Las burlas de Dorrego a Belgrano

Daniel Balmaceda
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24 de diciembre de 2019  • 00:41

Lo quería como a un hijo. Desde que se hizo cargo del Ejército del Norte, Manuel Belgrano, 41 años, mostró preferencia por Manuel Dorrego, de 24. Se sabe que existía un afecto paternal porque era una apreciación que hacían sus contemporáneos. Sin embargo, la relación se resintió por problemas de conducta del díscolo subordinado.

Ese fue el motivo por el cual el general no contó con el valeroso oficial en la campaña al Alto Perú donde la suerte le fue adversa. Las derrotas de Vilcapugio (1/10/1813) y Ayohuma (14/11/1813) obligaron a que el Ejército del Norte tomara el camino a Jujuy. Los hombres de Belgrano llegaron a la abnegada ciudad y allí se engrosaron las fuerzas gracias a la implacable tarea del desplazado Manuel Dorrego. Se hallaba destinado en Salta, fuera de la zona de enfrentamientos, por los motivos que comentamos. Una tradición sostiene que luego de las derrotas mencionadas, Belgrano se lamentó por la ausencia de "un Dorrego" que lo auxiliara en las filas de la Patria.

El vuelco de la guerra lo puso otra vez en escena. El Triunvirato le ordenó reunir a los dispersos que iban llegando a Salta. Cumplió su misión con efectividad y dando muestras claras de que había aprendido la lección. Se han perdido documentos probatorios, pero le damos el crédito a Dorrego, quien aseguró que cuando se puso en marcha rumbo a Jujuy, por disposición impartida desde Buenos Aires, recibió una carta de Belgrano convocándolo. Por lo tanto, el castigo había llegado a su fin.

El reencuentro de Dorrego y Belgrano en San Salvador de Jujuy fue muy afectuoso. Una vez más, el joven ocupaba un lugar especial en el alto mando. M ás aún, San Martín y Belgrano hablaron del valiente soldado, según se advierte en la correspondencia previa al encuentro de los dos grandes jefes. Sus recientes méritos le dieron un lugar preferencial. Por decisión de los comandantes, Dorrego se convirtió en el tercer jefe de la cadena de mando, detrás de los dos grandes. Pero no estuvo a la altura de la circunstancias y el cargo se le escapó de las manos debido a una equivocada reacción que pasaremos a comentar.

Para un profesional de las armas como San Martín, una de las claves del éxito era la buena comunicación. ¿De qué servía tener jefes buenos si los mensajes no llegaban con claridad desde el fondo hasta la primera línea de combate?

Por esa razón, puso en práctica un ejercicio que era habitual en Europa. Consistía en formar una ronda que respetara los rangos, de izquierda a derecha como las agujas del reloj, y ensayar el grito de una misma consigna siguiendo la estructura jerárquica.

La actividad se denominaba: "Ejercicio para la uniformidad de las voces de mando" y buscaba que cada oficial repitiera las palabras dichas por su superior y usara el mismo tono. La utilidad del ejercicio se vería en el campo de batalla. Si la vía de comunicación era fluida, una orden del comandante llegaría con claridad a los oídos de cada soldado. En Tucumán, a fines de febrero de 1814, el flamante jefe del Ejército del Norte, José de San Martín, convocó a los oficiales a su casa una tarde y los dispuso alrededor de la mesa del comedor, iluminada por candelabros.

En la cabecera, el comandante. A su izquierda, Belgrano, segundo jefe militar, con Dorrego -tercer jefe- a su lado. Luego seguirían González Balcarce y Fernández de la Cruz. La primera consigna fue lanzada por San Martín con su potente voz de barítono. De inmediato respondió Belgrano, pero el contraste, debido a su voz aflautada, hizo reír a Dorrego. El futuro Libertador lo fulminó con la mirada y el resto de la vuelta prosiguió sin novedades. La nueva orden partió con energía de la garganta de San Martín. Una vez más, el joven hizo una mueca al oír la respuesta de Belgrano, pero esta vez el comandante reaccionó. Tomó el candelabro de la mesa, dio un golpe seco y, sin quitarle la vista de encima, le dijo a Dorrego: "¡Coronel, hemos venido aquí a uniformar las voces de mando, no a reír!".

Al día siguiente, Dorrego marchaba a Santiago del Estero. Una vez más fue alejado de los puestos de mando y de la acción.

Poco tiempo después, Belgrano fue llamado a Buenos Aires para responder por las acciones en el norte. Cuando iba en camino, al pasar por Santiago del Estero, el bromista Dorrego decidió desairarlo, enviando a un loco vestido con uniforme de brigadier. La relación entre Manuel Belgrano y Manuel Dorrego, que en 1812 había comenzado tan auspiciosamente, solo era un difuso recuerdo.

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