Severino Di Giovanni: el anarquista que conoció al amor de su vida por un atentado

Severino Di GIovanni fue fusilado en 1931, acusado de múltiples atentados anarquistas
Severino Di GIovanni fue fusilado en 1931, acusado de múltiples atentados anarquistas
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27 de octubre de 2020  • 14:11

En este episodio de Crónicas del crimen, Sol Amaya repasa la historia de Severino Di Giovanni, fusilado el 1ro de febrero de 1931 por promover (y poner en práctica) las ideas anarquistas que había traído de su Italia natal a la Argentina en 1922, y que le transmitió a su pareja, Fina Scarfó, a lo largo de una serie de cartas que ella recién recuperó en 1999.

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La historia de Severino Di Giovanni

"El suboficial quiere vendar al condenado. Este grita: "Venda, no". Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso". Así describió Roberto Arlt el momento en que aquel hombre enfrentó al pelotón de fusilamiento, sin saber que se convertiría en un mito.

Corría el año 1931. Se escucha a quien comanda el fusilamiento gritar: "¡Preparen! ¡Apunten!...", y antes del final, y con la vista fija en sus verdugos, el condenado grita "¡Evviva l'anarchia!", ¡Viva la anarquía!. Los proyectiles de la salva de fusiles Mauser lo alcanzan, lo doblegan. Ese tórrido 1° de febrero, mientras del otro lado del mundo nacía Boris Yeltsin, las balas de las tropas del gobierno de facto de Uriburu segaron la vida de Severino Di Giovanni en la vieja Penitenciaría de la avenida Las Heras. Allí, donde hoy hay verde y escuelas, entonces había muerte.

A los 29 años, este inmigrante italiano se convirtió en un ícono del anarquismo argentino. Un acratismo que, con mucho menos visibilidad y con otros métodos, aún anida en los centros urbanos y, en ocasiones muestra su rostro violento, como en el doble ataque explosivo de 2018 en el cementerio de la Recoleta y en la casa del juez federal Claudio Bonadio.

Nacido el 17 de marzo de 1901 en Chieti, Di Giovanni fue un aficionado a la doctrina anarquista desde muy joven, lo que lo convirtió en un perseguido por los Camisas Negras de Benito Mussolini. Por eso escapó de Italia y llegó a la Argentina en 1922 junto con su esposa, Teresa Masciulli, con quien tuvo dos hijos. Se instaló en Morón y consiguió trabajo como tipógrafo en una imprenta.

A poco de su arribo comenzó a estar en el foco de la policía por su activismo y por hechos que le fueron atribuidos. Una de sus primeras acciones públicas, que pusieron su nombre en la prensa escrita, ocurrió el 6 de junio de 1925. Irrumpió en el Teatro Colón en medio de un discurso del embajador italiano, en un acto en el que también se encontraba el presidente de la Nación, Marcelo T. de Alvear. Lanzó volantes con proclamas anarquistas y resistió a puño limpio su detención, mientras insultaba al diplomático fascista.

El rechazo que este hecho provocó en la sociedad porteña de la época no lo amedrentó. Convertido en periodista, comenzó a editar Culmine, un diario anarquista. Desde esas páginas se inició en su militancia contra la pena de muerte impuesta en los Estados Unidos a sus compatriotas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.

Fue por más. En mayo de 1926, cerca de la medianoche, una bomba estalló en la puerta de la embajada norteamericana, ubicada entonces en la esquina de Arroyo y Carlos Pellegrini. No hubo víctimas mortales, pero Di Giovanni quedó vinculado al hecho y, ya bajo el escrutinio policial permanente, se vio obligado a cambiar de domicilio periódicamente.

En ese raid conoció a la familia Scarfó, a la que le alquiló una habitación. Este encuentro sería determinante en la vida del anarquista: los hermanos Paulino y Alejandro se convirtieron en sus fieles amigos y discípulos. Y América, la más chica de los Scarfó, apodada Fina, se convirtió en su amor eterno.

En 1928, en una carta Severino le dedicaba a Finas estas palabras:

"...Perdernos entre el verdor, lejos, lejos... caminar del brazo en esta aurora hacia un horizonte intangible e inalcanzable, siempre unidos, siempre fuertemente ligados como dos hiedras sorbiéndonos la propia existencia una a la otra, y cantar la rapsodia heroica de la vida difícil".

En medio de su lucha contra el sistema, el anarquista se hacía tiempo para encontrarse con la joven, con quien compartía largas charlas sobre ideología, literatura y poesía. Varias décadas después, en julio de 1999, Fina recuperaría, a sus 86 años, aquellas encendidas cartas. Habían sido secuestradas por la policía en 1931 y permanecieron en el museo de la Policía Federal todos esos años.

Hace casi veinte años LA NACION pudo hablar con ella.

-Se le preguntó: ¿Cómo recuerda a Severino?

