Postales de la pandemia: en un supermercado toman la fiebre antes de entrar

En Monroe al 5400, toman la fiebre a los clientes
En Monroe al 5400, toman la fiebre a los clientes Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Sorpresas, cambio de hábitos y un ritmo diferente invaden el barrio porteño de Villa Urquiza
Ángeles Castro
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18 de marzo de 2020  

"Me acaban de tomar la temperatura en el supermercado chino, con ese termómetro en forma de pistola que se está usando". Así, Ricardo Ciminieri le contaba sorprendido a su hija el episodio que había protagonizado minutos antes, al salir de compras, en una breve interrupción del aislamiento preventivo que realiza desde hace una semana por ser mayor de 65 años.

Ciminieri vive en Villa Urquiza, a metros del establecimiento Super Todo que funciona en Monroe al 5400, donde los responsables empezaron a controlar si los clientes que llegan tienen o no fiebre. Con educación, una de las empleadas les explicaba ayer que necesitaba hacerlo antes de permitirles ingresar.

"No tengo fiebre. Ya estoy entrando de vuelta a casa", le avisó el hombre a su hija y, mientras cortaba la llamada telefónica, saludaba a Mago, el perro que rescató su nieta de la calle y Ciminieri cuida durante su cuarentena hasta encontrarle un hogar.

No es el único que tiene su rutina alterada en el barrio a raíz de la pandemia y las recomendaciones para evitar contagios. Varios comercios de distintos rubros ya piden al público que hagan fila en la vereda, como la granja Marcos Paz, situada en la Avenida Olazábal al 5200. Cada cliente era ayer autorizado a ingresar solo cuando otro abandonaba el local.

A pocas cuadras de allí, en la veterinaria San Roque, de Olazábal y Altolaguirre, la médica Gabriela Fernández saludaba a "los familiares" de sus pacientes con el codo. "Mejor prevenir", se reía.

El nuevo coronavirus se trasmite a través de las gotitas de saliva que se dispersan cuando una persona infectada tose o estornuda. El riesgo de contraer la infección, como así también de diseminarla, disminuye con hábitos como lavarse las manos con agua y jabón regularmente y usar alcohol en gel; evitar tocarse la cara, saludarse con besos y darse la mano; mantener distancia social (hasta dos metros) y limpiar objetos como celulares, teclados y otros de uso personal con un desinfectante.

La limpieza era el tema de conversación en el chat de vecinos de un edificio de ocho pisos situado frente a la veterinaria. Varias copropietarias le reclamaban a la administradora del consorcio la provisión de lavandina y alcohol para que el encargado reemplazara los productos de higiene habituales por los aconsejados para combatir el virus que ya jaqueó a China y Europa, y amenaza ahora a la Argentina, donde la ciudad de Buenos Aires y Chaco son los distritos con mayor cantidad de casos positivos.

En general, ayer al mediodía, todo Villa Urquiza vivía al ritmo de las medidas y los nuevos hábitos generados por la pandemia. Los locales gastronómicos registraban una merma del caudal de comensales, incluidos los más emblemáticos sobre las avenidas Triunvirato y Monroe. Y en los accesos a las escuelas, suspensión de clases mediante, no se arremolinaban alumnos y padres pese a ser el habitual horario de salida.

"Yo no quiero ir. Me da miedo. Nos dicen que no socialicemos, insisten con eso, ¿y vamos a ir a socializar? No me parece. No cuesta nada dejar todo para dentro de 15 días", protestaba una mujer de unos 60 años que caminaba por la calle Andonaegui junto a su marido, que la escuchaba y escribía en el celular, como transmitiendo la opinión de ella a los demás que planificaban reunirse.

Al tanto de la exhortación de que la población destine las licencias a quedarse en casa, en un local de Pago Fácil que abrió hace pocos días sobre la calle Bucarelli cuestionaban: "Es increíble. En este país todos quieren pasarla bien. Les dan licencia y ya se preparan para viajar a la costa. Está muy bien que cierren todo allá".

Escenas cotidianas de un barrio que, como todos, ya se reacomoda a la nueva dinámica social que imprime el coronavirus.

Menos casamientos

En la ciudad, de 20 matrimonios que se celebran en promedio por día, se están suspendiendo cinco, informó el Ministerio de Gobierno porteño. Los viernes, las cancelaciones ascienden a 10. Muchas parejas deciden posponer porque el salón donde iban a festejar cerró por medidas de seguridad.

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