Los recuerdos y temores del único pasajero argentino que viajó en el crucero del brote de hantavirus
“Siempre te queda la duda de si podés estar contagiado”, contó a LA NACION el argentino que estuvo a bordo del MV Hondius; los primeros indicios del brote, el temor generalizado y sus días de aislamiento en Ámsterdam
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“Fue un viaje inolvidable por varias razones: porque fue hermoso y también por todo lo que pasó, eso no te lo podés olvidar”, resumió a LA NACION Carlos Ferello, el ingeniero argentino de 74 años que quedó en el centro de una crisis sanitaria internacional tras viajar en el crucero de expedición MV Hondius.
Tras el brote de hantavirus ocurrido dentro de la embarcación, que dejó hasta ahora un saldo de tres muertos, varios infectados y un operativo sanitario a cargo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el argentino pasó varios días en aislamiento dentro del buque. Logró desembarcar ayer en Tenerife, en medio de un amplio operativo de evacuación, y hoy se encuentra en Ámsterdam, donde cumple aislamiento preventivo junto a otros pasajeros.
Su viaje había comenzado el 1 de abril en Ushuaia y estaba previsto que terminara en Cabo Verde el 4 de mayo pasado. Sin embargo, la aparición de casos vinculados al virus Andes —una variante del hantavirus con presencia en la Patagonia— modificó completamente el recorrido y obligó a las autoridades sanitarias internacionales a intervenir en la navegación.

“Siempre me gustó este tipo de turismo; el de ciudad no me interesa demasiado, salvo lugares muy puntuales como Egipto o Roma. Hace dos años ya había hecho con esta empresa las travesías a la Antártida y me encantó. Siempre busco estas experiencias, como navegar o bucear. Este año, como no fui a bucear, decidí sumarme a este crucero: me interesaba muchísimo conocer Tristán de Acuña y Santa Elena”, contó.
El pasajero recordó que entre los pasajeros había personas de distintas partes del mundo y que buena parte de ellas compartía intereses muy específicos vinculados con la observación de aves marinas. “Éramos alrededor de 90 pasajeros, de 23 nacionalidades distintas. El 80% eran ornitólogos o avistadores de aves. Viajaban para sacar fotos y observar aves marinas en Georgias, en las islas y en el mar. Yo no tenía nada que ver con eso. A mí me gusta navegar, estar en el mar y disfrutar de la vida a bordo”, explicó.

La rutina diaria dentro del barco transcurría entre conferencias, desembarcos programados y actividades organizadas por la tripulación. “Nos despertaban temprano, alrededor de las 7.30. A las 8 desayunábamos y después había charlas de todo tipo: astronomía, vida silvestre, vida marina, aves. Trataban de hacer el viaje entretenido. A las 12 almorzábamos y por la tarde podían pasar una película o hacer otra charla. A las 19 se cenaba y antes de dormir siempre había una reunión donde informaban qué iba a pasar al día siguiente, si se iba a desembarcar en alguna isla y cómo sería todo”, recordó.
La expedición recorrió algunos de los puntos más aislados del Atlántico Sur. La primera parada fue en las islas Georgias del Sur. “Visitamos Grytviken, que fue la última estación ballenera. Ahí está también la tumba de Ernest Shackleton, que es un lugar muy importante para quienes siguen la exploración antártica”, relató. Luego navegaron hacia Tristán da Cunha, considerada una de las islas habitadas más remotas del planeta por la distancia que la separa de los grandes centros urbanos. Más tarde llegaron a Santa Elena, donde Napoleón Bonaparte pasó sus últimos años de vida. “Está la casa donde vivió, muy bien conservada, convertida en museo. Es muy linda”, describió.

Hasta entonces el viaje se desarrollaba con normalidad. Pero la situación cambió tras la muerte de un pasajero neerlandés que se encontraba enfermo, el pasado 11 de abril. “Con respecto a la muerte, sí, causó impresión. Sabíamos que estaba enfermo, pero cuando anunciaron que había fallecido, todos quedaron un poco en shock. Yo ni siquiera lo había llegado a conocer”, recordó Ferello.
Durante la travesía murieron tres personas vinculadas al brote. La primera fue el hombre neerlandés, de 70 años. Días más tarde murió en Johannesburgo su esposa, una mujer neerlandesa de 69 años que había acompañado el traslado del cuerpo. El 2 de mayo se produjo la muerte de una pasajera alemana dentro del m/v Hondius.

