La mujer que se enamoró de su ángel de la guarda
En el momento menos oportuno, ella tuvo un accidente de tránsito donde estuvo a punto de perderlo todo. Pero en el hospital la esperaba un enfermero de mirada intensa, dispuesto a cuidarla cada día. ¿Podría ser que la mala suerte la hubiera guiado hacia el amor?
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"Dejá de buscar. Al amor lo vas a encontrar en el lugar menos pensado." Erica levantó la vista y le dedicó a su amigo una mirada cínica. Después de diez años de soltería, ella se había transformado en una persona descreída; evidentemente el amor no estaba escrito en su destino.
Por eso, y sin proponérselo, un día simplemente dejó de buscar.
Terapia intensiva
Miércoles. Erica pisó la calle, miró al cielo y quedó sorprendida por su color azul intenso, invernal. Respiró hondo y disfrutó del sol tibio que acariciaba su piel. Después, subió a su vehículo y arrancó. Estaba contenta. Ese día, como cada día de su vida, salía a trabajar. Estaba muy abocada a su empleo, le gustaba y era el medio para darle una mejor vida a su hija. Ser madre soltera y vivir sola junto a su pequeña no le resultaba nada fácil, pero ella era del tipo de persona que no se dejaba vencer por las pruebas de la vida. En sus pensamientos lo único que deseaba era superarse día a día, continuar con su carrera gerencial y asegurarse un futuro exitoso. A su hija quería darle una buen porvenir pero, por sobre todo, quería ser un ejemplo de esfuerzo y de trabajo; quería ser un buen modelo a seguir.
La calle estaba como siempre a esa hora, bastante tranquila, por eso ese auto que apareció como de la nada, la tomó por sorpresa. Después, el estruendo y la oscuridad.
Erica abrió los ojos. Estaba recostada sobre una camilla y sentía murmullos. ¿Qué había pasado? No entendía nada. Una voz perteneciente a una persona que estaba muy cerca pero se oía muy lejana, adivinó su expresión y le explicó que había tenido un accidente y que la estaban llevando a realizarse una tomografía.
Horas más tarde la derivaron a un sanatorio privado y un neurólogo la internó en terapia intensiva. "No puede ser. No puede ser. No puedo dejar a mi hija sola", se dijo Erica envuelta en una sensación de impotencia y dolor corporal. Cerró los ojos esperando despertar del mal sueño, pero al volver abrirlos todo seguía igual salvo por él, un enfermero cubierto por un barbijo y con guantes, un hombre del cual sólo podía ver su mirada; unos ojos que le cambiarían la vida para siempre.

Como en un sueño
Tal vez sí era un sueño. Esos ojos oscuros, cálidos pero intensos, la impactaron. Él, muy profesional, habló con ella sólo lo justo y necesario y ella, de pronto, fue consciente de su estado. Su cuerpo estaba roto; su cara, desfigurada por los golpes. Pero a él parecía no importarle y la miraba con afecto. Erica sentía que con sus ojos le estaba atravesando el alma.
Cada día, él volvía para cuidarla y acompañarla y, muy de a poco, ella comenzó a recuperar sus fuerzas. Hacia los últimos días de su internación en terapia intensiva, él ya volvía no sólo para cuidarla, sino para conversar. En esas tantas horas juntos, ellos se fueron conociendo. Ella supo que él vivía solo, que su familia natal estaba en un pueblo a unos 70 km de distancia, que los visitaba 1 o 2 veces al mes, en los pocos días libres que le dejaba su trabajo.
Un buen día la trasladaron a una sala común, pero las visitas del enfermero continuaron como siempre. En sus charlas, él supo que ella también era soltera, que tenía una hija de 10 años y que vivía para ella y para su trabajo.
"¿Me puede dar su número?" Era el último día de Erica en el hospital y él, como siempre, le hablaba de usted y la miraba como si fuera lo más precioso de esta tierra.
Desde ese día, hablaron cada día y, dos veces por semana, él le preguntaba si podía ir a visitarla. Como ella había aprendido a extrañarlo, le decía que sí. Entonces él llegaba en el horario acordado, como caballero que era, y traía facturas. Tomaban mate, charlaban un poco e intercambiaban miradas cómplices y alguna que otra caricia en el rostro. En ese momento de recuperación Erica vivía con su madre, entonces, a la hora de la despedida, él le besaba respetuoso la frente y se iba prometiéndole regresar.
Dejarse amar
A los 3 meses le pidió que fuera su novia y ella, enamorada desde la primera vez que le había visto sus ojos, le dijo que sí. Fue un noviazgo inolvidable y lleno de detalles: mensajes en las servilletas, siempre el "buen día" y un "que descanses mi amor", hasta que un día, en una cena romántica, él sacó una cajita, le mostró un anillo de compromiso y le dijo: "Por favor, ¿querés ser mi esposa para siempre?"
Erica creyó que se iba a desmayar. ¡El amor de su vida le estaba pidiendo por favor que sea su mujer! Ese día sintió que estaba tocando el cielo con las manos.
Se casaron el día de los enamorados bajo una leve llovizna. La abuela Marta les dijo que eso significaba que su amor estaba bendito. Un par de horas más tarde, entraron a la fiesta con el tema "Juntos a la par", de Pappo. El rock siempre había sido una pasión para ambos.
Su amor creció y maduró con la llegada de su hija, quien desde la panza ya escuchaba "Trátame suavemente" de Soda Stereo. Porque así es como se tratan ellos, así es como tratan a sus hijos y así es como ellos entienden que debe ser el amor.

Con su experiencia de vida y de amor, Erica aprendió a no buscar aquello que llegará sin ser forzado y en el momento justo. Aprendió a amar sin medidas y sin tiempos. Con su amor, aprendió a ser tolerante, comprensiva y, por sobre todas las cosas, a dejarse amar, abrir su corazón y a arriesgarse, tal como él se arriesgó. De otra manera no se gana.
Erica, después de un accidente donde pensó que lo iba a perder todo, ganó al amor de su vida. Ella se enamoró de su ángel de la guarda.
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