La realidad y sus otras verdades

Néstor Cohen
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4 de octubre de 2011  

Reflexionar en torno a la cuestión antisemita puede tentarnos a tomar caminos que no siempre permiten llegar a un destino cercano a lo que ocurre en la realidad.

Fuere porque se asocia el antisemitismo a los hechos más penosos, más repudiables de la condición humana, o porque se considera que es una tragicomedia que la colectividad judía construye para terminar posicionándose como víctima, lugar que, desde esta perspectiva se entiende, suele transitar con comodidad.

Ni tan repudiable ni tan tragicómica, muchas veces la realidad se nos rebela y nos muestra otras versiones posibles.

Tal es el caso de los resultados de esta investigación que hemos llevado a cabo en el Instituto de Investigaciones Gino Germani.

En este sentido, las representaciones sociales que construimos acerca de los judíos en la Argentina se organizan, principalmente, en torno a cuatro cuestiones: percibirlos endogámicos, no solidarios, considerarlos poseedores de demasiado poder económico a nivel internacional, no reconocerles, como colectividad de inmigrantes durante el siglo pasado, participación en el progreso económico y social de nuestro país, y considerar su lealtad a Israel mayor que a la Argentina.

Lo interesante de estas representaciones, más allá de si expresan o no antisemitismo, es que no dejan duda alguna de que los judíos son percibidos negativamente. Pero, al interior de esta percepción, son ubicados en uno de los extremos más preocupantes, el que corresponde a quienes, siendo poderosos, no son solidarios y, además, no son leales.

Preocupan estas representaciones, preocupan más cuando se naturalizan en la sociedad, se alejan de la toma de conciencia colectiva, y más aún cuando se superponen con representaciones sociales acerca de otras colectividades (boliviana, paraguaya, peruana, coreana) estudiadas, también, en nuestro instituto.

Preocupa este fenómeno que convive cotidianamente entre nosotros, que nos atraviesa, que está y no molesta, que transcurre silenciosamente y que supone que nuestro origen nacional y cultural tiene una base étnica única que nos diferencia del resto y que determina que todo lo diferente a ese supuesto origen es ajeno y extraño. Que toda mezcla es peligrosa y que la distancia con la otredad es lo mejor que nos puede ocurrir.

El autor es sociólogo e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA

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