Inicio de clases: el cambio clave en el rol de los docentes y por qué los enfrenta a un delicado desafío
Profesionales de escuelas estatales y privadas describen una problemática con los alumnos que se acentúa; la razón que los sostiene frente a los obstáculos
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El inicio del ciclo lectivo encuentra a los docentes frente a un escenario que, coinciden, se ha ido complejizando con el correr de los años. La planificación, los contenidos y las estrategias pedagógicas están asentados y actualizados. La preocupación se centra en el cambio de conducta de los chicos como reflejo de una realidad social que provoca el corrimiento de las funciones familiares hacia la escuela, en la que el rol de contención se convirtió en primordial.
“No solo enseñamos. Hay que regular emociones, mediar conflictos, detectar qué pasa en la casa. El docente hace frente a todo eso a costa de su salud física y mental”, dice Matías Kiejzik (45), maestro de primaria de una escuela estatal de la ciudad de Buenos Aires, con 22 años de antigüedad.
Junto con Mendoza, Neuquén y Santa Cruz, mañana comenzará el ciclo lectivo en el distrito porteño. El año escolar fue abierto, el 18 pasado, por Santiago del Estero. Chubut, Jujuy, San Luis empezaron las clases ayer; hoy lo hizo Tierra del Fuego y el próximo 2 de marzo se sumarán las provincias de Buenos Aires, Catamarca, Córdoba, Corrientes, Chaco, Entre Ríos, Formosa, La Pampa, La Rioja, Misiones, Río Negro, Salta, San Juan, Santa Fe y Tucumán.

Esta realidad que plantea Kiejzik se repite en escuelas públicas y privadas, en niveles iniciales y medios, en docentes jóvenes y en otros con más de tres décadas en el aula, según los testimonios recolectados por LA NACION.
En muchas escuelas estatales el sostén es muy concreto. “Hay días que hay que parar la pelota y ver si comieron”, cuenta María Laura Benza (42), maestra con ocho años de docencia. “Con el tiempo te das cuenta de que casi todos tienen algún problema, por lo que la contención tiene un costo muy alto”, coincide Rodrigo González (57), profesor de colegios secundarios técnicos estatales, con 18 años de carrera y horas en cuatro escuelas. Y agrega, sin rodeos: “Creo que el gran problema de los chicos son sus padres”.
Clima de época sin límites
“Poner límites te enfrenta con los chicos, con las familias y con las autoridades”, explica González, al referirse a los conflictos repetidos entre padres y docentes que muchas veces terminan de forma violenta.
En el sector educativo de gestión privada, el diagnóstico sobre los chicos es similar, aunque sin las urgencias económicas que describe Benza.
María (49) enseña hace 15 años en dos colegios privados del Gran Buenos Aires. Plantea que al trabajar en colegios bilingües el tema económico no es un problema, por lo que la contención se centra a nivel de límites.