Ferello explicó que las primeras sospechas concretas sobre la presencia de hantavirus en la embarcación aparecieron cuando la mujer neerlandesa fue derivada a Sudáfrica. “En Johannesburgo había equipos para hacer análisis más profundos y fue donde se detectó el hantavirus. También hubo conexión con Holanda y con distintos organismos internacionales. Participaron todos los países involucrados, el Instituto Pasteur y especialistas que terminaron confirmando el diagnóstico”, contó.
Uno de los episodios que más malestar generó entre los pasajeros estuvo relacionado con un bloguero que difundió videos desde el interior del barco. “Era una persona muy desubicada. La verdad es que no lo quería nadie porque era muy molesto. Cuando hizo ese video indignó a todos porque daba la sensación de que estábamos en un buque fantasma”, dijo Ferello. Según relató, el capitán ordenó que el material fuera retirado, aunque para entonces ya circulaba en redes sociales. “Después aparecía bailando, cantando y riéndose. Lo hizo a propósito”, agregó.

Tras confirmarse el brote, comenzaron a aplicarse protocolos sanitarios más estrictos dentro del crucero. “Nos obligaron a usar barbijo. Separaron las mesas y los que podían comer solos, mejor. Yo estaba solo y siempre traté de desayunar, almorzar y cenar sin compartir mesa”, relató. También se intensificaron las medidas de higiene y el monitoreo sanitario permanente. “Afuera podías estar sin barbijo, pero adentro había que evitar el contacto cercano, abrazarse o darse un beso”, detalló.
Más adelante, durante la navegación hacia el Atlántico Norte, se sumaron especialistas sanitarios enviados por la OMS. “Subieron cuatro infectólogos que nos monitoreaban y hacían preguntas sobre si habíamos estado cerca de las personas infectadas o no. Fueron armando un mapeo completo de cómo estaba la situación”, explicó.

En medio de la incertidumbre, Ferello destacó especialmente la asistencia recibida por parte de las autoridades argentinas. “Fue excelente. Los primeros en contactarme fueron el embajador argentino en Tenerife y la cónsul Geraldine Cohen. Se pusieron completamente a disposición”, afirmó. Según contó, las autoridades argentinas realizaron gestiones con el gobierno neerlandés para que pudiera ser trasladado junto al resto de los pasajeros. “Yo estaba solo y se movieron muchísimo para ayudarme. También mantuvieron contacto permanente con Cancillería y con el Ministerio de Salud. Nunca me imaginé algo así. Un diez”, resumió.
A pesar del escenario sanitario, Ferello aseguró que nunca presentó síntomas. “No tuve ninguno en ningún momento”, sostuvo. Las comunicaciones dentro del barco se realizaban mediante reuniones periódicas en las que se informaban novedades y se daban indicaciones. “Cuando estaban los infectólogos también nos daban charlas. Mi familia estaba preocupada solamente por saber si yo estaba contagiado, porque más allá de eso no podían hacer nada”, contó.

El pasajero explicó además que nunca creyó que fueran a quedar completamente aislados sin destino. “Yo estaba convencido de que en algún momento nos tenían que recibir en algún lugar. Y pensaba que, en última instancia, el país que iba a aceptar al barco era Holanda, porque era la bandera del crucero”, relató.
El aislamiento y el temor
Finalmente, después de que el MV Hondius llegara al puerto de Granadilla, en Tenerife, Ferello fue trasladado a los Países Bajos para cumplir cuarentena preventiva. “Ahora estoy en Ámsterdam. Ya empecé el aislamiento. Me hicieron análisis de sangre y estoy en un hotel restringido. No tengo contacto con el personal, no puedo salir de la habitación y me dejan la comida en la puerta”, describió.
El argentino debe controlarse diariamente mientras espera nuevas definiciones sanitarias. “Tengo que tomarme la temperatura dos veces por día y después informarla. También me preguntan si siento algún síntoma raro”, explicó. Aunque reconoció que existe incertidumbre sobre la posibilidad de estar infectado sin síntomas, aseguró que no siente preocupación extrema. “Siempre te queda la duda de si podés estar contagiado, porque a veces no hay síntomas al principio. Pero yo siempre estuve bastante aislado dentro del barco, comía solo y, si hablaba con alguien, usaba barbijo”, contó.
Ferello también mencionó que uno de los pasajeros estadounidenses asumió tareas médicas. “Era un oncólogo de Estados Unidos y tomó el rol de médico a bordo cuando el médico del crucero se contagió”, señaló.
Mientras continúa la investigación internacional sobre el brote y los pasajeros cumplen distintos períodos de aislamiento en varios países, Ferello todavía no sabe cuándo podrá regresar a la Argentina. “No tengo idea cuándo voy a volver. Lo máximo serían 40 días, pero ojalá sea menos”, dijo.
Aun así, al repasar toda la experiencia, evita reducir el viaje únicamente a la crisis sanitaria. “Gran parte del viaje la disfruté muchísimo. Conocí lugares increíbles y raros. Después todo se complicó, claro. Pero para mí no fue algo traumático”, reflexionó.
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