
La jueza Malere acusó al director del penal
LA PLATA.- La jueza María de las Mercedes Malere, rehén durante el motín en Sierra Chica, en 1996, dejó en mala posición al Servicio Penitenciario: nadie le avisó que los presos tenían armas de fuego antes de que ella entrara en el penal.
Ayer, Malere llegó a la audiencia a las 8.47, en la cárcel de máxima seguridad de Melchor Romero, donde se sustancia el juicio oral por teleconferencia a los 24 procesados por la revuelta de la Semana Santa de 1996.
La acompañaba Susana Darling Yaltone, camarista integrante del tribunal de Dolores que dictó recientemente sentencia en el caso por el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas.
Ayer, también otro preso rompió con el código de silencio carcelario y detalló el algunos movimiento de los "apóstoles" durante el motín: asesinatos, robos, amenazas, persecuciones.
Silencio
El 30 de marzo de 1996 era el último día en el turno de la jueza Malere. Cuando se le avisó que, en Sierra Chica, un grupo de internos se había amotinado luego de un intento de fuga, acudió a la cárcel con el secretario Héctor Torrens.
Eran cerca de las 19. Según la jueza, el director de la cárcel, Omar Palacios, le relató un mero esquema de lo que había ocurrido: intento de fuga frustrado por un guardia, desde el muro perimetral, y un motín con varios rehenes.
Palacios le dijo, también, que había un interno herido y que el subdirector de la unidad carcelaria, Ricardo Viera, había recorrido el penal.
Este -afirmó Malere- dijo que los cautivos estaban bien y que los presos querían hacer un petitorio.
Del arma de fuego -una pistola Ballester Rigaud, calibre 11.25 mm- no se habló.
"Tampoco me informaron que los internos le habían disparado a Palacios. Y César Caruso (director de Seguridad del Servicio Penitenciario) aceptó esa versión distorsionada de los hechos que me habían brindado", dijo Malere, con tono suave, pero contundente.
Yluego insistió: "Si no pusieron en mi conocimiento la realidad de la situación, distorsionaron los hechos".
En enero de 1996, la jueza Malere había clausurado el pabellón 12 -donde se aísla a los presos de mala conducta- "por las condiciones infrahumanas en las que vivían los internos".
Sobre lo ocurrido con ella durante el motín se mostró reservada. El testimonio fue breve -comenzó a las 9.25 y terminó a las 10.40- y en nada diferente del que había prestado durante la instrucción.
No fue una declaración escabrosa, como las de los últimos días, en las que los testigos contaron con lujo de detalles casos de violaciones, agresiones sádicas y antropofagia.
La jueza habló de su sorpresa cuando se dispuso a recibir el petitorio y fue tomada como rehén, junto con el secretario Torrens.
Fue a las 9.50 de aquel día, cuatro horas después de haber acordado el encuentro con los amotinados.
Marcelo Brandán Juárez la amenazó con el arma de puño y entonces supo que le habían mentido los presos y el jefe Palacios.
Cambio de posición
Durante la revuelta de Semana Santa, Jorge Moreno, que había reemplazado a Malere, le preguntó si quería "permutar" con él su encierro.
Ella le respondió que no, pues tenía menos obligaciones familiares que Moreno. Es soltera y vive con su madre.
Luego dijo que sufrió agresiones físicas y amenazas del preso Miguel Ruiz Dávalos.
Este intentó acuchillarla y otro amotinado, Lucio Bricka, se lo impidió.
Además, el primero la golpeó en la cabeza, y repetía: "Hay que matarla, hay que matarla, nos encajó 25 años".
Sus días de encierro -dijo la magistrada- fueron tensos, desesperados.
El tiempo parecía interminable y la incertidumbre generaba angustia.
Sin embargo, dijo que dos internos la protegieron: Marcelino Merelle y Germán Belizán.
"Con ellos pasé mis únicos segundos de tranquilidad durante esa semana", afirmó.
Otro de los que declararon ayer fue Torrens. Aunque su declaración testimonial resultó más exhaustiva que la de la doctora Malere, la postura fue similar: hizo siempre hincapié en "la distorsión de los hechos narrados por Palacios".
Otro preso contó todo
LA PLATA.- El preso Omar Luján cumplía su condena en Sierra Chica, cuando ocurrió el motín. Como Marcelo Ortellado, también quebró el código de silencio entre entre reclusos. Ayer habló ante el tribunal.
Como Agapito Lencina y el resto de los presos asesinados, él también estaba en "la lista": antes de la Navidad había herido a Brandán con una faca, después de -dijo- de que éste lo provocó.
Al comenzar el tumulto, Luján le señaló a Lencina que iban a matarlo. Intentó convencerlo para que se encerrara. Le dijo: "Ellos tienen una pistola y nosotros facas". Lencina respondió: "Pero tenemos sangre. No me voy a esconder, porque sería mostrar miedo". Lencina, se sabe, fue asesinado.
Luján relató ante el tribunal que el arma utilizada por los amotinados había ingresado en el penal por medio de un abogado, Oscar "La Garza" Sosa, el lugarteniente de Luis "El Gordo" Valor, el líder de la "superbanda".
Pudo ver varios muertos, apilados sobre el piso de un pabellón, y que oyó hablar de las incineraciones de cuerpos, de las comidas preparadas con éstos y que los procesados jugaban a la pelota con las cabezas de sus víctimas.
Luján pudo escaparse, junto con otros dos presos, con la cabeza cubierta por un pasamontaña y una caja de cartón. Al final de su relato, lloró.