“Los chicos actúan como si no hubiera consecuencias para lo que hacen. La palabra no tiene mucho peso, por lo cual ellos creen que pueden hacer lo que quieren, cuando quieren y como quieren; entregar las cosas cuando quieren no hacerlo, estudiar cuando se les ocurre, no importa si aprueban o no, hay que tomarles cuando ellos quieren”, describe.
Como María, todos los profesionales consultados por LA NACION que cumplen funciones en entidades de gestión privada evitaron dar sus apellidos por temor a sanciones internas. Sabrina (45), con 25 años de experiencia en nivel secundario de colegios privados en la Capital, concuerda. “En muchos casos hay mucha falta de respeto y se nota que desde muchos hogares el rol docente es el de un servidor del alumno y no alguien que lo va a formar o a quien hay que escuchar. En mi caso, desde la administración y la dirección, se pide que el docente cumpla ese rol: el de preceptor, cómo está el niño, situaciones de viaje, de enfermedad, contemplaciones, contener, escuchar, establecer un límite que tiene que ser entre amoroso y claro, pero que no ofenda a las familias y el chico no se sienta frustrado”.
“Hay muchísima necesidad de contención. Estamos muy involucrados los docentes, sobre todo en este tipo de colegios donde el trato es personalizado y se busca que el alumno de lo mejor de sí. Pero para esto hay que tener en cuenta la contención familiar, que no tienen, entonces uno cumple el rol de familia, psicólogo y entretenedor porque los chicos han cambiado”, se lamenta.
Ansiedad
Los testimonios de los docentes apuntan siempre en dirección de los padres. Ana (43) es profesora hace 24 años de secundaria en colegios privados de doble jornada. Coincide que las faltas de conducta e interés de los chicos vienen de las casas. “Los problemas vienen del seno intrafamiliar: la falta de consistencia de valores, con la que la familia antes acompañaba a la escuela. Hoy hay que dar contención a la familias, a una generación de padres que se hace mucho menos responsable de cosas que le tocan y le pide al colegio que responda por necesidades que no vienen nutridas de casa”, describe.
“La gran carga de ansiedad responde a los padres. Chicos frustrados, que no tienen límites. Los padres hoy son bastante negadores, usan el colegio como un depósito y que nosotros nos arreglemos, que somos responsables de lo que le pasa al chico adentro y afuera de la clase. No podemos corregir a los chicos, no está bien que les entreguemos una hoja con un 2 con miedo a que se frustre”, cuenta Alejandra (55), maestra de escuela privada con 32 años de experiencia.
Corina (49) trabaja en dos colegios privados hace 15 años. También puntualiza en las nuevas generaciones de padres y el cambio de valores, lo que afecta la visión de los chicos respecto a la educación. “No ven que el formarse académicamente sea una herramienta que les sirva para su futuro, sino que creen que hay otras salidas más fáciles y al alcance de la mano que impliquen menos esfuerzo. Muchos de estos cambios no solo tienen que ver con una visión del adolescente, sino también con la visión de los adultos a cargo de ellos”, afirma.
El desgaste que se acumula
La palabra cansancio atraviesa a todos, pero no suena igual en un docente que empieza su carrera que en otros que llevan más décadas en el aula.
Alejandra cuenta que está “más cansada que otros años, por acumulación”. “Cada vez tenemos menos receso, terminan las clases muy tarde y empiezan muy temprano, son 180 días de clase y en un colegio de doble turno, con la carga, la intensidad y la exigencia de los colegios bilingües no tiene demasiado sentido porque terminan siendo 360 días de clase, que para los chicos y los docentes es muchísimo”, grafica.
“El desgaste no es solo físico, sino emocional y cognitivo, debido a mayores demandas institucionales, administrativas y socioemocionales”, dice Paula (53), que enseña hace 36 años en colegios privados de doble turno en la Capital. Corina repite, como todos los docentes de gestión provada y jornada doble, que el receso es demasiado corto, lo que se suma a una gran cantidad de tareas para ese tipo de escuelas. Agrega que “el período de exámenes, tanto de diciembre como de febrero, suele ser muy intenso, pese a que hay menos alumnos, ya que se generan muchas tensiones con algunas familias que suelen ser muy desgastantes”.
Por otra parte, la tarea docente exige el seguimiento de los alumnos fuera del aula: corregir exámenes, trabajos prácticos, preparar actividades y capacitarse continuamente es la esencia invisible de una profesión que busca formar a un futuro profesional exitoso y a un buen ser humano.
Asimismo, la remuneración docente es un tema coincidente que implica no solo la posibilidad de sostenerse dignamente sino la valoración que se hace de la tarea educativa en la sociedad.
“No alcanza el salario. Mes a mes queda por debajo de la inflación. Esta es una de las demandas más sentidas de la docencia”, dice Matías. Corina coincide: “El sueldo no alcanza para vivir bien. El valor de nuestra hora no incluye la cantidad de tiempo que trabajamos en nuestras casas para hacer el seguimiento de los alumnos y la preparación de las clases”.
Como el sueldo no alcanza hay que sumar otros colegios y actividades. “No puede ser que tengamos que trabajar en dos colegios, dar clases particulares porque la remuneración es muy baja, tanto los estatales como los privados. Yo sumo un montón de horas particulares, de escuelas, y muchas veces no tengo tiempo para mí y, por suerte, tengo un marido que me ayuda porque sola no me podría mantener”, cuenta Alejandra.

Sabrina, en cambio, no cuenta con el apoyo de otro ingreso. “El salario docente no llega a cubrir los gastos mínimos en el caso de ser jefas de hogar, tener que sostener los gastos de una familia y peor si no somos propietarias. Tenemos que sumar horas, alumnos particulares e instituciones los fines de semana u otros tipos de trabajo, como en mi caso”, sostiene.
Es la vocación
Hay un gran “sin embargo” en los testimonios de todos los docentes que dialogaron con este medio. La vocación, ese llamado a servir, a formar, a ser el vehículo para un futuro mejor. “Porque todavía tenemos la esperanza y creemos que desde la educación podemos brindar una mejora a la sociedad”, afirma Corina. María también siente que, a pesar de los obstáculos, vale la pena: “Cuando veo que mis alumnos progresan y pueden alcanzar y aprenden, no solo académicamente, sino de la vida”.
Preparar a chicos para que sean hombres y mujeres de provecho es la misión compartida. Paula lo ve como “la posibilidad de transformar trayectorias y el compromiso con una educación que forme pensamiento crítico y autonomía”.
“La docencia sigue siendo un acto de resistencia y una herramienta para formar conciencia crítica. En tiempos difíciles, la escuela es uno de los pocos espacios donde todavía podemos construir pensamiento crítico, comunidad y esperanza”, resume María Laura.
González sintetiza este espíritu que guía a los educadores: “Alguna vez me dijo un bibliotecario: ‘Educar eleva’. Y tiene razón”.
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