
Pensiones: la otra cara de la pobreza porteña
La mayoría reside en hoteles no habilitados; es gente de clase media que perdió su techo; un fenómeno en crecimiento
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Cuando empieza a caer la tarde, Margarita Helena sale a la puerta de la pensión para respirar aire menos viciado.
Tiene 45 años, marido y siete hijos. La mayor es adolescente y el menor, que tiene poco más de un año, no se suelta de su pollera. Viven los nueve en la misma habitación de un hotel familiar, en Constitución. Para dormir, se reparten entre una cama marinera y algunos colchones que tiran en el suelo, alrededor de la cama matrimonial.
"Nos cobran cuatro pesos por noche. Son 120 al mes, no podemos pagar más porque también tenemos que comer todos los días", explica la mujer en la esquina de Brasil y Sáenz Peña, a pocos metros de la pensión. Ese es el punto de encuentro de un grupo de gente que vive una situación similar a la suya. No son pocos.
"En la ciudad de Buenos Aires hay 90.000 personas que viven en hoteles y pensiones, en condiciones infrahumanas", asegura Jorge Srur, presidente de la Comisión de Vivienda de la Legislatura porteña.
La cifra puede ser aún más preocupante: en las pensiones habilitadas por el Gobierno de la Ciudad hay lugar para alojar sólo a 24.574 personas, es decir, el 27 por ciento del total. El 73 por ciento restante vive, entonces, en hoteles que no están en regla.
Duermen entre cinco y seis personas juntas en habitaciones que, la mayoría de las veces, no miden más de 16 metros cuadrados y que casi nunca tienen baño privado.
El hacinamiento, la promiscuidad y las condiciones insalubres de vida son sólo algunas de las consecuencias previsibles que se derivan de este problema habitacional.
La clase media deja el paraíso
"Son parte de un fenómeno que crece lentamente en Buenos Aires. La clase media se empobrece y la pobreza se hace miseria", dice Srur.
A diferencia de épocas anteriores, quienes viven en las pensiones no son inmigrantes que vinieron a hacerse la América . Tampoco es gente del interior que viaja a la Capital a buscar trabajo.
"Por el contrario, en su mayoría son porteños de clase media que han perdido el techo", asegura el diputado por Nueva Dirigencia.
Constitución, Balvanera, Retiro, Once y Monserrat son algunos de los barrios donde se concentra la mayor cantidad de hoteles.
En la Boca y en San Telmo -claro está- se suman los conventillos, donde las condiciones de habitabilidad pueden ser aún peores.
"En todas esas zonas está lleno de casas que tienen ocho o diez habitaciones y a las que alquilan sin permiso municipal. Cobran entre cuatro y seis pesos por noche porque no pagan impuestos", asegura Raúl Santagada, jefe de hotelería del Gobierno de la Ciudad.
"Esas pensiones no tienen baños privados, alojan a más de cuatro personas por pieza, en condiciones de hacinamiento. Es decir que no reúnen los requisitos para ser calificadas ni en la última categoría de hoteles familiares, que son prácticamente conventillos", confiesa.
Sin soluciones
"Si el gobierno se pusiera firme, debería cerrar dos de cada tres hoteles. Pero ¿qué hace con la gente que vive allí? ¿La deja en la calle? No es una solución, sin políticas que resuelvan los problemas de vivienda que tienen los porteños", asegura Srur.
De acuerdo con las cifras de la Comisión de Vivienda, en Buenos Aires hay 400.000 habitantes que tienen problemas habitacionales serios. Esto es entre población que reside en villas, en casas tomadas y en inquilinatos.
Tomasa Romero vive en uno de los cuartos de una pensión en el barrio de Boedo, con su esposo y sus hijos. "En total, somos cuatro", dice. "Cuatro no, mamá. Somos seis", le recuerda su hija Silvia. "Es verdad, ahora somos seis", reconoce la mujer mientras alza a Hugo y Tití, sus dos gatos siameses, y se echa a reír.
Las paredes de la habitación que comparten lucen un rosa descolorido. Hace cuatro años que viven allí. "Después de que nos desalojaron de la casa que teníamos, nos vinimos para acá. Al principio era algo transitorio. Pero, después, mi marido se enfermó de cáncer y, tras varias operaciones, quedó imposibilitado de un brazo.
"No queremos vivir así, queremos irnos. Porque con los 300 pesos que pagamos por esta pieza podríamos alquilar un departamento de un ambiente y no tener que compartir la cocina y el baño con todo el mundo. Pero, para eso, necesitás hacer un depósito y una garantía y otras cosas que no tenemos. Así que, por ahora, nos tenemos que quedar como estamos y aguantárnosla", cuenta la mujer.
