Perderle el miedo al miedo

Fabiana Fondevila
Fabiana Fondevila PARA LA NACION
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27 de junio de 2018  • 00:02

La escena es del filme de culto adolescente Donnie Darko (2001). Una docente les enseña a sus alumnos una línea de tiempo dividida que se extiende entre dos opuestos: el miedo y el amor. El miedo, explica, está en el espectro de energía negativa, y el amor en el de energía positiva. Luego les reparte a los alumnos tarjetas con diversas acciones (copiarse en un examen, encontrar una billetera y quedarse con el dinero) y les pide que las ubiquen en algún lugar de la línea. Cuando le toca el turno al personaje principal, el lúcido y atribulado joven se rehúsa a cumplir con la consigna. "La vida es más compleja que eso", argumenta, con comprensible fastidio.

Lo que la docente intenta transmitir a sus alumnos es un concepto tan difundido en ámbitos psicológicos y espirituales que se ha vuelto incuestionable: la idea de que el miedo y el amor son las únicas dos emociones primarias, y que la vida es una suerte de batalla entre una y otra. "El miedo es lo opuesto al amor", repiten innumerables libros, artículos y citas. Por extensión, se entiende que ambos no pueden coexistir, y que para abrazar al amor debemos trascender el miedo. En la comprensión errónea de este último verbo reside, a mi entender, la confusión.

Empecemos por una pregunta básica: ¿qué es el miedo? El miedo es una señal que se expresa en el cuerpo ante la presencia de un peligro. En ese sentido, es un impulso vital, gracias al cual sorteamos un montón de situaciones cotidianas, sin siquiera saber que el miedo es lo que está operando. Cada vez que esquivamos autos al cruzar la calle, manejamos con cuidado en una tormenta, o tomamos un sinfín de acciones para evitar escenarios riesgosos o catastróficos, está operando el miedo. Compartimos este impulso vital con el resto de los animales, y hasta con los organismos unicelulares, que se contraen en la presencia de posibles amenazas.

Por supuesto, en el ser humano este impulso reviste mayor complejidad: gracias a nuestro sofisticado psiquismo, no solo podemos percibir amenazas en nuestro entorno inmediato, sino que podemos recordar amenazas pasadas, anticiparnos a amenazas futuras, fabricar amenazas que no existen, y hasta desestimar las que tenemos delante de nuestras narices.

Gavin de Becker, experto en seguridad y autor de "El regalo del miedo. Señales de supervivencia que nos protegen de la violencia", tiene como parte de sus funciones acudir a las escenas donde se cometieron crímenes, a dialogar con los sobrevivientes. Cuenta en su libro que quienes sobrevivieron a un ataque casi siempre pueden recordar a posteriori alguna señal intuitiva de peligro que desestimaron. En otras palabras, sus cuerpos tomaron nota de algo inquietante y sus mentes lo negaron. "Solo los seres humanos pueden mirar directamente a algo, quizás tener toda la información que necesitan para hacer una predicción precisa, y luego decir que no es así".

¿Cuál es el regalo del miedo, cuando este opera orgánicamente? Proveernos de foco, intuición, claridad y capacidad de reacción. En momentos en que la amenaza es inmediata o inminente, dice de Becker, no nos sirve el razonamiento ni todo nuestro arsenal de conocimientos previos, ya que este es general, mientras que la amenaza es siempre puntual y específica. El cuerpo, en cambio, actúa por nosotros en milésimas de segundo, valiéndose de una inteligencia instintiva de billones de años de antigüedad. Esto corroboran los muchos casos que relata el especialista de personas que lograron salir vivas de situaciones de violencia, escuchando señales que en otras circunstancias desoiríamos. Por ejemplo, el caso de la chica que, tras ser violada en su departamento, logra escapar de una muerte segura siguiendo una intuición: cuando el violador le dice que iría a la cocina a tomar agua y partiría, y que no se moviera del cuarto, ella percibe en el cuerpo que esa no era su verdadera intención, y en lugar de quedarse hecha un ovillo, esperando su partida, se envuelve en una sábana y lo sigue por el pasillo a milímetros de distancia, como un fantasma, hasta la puerta de entrada, y logra escapar. En efecto, el hombre iba a la cocina a buscar un cuchillo para acabar con su vida, como había hecho con sus víctimas anteriores. Ella le dijo a de Becker, después: "No pensé nada, mis piernas me levantaron y lo siguieron, sin que yo participara".

