
La jueza que sobrevivió al infierno
Declara hoy María de las Mercedes Malere, que desde que fue liberada tras el motín guardó silencio
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LA PLATA.- Cada testimonio forma parte de un catálogo implacable, despiadado, surgido de la matriz del infierno: el motín en la cárcel de Sierra Chica, durante la Semana Santa de 1996, perpetrado por 24 presos, entre ellos, los llamados "doce apóstoles de la muerte".
Como se sabe, durante los nueve días que duró la revuelta, los procesados asesinaron, descuartizaron y carbonizaron a siete presos. La octava víctima falleció en el hospital de Olavarría.
Además, según rehenes que declararon ayer, los amotinados prepararon comida con los cadáveres de los presos asesinados y se la sirvieron a guardias e internos para que, sin saberlo, la ingirieran.
En las audiencias del juicio oral que se realiza, con un sistema cerrado de TV, en el penal de máxima seguridad de Melchor Romero, testigos y rehenes relataron ante el tribunal cada fracción del recuerdo de aquellos días de reclusión, que hoy deben cargar como una piedra definitiva que los dobla en peso.
Se narraron -a veces con vagidos- homicidios, tiroteos, golpizas, amenazas, noches de insomnio, días desesperados.
Hoy declararán la jueza María de las Mercedes Malere, que hace cuatro años era la titular del juzgado en lo criminal y correccional Nº 1 de Azul, y su entonces secretario, Héctor Torrens.
Ambos fueron rehenes durante los nueve días que duró la revuelta, desde el sábado 30 de marzo hasta el 7 de abril de 1996, Domingo de Pascua.
Eran las 21.50. El motín había empezado siete horas antes, luego de un frustrado intento de fuga.
Malere y Torrens ingresaron en la unidad penitenciaria para recoger un petitorio de los amotinados. Los acompañaban el director de la cárcel, Omar Palacios; el director de Seguridad del Servicio Penitenciario de la provincia, César Caruso, y personal del penal.
La entrega había sido pautada cuatro horas antes. El jefe Palacios -según aseguró la magistrada en su primera declaración, que consta en el expediente- no le había dicho que los presos portaban una pistola Ballester Rigaud calibre 11.25 mm.
Cuando ingresaron en el patio del penal, se acercaron dos reclusos: Marcelo Brandán Juárez y Jorge Pedraza, líderes de los "doce apóstoles". Este llevaba un papel enrollado. Malere se adelantó, seguida por Torrens.
La jueza se dispuso a recibir el petitorio. Pero había un cambio de planes. Pedraza dijo: "Doctora, vamos a hacer otra cosa". Brandán sacó el arma y le apuntó, a la altura del pecho.
Luego la tomó del brazo y le ordenó, con aire furibundo: "Vamos para adentro". Torrens dio un paso hacia atrás y abrió los brazos. Brandán le apuntó con el arma a la cabeza, sin soltar a Malere. Otros internos se acercaron y sujetaron al secretario. Lo amenazaban con facas.
Ambos fueron conducidos hacia el pabellón 6, donde funcionaba el sector Sanidad. Allí estaban apresados los demás rehenes. En total, eran 17.
Todas las personas retenidas pasaron la primera noche en un consultorio. Los reclusos se turnaron para vigilarlas, desde la puerta del recinto.
A la mañana siguiente, los rehenes fueron trasladados a la sala de enfermería y Malere, la única mujer, fue alojada en una pequeña habitación contigua.
Allí permanecieron hasta la finalización del motín, ocho días más tarde.
Durante el motín, la jueza fue "custodiada" por los procesados Jorge Pedraza, Oscar Olivera, Marcelo González, Lucio Bricka y otros que no pudo identificar. Como casi todos los rehenes, Malere fue amenazada y usada como escudo humano por los "apóstoles".
El día más funesto
El lunes 1º de abril fue el día más funesto, según surgió en el juicio oral que comenzó hace 10 días. Los amotinados habían asesinado al interno Agapito Lencina y se enfrentaban en un tiroteo con las fuerzas de seguridad. Creían que iba a haber una contraofensiva y resolvieron llevar a la magistrada y a otros rehenes a la terraza de la sección Sanidad.
En ese momento, relató un testigo, un preso tomó de los pelos a Malere e intentó agredirla. Luego, mientras la mujer gritaba a los guardias que no dispararan, un rehén quiso saltar al vacío, pero el suicidio fue evitado por uno de los reclusos.
Aún faltaba una semana para que terminara el motín. El Domingo de Pascuas, Malere salió del penal, junto con los demás rehenes. Su rostro estaba demacrado, los pómulos salientes. Al día siguiente habló con la prensa, sin dar detalles del infierno que había padecido. Fue una conferencia breve. La primera y la última.