Y ella respondió: Lo tengo en mi corazón. No era un bandolero, como se dijo: era antifascista. Vivía por sus ideales. Siento que con él y con mi hermano Paulino la humanidad perdió a dos héroes.

Di Giovanni era, más allá de sus actos, un intelectual. Como periodista publicó notas en el periódico L'Avvenire, de la colectividad anarquista italiana. Y estuvo a cargo de la librería Culmine.

A pesar de las mudanzas permanentes en las que se había embarcado en 1927 para huir de la ley, halló la manera de publicar desde la clandestinidad, y con seudónimos, en periódicos anarquistas de Francia y los Estados Unidos.

Pero su situación era cada día más complicada. Lo buscaba la policía, señalado por el gobierno italiano como un hombre peligroso, y estaba enfrentado con excompañeros de lucha por las internas entre los grupos anarquistas, sobre todo con quienes abogaban por medidas pacíficas. Ante cada crimen vinculado con el anarquismo, la foto de Severino aparecía en todos los diarios.

Algunos de los crímenes que se le adjudicaron, además del atentado a la embajada norteamericana, fueron el ataque al monumento a Washington; la bomba en la casa del jefe de investigaciones de la policía, Eduardo Santiago, y los atentados del 24 de diciembre de 1927 en el City Bank y el Banco de Boston.

Los primeros atentados no tuvieron víctimas, pero la violencia fue en escalada y comenzó a cobrarse vidas. En mayo de 1928, una bomba en la embajada de Italia provocó la muerte de nueve personas y dejó heridas a 34.

El 22 de octubre de 1929 hubo un atentado contra el comisario rosarino Juan Velar, al que los anarquistas acusaban de torturar a detenidos. Lo esperaron en una esquina y le dispararon con un trabuco en la cara. Quedó desfigurado y murió días después.

También se le adjudicaron varios robos, como el asalto al Banco Avellaneda, el 27 de mayo de 1930; el golpe a la compañía de ómnibus La Central, de donde se robaron 17.500 pesos, y el atraco a la comisión pagadora de Obras Sanitarias, en el que se llevaron 283.000 pesos, murieron dos personas y hubo dos heridos.

Hacía solo un mes del golpe que derrocó a Hipólito Yrigoyen, y el Ejército estaba en la calle, por lo que nadie esperaba semejante osadía. El hecho ocurrió frente al Tiro Federal, donde practicaban soldados del Regimiento 1 de Infantería e infantes del Regimiento 2 efectuaban ejercicios con buena parte de la Policía Montada. La reacción de unos 200 integrantes de la fuerza de seguridad fue inmediata, pero los asaltantes escaparon.

Aunque resistía, la llegada del primer gobierno de facto del siglo XX cambió muchos planes anarquistas. Varios diarios ácratas fueron cerrados y muchos de sus periodistas eligieron el exilio en Uruguay. Severino no. Dobló la apuesta: por primera vez imprimió el diario en castellano y no en italiano, para que todos entendieran...

El 29 de enero de 1931, a las 19, los agentes José Gregorio Sarrieta y Ramón Cinza se cruzaron con Di Giovanni -que llevaba las copias para la impresión de un libro. Lo reconocieron y dieron la voz de alto, pero Severino comenzó a disparar y escapó por la calle Sarmiento. Según las crónicas de la época, dobló a la izquierda en Riobamba y a la derecha por Cangallo para ingresar en un hospedaje ubicado al 1975. Los policías lo siguieron, pero aguardaron en la calle. Pidieron refuerzos.

Antonio Ceferino García, de la seccional 5», intentó abrir la puerta y Di Giovanni le acertó un disparo en el pecho. Murió horas más tarde en el hospital. Siguieron los disparos y uno alcanzó a una niña de 13 años, Delia Berardone, que también murió.

Di Giovanni se internó en el hospedaje y desde la terraza saltó a un garaje con entrada en la calle Sarmiento. Allí fue detenido.

En pocas horas se decidió su suerte: fue condenado a muerte por un tribunal militar. La sentencia fue firmada por el presidente de facto, el general Uriburu y su ministro de Guerra, el general Francisco Medina.

Sin mostrar ningún atisbo de desesperación ante su destino ya sellado, Di Giovanni pidió ver a su mujer y a sus hijos. Aunque al principio se lo negaron, fue la propia América Scarfó la que consiguió el permiso. También logró que fuera a verlo Teresa.

El 1° de febrero de 1931, mientras en la Penitenciaría preparaban la ejecución del anarquista, afuera la gente se aglomeraba: querían presenciar ese momento. Hubo varios periodistas que cubrieron el acto, pero quizás haya sido Arlt quien registró con más precisión la histórica situación.

Varias personas se acomodaron para ser testigos del fusilamiento, como si fuese un espectáculo. La crónica de Arlt repara en la llegada de "un señor que ha venido de frac"; la evocación de esa presencia le allana el final: "Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: 'Está prohibido reírse'; 'Está prohibido concurrir con zapatos de baile'".

Producción periodística: Juan Trenado y Sol Amaya

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