Los sucedáneos del miedo

Ahora bien, las amenazas que nos generan miedo en nuestra vida cotidiana no suelen tener esa magnitud ni esa inmediatez. Nos asustan las cuentas a pagar a fin de mes, las conversaciones difíciles que sabemos que debemos tener, la idea de que alguien desapruebe de algo que hacemos, decimos o pensamos, la posibilidad de sufrir alguna calamidad. Nuestros miedos son mayormente psicológicos, y no siempre son de vida o muerte, aunque así los sintamos.

¿Qué forma toman estos miedos? Las dos más habituales son: la ansiedad (una forma difusa del miedo, de menor intensidad y mayor duración; muchas veces con causa incierta), y la preocupación (una forma del miedo mental y rumiante). Y si bien la amenaza en estos casos no es inmediata, sí lo es la reacción que despiertan estos estados en el cuerpo: el corazón que late desbocado, los torrentes de adrenalina y cortisol que cursan por nuestras venas, preparándonos para luchar o huir. Está claro que no son estas las respuestas que estas situaciones requieren, y que vivir presos de la ansiedad y la preocupación puede enfermarnos, o al menos ir en desmedro de nuestra calidad de vida. ¿Qué hacer, entonces? Aquí, una propuesta:

  • 1.Ponerle nombre al miedo que hay detrás de la ansiedad o la preocupación. Nombrarlo ya genera un grado de separación, y nos recuerda que no somos lo que estamos sintiendo, sino apenas aquel o aquella que percibe esos pensamientos, emociones o sensaciones en el cuerpo.
  • 2.Escribir o hablar acerca de nuestra preocupación con alguien de confianza, y preguntarnos qué medidas concretas podemos tomar para resguardarnos de que suceda el escenario temido, o prepararnos (haciéndonos de recursos) para estar mejor parados para enfrentarlo.
  • 3.Procurar distinguir la amenaza real de la imaginaria. La amenaza real es siempre algo que está ocurriendo en nuestro entorno o situación puntual, y que pueden percibir otros al igual que nosotros. La amenaza imaginaria se emparenta más con un recuerdo personal, o con algo proyectado en el futuro, sin mucho asidero en los hechos concretos.
  • 4.Si la emoción persiste, es hora de echar mano al amor. El amor es una emoción, pero también un estado del ser que está más allá de las contingencias: es la esencia que subyace. Podemos buscarlo en el abrazo de un amigo, pero también encontrarlo en nuestros propios corazones. Hay infinitas meditaciones que ayudan a hacer espacio para aquello que nos pesa, nos duele o nos atemoriza, sin necesidad de proscribirlo. Muy por el contrario, la invitación es a respirar, aflojar la panza, ponernos las manos en el corazón y hacer lugar para la emoción que quiera presentarse, abrazándola sin juzgarla, como se abraza a un niño herido o asustado.

Aquí, entonces, la distinción con la antinomia que mencionábamos al comienzo. Trascender no es negar ni moverse hacia al polo opuesto, sino vivenciar, aceptar y solo como consecuencia, saltar una octava y habitar un continente mayor. Pasar a segundo grado no es desaprender lo que aprendimos en primero ni denostarlo, sino incluirlo, agradecerlo, y superarlo. En otras palabras, no vamos por otra cosa, vamos por más.

Nunca "superaremos" el miedo. Mientras tengamos cuerpo, emociones y sensaciones –mientras estemos vivos- habrá motivos para el miedo. Tendremos miedo ante situaciones de peligro, al encarar algo nuevo, al decir el primer "te amo", al compartir algo que nos expone, al enfrentar una enfermedad propia o de un ser querido. Tendremos miedo, porque la vida incluye la oscuridad, la separación, el dolor y la muerte. Pero, por fortuna, también incluye al amor, que puede tomar el miedo en sus brazos, aceptarlo tal y cual se presenta, y decirle que, con susto y todo, la vida es un riesgo que bien vale la pena.

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