“Siento culpa y ganas de llorar”. El dolor del “lenguadero” que no pudo salvar a su amigo de la ola gigante de Mar Chiquita
El pescador, que prefiere el anonimato, la mentó la muerte de Yair Manno; lleva años en la zona, que hoy se repone lentamente del fenómeno natural en un día gris y casi sin bañistas en el mar
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MAR CHIQUITA.- Su relato con voz que delata angustia es un título tras otro, cómo las olas que lo arrollaron y arrastraron junto con otros tres pescadores. “La última fue un paredón de agua de tres metros que se nos vino encima”, dice. “Me hundió y me hizo hacer rulos en lo profundo sin saber cuándo iba a terminar de dar vueltas”, acota. Cuenta: “Cuando no daba más, de reojo vi la costa y alguien que me gritó que siga, que ya estaba cerca”. Y luego el dolor máximo, de ver a Yair Manno pedir ayuda y no poder darle una mano. “Es tremendo, siento culpa y ganas de llorar de no poder salvarlo”, dice este mediodía a LA NACION.
Vivir para contarlo es el consuelo de este experimentado “lenguadero”, como se llaman en la jerga quienes caña en mano vienen a “la boca” de Mar Chiquita en busca de lenguados. Pide que no se lo nombre y se le entienda este terrible momento que lo tuvo como protagonista y, a la vez, testigo de la tragedia que generó una creciente del mar repentina y potente, pocas veces vista por aquí.
Unas 15 horas después anda por allí de nuevo, su paraíso desde hace casi 20 años, cuando comenzó a venir desde el sur bonarense a instalarse por este balneario que es uno de los puntos pesqueros más buscados, rendidores y variado en especies en la costa atlántica.

Este día después es de conocedores del lugar que en grupo buscan explicaciones y el abrigo de la camaradería ante una muerte. La zona tiene playas de nuevo habilitadas para el baño pero, también en un día bastante gris y templado, casi sin bañistas. Hay bandera roja y negra que advierte riesgo en el frente de mar. Del otro lado de la calle, la cambian por una amarilla y negra que implica precaución para zambullirse y nadar en la laguna.
Los centros de salud de la costa del partido de Mar Chiquita también volvieron a la tranquilidad. Hasta última hora de la noche atendieron a decenas de personas, con heridas cortantes y traumatismos provocados por esa marejada que avanzó fuerte y se llevó puesto lo que se encontró en el camino. Facundo Bozzoni, director del de Santa Clara del Mar, confirmó que allí atendieron a 13 pacientes y 4 en Mar de Cobo. Al de Mar Chiquita solo ingresó el joven fallecido.
“El viejo”, como lo conocen a este pescador que dialoga con LA NACION, había compartido momentos de la tarde de lunes con Yair, en la orilla. Y más tarde ya en misión de pesca, allí donde el mar se filtra en la Laguna de Mar Chiquita. “Por suerte hacía calor y no teníamos wader, si no nos íbamos al fondo”, relata sobre un equipo que suelen usar, cubre casi hasta el pecho como un jardinero y el riesgo es que se llene de agua.

La pesca había comenzado exactamente en la embocadura y avanzaron casi 70 metros más allá de la laguna frente a esa inusual retirada del mar. Allí, al borde de un profundo canal, fue donde a los cuatro los impactaron esas olas repentinas y que escalaban en tamaño. “Una era como de un metro y medio, la otra como de dos y la última fue un paredón de agua de tres metros”, explica a LA NACION.
Varios segundos pasaron hasta que pudo asomar a la superficie. Deportista y entrenado, el hombre que ya pasó los 60 años asegura que alcanzó a nadar tanto como pudo, entre gritos con quienes lo acompañaban en semejante emergencia. “No te pongas nervioso, tirá la caña y déjate llevar por la corriente”, le escuchó a uno de sus compañeros. Hizo caso, avanzó, pero ya casi sin energías. “Muero en la mía, muero pescando”, reconoce que se dijo. “Ya me iba a dejar vencer, no daba más cuando de reojo vi la costa y alguien que me gritó que siga, que ya estaba cerca”. Con el último esfuerzo llegó a tierra firme con dos de sus compañeros.
A Yair lo perdieron de vista entre ese movimiento de agua arremolinado y lo volvieron a encontrar ya sobre la orilla. Le realizaron maniobras de reanimación cardiopulmonar mientras llegaba un gomón con pescadores que venía desde mar adentro. Luego llegó el apoyo con guardavidas, enfermero y desfibrilador. El joven marplatense, de 29 años, allí ya estaba sin signos vitales.
La aclaración de lo que llaman ola no era una tradicional, sino una masa de agua. “Un paredón, tres metros seguro en la última”, insistió al describir. Pedro, otro testigo que vio todo desde las alturas de la avenida Costanera, coincidió en el detalle del movimiento que hizo la marea: “La primera los golpeó, la segunda fue arriba y la tercera fue la más fuerte, la más grande”, describió. “No había pique, si no nos agarraba a todos en el agua y no sé qué podía haber pasado”, insistió.

“No nos salvó nadie, salimos solos por el otro lado de la laguna”, aclara uno de los sobrevivientes que valora y mucho el despliegue y la reacción de los guardavidas, que entiende que poco podían hacer frente a un escenario muy crítico y adverso, inusual para el lugar.
Regreso sin cañas
Quienes se acercaban por la mañana del día después hasta “la boca”, esta vez sin cañas, advertían sobre la peligrosidad de este espacio en el que conviven el punto pesquero y el doble frente balneario: por un lado playa al mar, por el otro a la laguna. Esta última es preferida por las familias y donde los más chicos, con una rama, hilo y un trocito de carne, se divierten pescando cangrejos. “Zona sin guardavidas”, advierte un cartel en el extremo rocoso donde se concentran los pescadores.
“Es imprescindible una moto de agua, seguro se podría haber hecho algo más por ese chico”, se escuchó sobre una cuestión que –dicen- hace tiempo se comenta y que ahora la tragedia devuelve protagonismo. También planteaban la posibilidad que el puesto de Prefectura Naval Argentina, que está costa adentro de la laguna, tenga presencia más cercana a la salida al mar.
Justo Vives, pescador y oriundo de Bragado, es otro testigo que estaba en inmediaciones de “la boca” cuando se dio esa crecida del mar, pero en ese momento sin caña, disfrutando de la calurosa tarde. “Avanzó de golpes, a los que estaban en la orilla el agua les llevó todo”, dice a LA NACION sobre equipamiento de playa y calzados que había sobre la arena.
Si bien hay coincidencia en que fue excepcional este fenómeno que se advirtió desde playas del sur de Mar del Plata hasta este extremo norte de Mar Chiquita, lugareños dan cuenta que se han dado algunos movimientos de las corrientes marinas que avanzaron también sobre la laguna y por suerte, o por milagro, no costaron vidas.

Damián Barberón vive todo el año en Mar Chiquita, tiene un pequeño comercio frente al espejo de agua y comparte con LA NACION un video que muestra desde su celular el torrente de un río furioso en el que se había convertido esa laguna. Y no solo eso: “hace más de 20 años nos agarró una crecida así con mi papá, estábamos solos algo más allá de “la boca”, nos arrastró y zafamos”, explicó. Desde entonces nunca más, dice, fueron a pescar por allí.
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