“Se nos pasó el fuego”: El crudo relato de una familia que no logró salvar a su ganado en Villa Lago Rivadavia
En medio de la devastación, Milton Solís contó cómo luchan contra el incendio forestal desde hace semanas
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ESQUEL.- El humo todavía flota sobre el valle, como un efecto sepia, y el olor a ceniza persiste en el aire. En Villa Lago Rivadavia, una de las zonas más castigadas por los incendios forestales que desde hace semanas avanzan sobre la cordillera de Chubut, el fuego arrasó bosques y campos, además de quemar años de trabajo, proyectos familiares y una forma de vida ligada a la tierra.
Entre los afectados está Milton Solís, productor ganadero, quien vio cómo las llamas alcanzaron su campo y mataron a la mayor parte de su rodeo. “Este es mi mundo; acá le enseñaba a mi hijo lo mismo que me enseñaron a mí. Y hoy quedó en la nada”, resume, con bronca e impotencia, en diálogo con LA NACION.
Milton y su familia tenían un emprendimiento ganadero familiar que venían construyendo desde abajo. “Hace cinco años que empezamos. Cada uno pudo comprar una vaca, dos vacas, con lo que se pudo. Así empezamos y hoy teníamos unas 60”, relata. No hubo subsidios ni ayuda estatal previa. “Siempre fue todo a pulmón. Nunca pedimos nada, siempre nosotros, la familia”, remarca.

El avance del incendio los tomó por sorpresa. Desde la Portada Norte les avisaron que el fuego venía rápido hacia la zona de Villa Lago Rivadavia. “Ahí nos autoconvocamos. Fuimos con amigos, vecinos y la cuadrilla de Cholila. Lo primero que hicimos fue hacer fajas para tratar de frenarlo”, cuenta. Durante horas trabajaron para contener el frente, y en un primer momento lograron evitar que avanzara por un sector del campo.
“Teníamos el fuego encima”
Pero el incendio no dio tregua, fue más rápido de lo que esperaban. “El problema fue que el foco saltó por arriba. Volvimos a trabajar, lo pudimos contener de nuevo, pero después de tres días ya no se podía hacer nada. Teníamos el fuego encima”, recuerda. En ese momento, la situación se volvió desesperante.
La familia no alcanzó a bajar todos los animales. “Estábamos seguros de que el fuego no iba a llegar hasta aquí. “Siempre trabajamos desde abajo, con la idea de que podíamos detenerlo”, explica. Esa seguridad se desvaneció en cuestión de horas. Las llamas se propagaron por el viento, la sequía extrema y las temperaturas elevadas.

El desenlace fue más que desastroso. De las 60 vacas que poseían, solamente unas pocas consiguieron sobrevivir. “De 60 se hallaron 10”, corroboró Franco Peláez, un comunicador y músico de Esquel que trabaja con Defensa Civil y la comunidad autoconvocada mediante el empleo de drones. “El terreno quedó calcinado, sin pasto ni cercas”, explicó.
Peláez juega un papel fundamental en la operación informal que se desarrolla entre los voluntarios y los vecinos. Con un dron, desde el aire, ayuda a monitorear el progreso del fuego, identificar focos activos y brindar asistencia a las familias que todavía intentan rescatar animales o evaluar los daños. “Vamos siguiendo la huella del fuego”, aclara. Las imágenes aéreas, en medio del caos, se volvieron una herramienta fundamental para comprender lo que sucedía en áreas a las que ya no era posible acceder por vía terrestre.
Además de supervisar, ayuda en la etapa que sigue al incendio. “Nos dedicamos a ayudar a las personas con lo relacionado con los animales, a determinar hacia dónde se dirige el fuego y ver si hay algún foco que esté activo”, relata. El dron hizo posible encontrar ganado esparcido y estimar pérdidas que, a simple vista, parecen inasumibles en áreas totalmente devastadas.

Las implicancias económicas son enormes. “El alambre y la alimentación para el ganado son, hoy por hoy, el principal inconveniente del poblador postincendio”, aclara Peláez. “El metro de alambre tiene un precio elevado. Sin ayuda, rehacer un campo de esa manera es imposible”. A eso se añade la escasez de forraje, ya que el fuego devoró los corrales, pastizales y bebederos, dejando sin comida a los animales.
Según Milton, la pérdida trasciende lo que es meramente material. “Me siento muy impotente. Me enoja. Trabajamos para que el fuego no se propagara, pero igual se nos pasó. Realizamos todo lo que estaba a nuestro alcance, pero nos superó”, afirma. Sin embargo, sobresale la solidaridad que se recibió: “Estoy agradecido con la gente que nos asistió, con los vecinos”.
El siniestro que afectó a Villa Lago Rivadavia es uno de los peores episodios ígneos registrados en la Patagonia en años. Desde inicios de diciembre, varias áreas activas se acercaron a la cordillera de Chubut e impactaron regiones próximas a Puerto Patriada, Epuyén, El Hoyo, zonas rurales de difícil acceso y el Parque Nacional Los Alerces. Las condiciones para que el fuego se propagara fueron perfectas, ya que existían altas temperaturas, sequías y vientos fuertes.
Desde hace varias semanas, los brigadistas, los bomberos voluntarios y los vecinos autoconvocados estuvieron trabajando con recursos escasos. En numerosas ocasiones, las ráfagas de viento y la escasa visibilidad impidieron que los medios aéreos funcionaran, lo cual requirió una dependencia casi total del trabajo en tierra y de la organización comunitaria.
Casos como el de Milton son comunes. Familias que perdieron animales, cercas, galpones, viviendas y años de trabajo. “Lo único que queda es empezar de nuevo, como siempre”, dice con resignación. No obstante, la reconstrucción no será fácil. “Arrancar de cero hoy es mucho más difícil que antes. No hay nada”, agrega.
En la región aún hay troncos que siguen ardiendo como brasas y focos activos. Los voluntarios y los vecinos continúan organizándose para enfriar esos puntos calientes y prevenir la reaparición de brotes entre las altas temperaturas. El paisaje, que antes era verde y lleno de vida, ahora está cubierto de cenizas, con árboles grises y animales muertos esparcidos por el campo.











