
Un tiempo idílico quedó en el pasado
La muerte de Natalia cambió la ciudad
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MIRAMAR.- Esta ciudad, Miramar, se ha instalado definitivamente en la Argentina. Muy atrás en el tiempo parece haber quedado aquella idílica apelación publicitaria que la calificaba como "la ciudad de los niños y las bicicletas".
Hoy, el horror es la sensación dominante en este tradicional balneario, compartida tanto por su laboriosa población estable como por la masa turística que la elige anualmente para el descanso estival.
Y el horror no llegó solo ni repentinamente. Hace mucho tiempo que la inseguridad campea por estas calles, con su mutifacética carga de asaltos en domicilios, arrebatos callejeros, robos de automóviles, motocicletas y ciclomotores; violencia al por mayor, asesinatos sin esclarecer incluidos.
En fin, una estampa en la Argentina actual.
El asesinato de Natalia debería constituir un punto de inflexión en un proceso que clama a gritos ser revertido, más allá del relevo circunstancial de autoridades policiales o de alguna otra medida que destile tufillo a maquillaje.
Un proceso que no termina de reducir el cáncer enquistado en la zona del muelle, donde funcionan las discotecas.
Allí, las madrugadas parecen clonarse alegremente, entre ruidos, alcohol y algo más. Y la rutina no se altera: el alba suele ser esperada por muchos chicos y chicas que, botella en mano, están convencidos de que vereda y calzada existen para que ellos se sienten.
El turista que llega a Miramar no necesita caminar mucho para acercarse a ese universo ululante, compacto, que sólo parece vivir el día a día, sin otros límites que los impuestos por el cansancio o los efectos del alcohol consumido.
En nada extraña, entonces, que el final de la corta vida de Natalia haya comenzado en la Costanera, entre las calles 35 y 37.
Es posible, que ante la atrocidad, lluevan proposiciones para enmendar tanta negligencia y tanta desidia. ¿Hacía falta llegar a esto? Ciertamente no.
En la sociedad hay signos y señales premonitorios que suelen advertir acerca de los peligros con más potencia que los vozarrones. Aquí no se los quiso registrar. ¿Es justo que ahora el péndulo rectificatorio caiga con todo su peso sobre los adolescentes y jóvenes bailanteros? ¿Qué pasará con los encargados de velar por el estricto cumplimiento de las normas que limitan el zigzagueante horario de los menores en esos establecimientos? ¿Y con el alto grado de permisividad que preside el sistema?
Es factible que a la hora de identificar a los responsables de tanta piedra libre se los encuentre en el propio seno de muchos hogares, y también fuera de ellos. La bomba que cayó en Miramar -con su cargamento de vesania y tristeza- debe, tiene que dejar un mensaje aleccionador.
Cuando se hayan atenuado las fuertes sensaciones de hoy, habrá llegado el momento de la reflexión silenciosa y creativa. Miramar, como toda la sociedad, la necesita. Para que su nocturnidad sea tan blanca como la ilusión de tantas generaciones que llegaron aquí para disfrutar de sus playas y de la buena voluntad de su gente.