En el mismo hotel, un piso más arriba, vive Patricia Montero. Para llegar hasta allí hay que subir por una vieja escalera de mármol, que tiene los escalones desgastados. Su pieza está justo arriba de la cocina. El olor a comida es constante.
Tiene 34 años, es viuda y cría a tres hijos: Walter, de 6, Cynthia, de 8, y Matías, que tiene 11 y es discapacitado. Los tres van al colegio doble turno y no les gusta dejar sin terminar los deberes.
"Antes vivíamos en un departamento que alquilaba en Palermo, pero yo empecé a tener menos trabajo y no podía pagarlo. Entonces nos vinimos a esta pensión, pero tampoco llegaba a cubrir los 300 pesos que me cobraban por la habitación. Así que nos mudamos a esta piecita y nos cobran 100 pesos", relata. Se refiere a una construcción precaria que se levanta en la terraza de la pensión.
"Es muy fría, y al mayor, que es asmático, le hace mal. Para bañar a los chicos es un drama, porque los baños siempre están ocupados y, a veces, no los dejan muy limpios. Es difícil, nosotros estábamos acostumbrados a otra cosa, pero bueno... por lo menos tenemos un lugar donde vivir", dice Patricia.
Según explican en la Comisión de Vivienda, la pérdida del empleo está directamente relacionada con la pérdida del techo. "Es gente que vive saltando de una pensión a otra. Pagan mientras pueden y, después, tratan de resistir el desalojo. Si no, van a parar a la calle, o a parroquias, o a casas tomadas. Hasta que vuelven a encontrar otra pensión, generalmente más barata", relata Srur.
Una casa de familia
Las paredes de la habitación están empapeladas con pósters y banderines de Chacarita. Hay ositos de peluche, sartenes, una colección de latas de gaseosa vacías y varios trofeos. También una ventana que da a la calle Virrey Liniers, en Balvanera.
En esa pensión vive María Esther Ortiz, una viuda de 58 años con sus hijos Gabriel, de 30, y Martín, de 21.
Entre las tres camas, un armario, una mesa y algunas sillas, la televisión es la reina indiscutida del ambiente. En la pieza, de cuatro por cuatro, no quedan espacios vacíos.
Viven allí desde hace un año. "Antes, estábamos en la casa de mi hijo en Belgrano, pero después nos mudamos porque necesitábamos más lugar para nosotros. Antes de que muriera mi marido teníamos nuestra propia casa, un negocio de fotografía y aunque hubo épocas difíciles nunca pasamos necesidad", cuenta.
Pero, después, los tiempos cambiaron y las cosas no les salieron muy bien. Su marido murió, ella perdió su empleo y su hijo mayor, después de que lo asaltaron dos veces en lo que va del año, decidió no trabajar más como taxista. "Ahora tenemos 600 pesos de deuda en la pensión. Yo baldeo el patio o limpio las otras habitaciones para que no nos echen. Por suerte, el dueño nos espera, porque en otro lugar te atrasás con el pago y te ponen de patitas en la calle -cuenta-; esto no es como una pensión, sino como una casa de familia."
Según explicaron en el gobierno porteño, muchos hoteles se hacen llamar albergues estudiantiles o casas de familia para justificar la ausencia de habilitación.
La legislación que regula el sector establece que una familia puede abrir las puertas de su hogar y recibir una retribución económica a cambio, sin permiso municipal. Eso sí, las habitaciones en alquiler no pueden ser más que cuatro.
Los costos de alquiler en los hoteles habilitados son mayores, ya que pagan impuestos comerciales. En cambio, los que trabajan sin habilitación, pagan como particulares. De ahí que puedan cobrar tarifas de cuatro pesos por noche cuando, en una pensión habilitada, se paga entre 250 y 350 pesos por mes. "Hoy ya nadie puede pagar eso", reconoce Santagada.
Las pensiones sin habilitación se convierten en un techo para quien perdió su vivienda, pero muchas veces, también en una guarida para los delincuentes.
Esto preocupa a los vecinos de Constitución. "Esta gente es bastante peligrosa. Hay de todo. A la noche se juntan a tomar cerveza o vino y se quedan hasta tarde. A mí me da miedo pasar por enfrente, porque te arrebatan la cartera. O se pelean entre ellos", cuenta Kela, una mujer con más de 20 años en la zona.
"Por ahí hacen mucho ruido, pero no todos son gente mala. Hay de todo, también gente como uno, pero que, por la situación que vive el país, no le quedó otra. Ojalá que nunca me tenga que mudar a una lugar así", dice Nélida, que tiene su casa junto a una pensión.
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