
Mil y una oportunidades de ser reina
El interior es un verdadero mosaico de tradiciones, que reciben en los pueblos su merecido homenaje
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Si alguna vez pensaron en ser reinas, la Argentina les ofrece miles de posibilidades para concretarlo, aunque sea por un día. Sólo deben decidir su reinado: el maní, la papa, el salame, el chancho asado con pelos...
En todo el país, hay más de 1000 fiestas, entre las nacionales, las provinciales y las de pueblo. En su mayoría, llevan el nombre de un producto típico de la región o el de una tradición que veneran. Algunas son organizadas desde la municipalidad y otras surgen de la voluntad de los vecinos, de un grupo de amigos o hasta de una sola persona.
Es el caso de Pocho Fernández, de 72 años, que en 1995 les propuso a cinco amigos organizar la fiesta de la gallina hervida, en Luyaba, un pueblo cordobés de 2000 habitantes, a 30 kilómetros de Villa Dolores. "Siempre salía con los muchachos a comer gallinas criollas. Hasta que un día les dije: «¿Qué les parece si le ponemos un nombre y armamos un festival?», contó a LA NACION Pocho, a quien los vecinos calificaron de "personaje", aunque la aclaración no hacía falta.
El gran banquete duró ocho años. Los habitantes de Luyaba esperaban ansiosos los primeros días de febrero para deleitarse con las 200 gallinas que Pocho y sus seis ayudantes cocinaban en grandes ollas de hierro. Por 20 pesos, los comensales se alimentaban durante el día entero. "Era canilla libre de gallina. La gente comía hasta el amanecer. Venían de todos lados, y llegaron a ser 500", recordó Pocho.
Es que el aroma de la gallina era tan delicioso, que en más de una oportunidad atrajo a foráneos, que se desplazaban cientos de kilómetros para regocijarse con la comilona. "Nunca vi una celebración como ésa, era imperdible. Es una pena que no se haga más", declaró a LA NACION Miguel Durán, un inquieto cordobés que asistió a todas las ediciones.
Por motivos puramente económicos, Pocho debió abandonar las cocciones gallináceas hace cuatro años. "Si un día me sobrara el dinero, me gustaría volver a empezar. ¿Usted no puede hacer algo?", le preguntó a esta cronista, casi como un ruego, antes de terminar el diálogo telefónico.
Como la idea surgió de una reunión entre amigos, el único componente femenino valorado en esas fiestas fueron las gallinas. Ni una reina.
Pero basta desplazarse unos kilómetros, hasta Hernando, para encontrarse con una. Durante noviembre de 2006, Jimena Orionte se paseó con corona y cetro por aquella ciudad cordobesa de 12.000 habitantes. Nadie la llamaba por su nombre: todos le decían "la reina del maní". "Cuando llego a un lugar representando a mi fiesta, dicen: «Ahí viene el maní». Somos tantas reinas que nos diferencian así", dijo la joven, de 17 años.
Desde 1952, la fiesta del maní homenajea al productor manicero. En el festejo, de tres días, se distribuyen 27.000 bolsitas de maní entre los 8000 invitados. "Repartimos en todas las fiestas a las que vamos. En la de la cerveza, tiramos el maní por el aire", contó la soberana. Y añadió: "El maní me cambió la vida. Me permitió conocer el país. Y cuando los compromisos se superponen, van mis princesas".
Aunque conserva el mismo rango, en San Andrés de Giles, a quien ostenta la corona la llaman "la buena moza del chancho asado con pelos". Claro, un eufemismo que se permiten los parroquianos para evitar el irreparable mote de ser "la reina del chancho con pelos". El que reina es un chancho de 140 kilos, que se cocina durante seis horas hasta que el cuero se despega. Cuando no queda ni un solo pelo, es el turno de los hambrientos. De un chancho así comen hasta 70 personas.
"Es carne magra. Nada que ver con el lechón. Fue un descubrimiento la manera de cocinarlo", añoró uno de los fundadores, Jorge Alló.
Sucede que la costumbre, que nació de un grupo de amigos que cabalgaban hasta los pueblos rurales para cocinar el chancho, no se realizó en enero del año último y no se sabe qué pasará en el futuro. El anhelo de los 20.000 gilenses es que el "chanchipan" vuelva a satisfacer sus apetitos como antes, cuando se deleitaban durante cuatro días.
La estrella, el salame
De mayor exclusividad, la fiesta del salame de Colonia Caroya, Córdoba, se celebra a fines de septiembre con un almuerzo para 1500 personas que con antelación debieron adquirir sus entradas. "La estrella de la fiesta es el salame. Antes era algo más sencillo. Ahora el festejo se jerarquizó", dijo a LA NACION Amilcar Náñez, uno de los organizadores y productor local de embutidos.
Pero no a todos los salames se les permite salir de fiesta: deben ser tipo bastón, de buena calidad, medir entre 35 y 40 centímetros, y tener entre 30 y 45 días de estacionamiento. Cada año se elaboran, especialmente para la fiesta, unos 1000 salames.
El año pasado, aquella ciudad de 22.000 habitantes festejó los 30 años de esta tradición, y Amílcar confiesa que aún sigue pensando en integrar a la reina del salame como parte de la gran fiesta caroyense.
Hay un festejo más acotado, y menos comestible, en Villa Mercedes, San Luis, donde desde hace 20 años se realiza la fiesta de la calle angosta. Sí, la de la cueca. Durante cuatro días, se presentan grupos folklóricos para cantarle a esta calle, de 800 metros, que tiene una vereda sola y que es tan, pero tan angosta, que sólo pasan dos autos, según cuenta el subsecretario de Comunicación del municipio, Hugo Murgo. La cronista advierte que hay arterias en las que casi no entra ni un solo auto, pero Murgo responde, como si fuera una obviedad: "Esos son pasajes. ¡Esta es una calle!".
Y la lista sigue. La reina de la papa, en Villa Dolores (Córdoba); la reina del surubí, en Goya (Corrientes); la fiesta nacional del ladrillo, en Villa del Prado (Córdoba); la reina del salmón, en Camarones (Chubut); la reina del potrillo, en Coronel Vidal (Buenos Aires); la reina de la frutilla, en Coronda (Santa Fe), y la fiesta de la torta de trigo, en Junín. Por suerte, la Argentina ofrece mucho calor humano, muchas ocasiones para festejar y, también, variopintos reinos para gobernar.





