que reúne a ingenieros, gurises de un barrio carenciado, un empresario de la carne y estudiantes."
A la misma hora, pero el día después, mientras el público comenzaba a llenar el Corsódromo para ver el espectáculo a cielo abierto más importante del país, un costurero pegaba una cola de caballo a un traje de reminiscencias africanas en el galpón de la comparsa Kamarr. "Así como se ve, esta cola de caballo está hecha de caballo. ¡Es una cola original! Por eso cuesta tanto pegarla?", explicó, de camino al taller de espaldares. A un lado, al fondo de la sala de maquillaje, unas amas de casa terminaban de coser las polleras acampanadas que lucirían minutos más tarde en pleno Corsódromo. "Yo siempre trabajé en el Carnaval como costurera, pero ésta es la primera vez que me animo a desfilar -dijo Noemí, de 42 años, aguja en mano-. Desde abril del año pasado que cosemos y ensayamos, muchas veces desde las 14 hasta las tres de la mañana? ¡Y más de una vez he llorado, porque ya no podía más! Pero el esfuerzo vale la pena. Cuando estás en el Corsódromo, la batucada te llama, el público grita, las luces brillan? Y la vergüenza desaparece, lo único que queda son las ganas de divertirse. Te tiene que tocar para darte cuenta de lo hermoso que es.

Mientras tanto, en el galpón de Ará Yeví, al lado del de Kamarr, la maquilladora Vanessa Bruni convertía en hipocampo a otra Vanessa, una chica de 35 años, oriunda de La Plata, que estaba en Gualeguaychú de vacaciones. "Hoy estaba en la playa cuando conocí a Agustina, que va a salir en la primera carroza, y ella me invitó a participar. Vinimos, le preguntamos al director si podía sumarme y aquí estoy", contó. Una vez maquillada, camino a su debut absoluto como bailarina, el hipocampo Vanessa abrió la puerta de la sala de maquillaje para dirigirse al Corsódromo. Concentrada como estaba en caminar firme con los tacos y cuidar el traje marino, no llegó a ver que arriba de la puerta había una estampita de la Virgen de la Sonrisa. En sus pecas, la maquilladora había dibujado pequeños corazones. Y resultaba difícil saber si era el Carnaval, una ilusión óptica o un milagro de la Virgen el que los hacía latir.
La fiesta, en cifras
La cantidad de público, de artistas y el presupuesto
- 38.000
personas
Es la capacidad que tiene el Corsódromo (una ex estación de ferrocarril), escenario del espectáculo Carnaval del País
- 250
artistas en escena
Es la cantidad promedio de integrantes de una comparsa
- $ 3,5
millones
Es el presupuesto de cada comparsa que desfila en el Corsódromo
- 1
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