Verano: históricas casonas marplatenses recobran vida con inversiones privadas, gastronomía y un original museo
Construcciones emblemáticas, algunas centenarias, tienen una nueva oportunidad de la mano de emprendimientos privados de distintos rubros
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MAR DEL PLATA.– Hace apenas un par de semanas aturdían nuevas quejas de defensores del patrimonio arquitectónico cuando veían caer, a golpes de piqueta y retroexcavadora, el techo y las paredes del chalet Mattar, en Mendoza y la costa, protegido en sus orígenes y desafectado por la municipalidad en diciembre pasado para hacer lugar a un nuevo desarrollo inmobiliario.

Contrastan esa y otras demoliciones proyectadas con la reconversión –restauración y mantenimiento mediante– de otras construcciones históricas de esta ciudad, algunas de más de un siglo de antigüedad, que de la mano de emprendimientos privados de distintos rubros lograrán su preservación en condiciones originales con un plus: la posibilidad, en varias de ellas, de abrir sus puertas al público.
Por lo menos tres de esos inmuebles ya están asegurados, algunos de ellos ya en funcionamiento, con vida renovada. La Villa Carreras, de 1921, se convirtió en espacio gastronómico con propuestas culturales. Villa Celia, en Playa Grande, se prepara también para recibir un proyecto de la mano de la pareja de chefs más prestigiosa de la ciudad. Y frente al Parque San Martín, también en Playa Grande, un colosal chalet de la década del 40 renace como un original museo donde además se puede comer y hacer algunas compras. Hay que anotar en ese camino otro caserón de estilo hispánico que recibirá oficinas y un chalet frente al mar, que en poco tiempo albergará departamentos y nuevos espacios de comidas.

Varias de estas unidades son parte del listado incluido en la ordenanza municipal 10.075 del Partido de General Pueyrredón que contempla el Código de Preservación Patrimonial y mantiene a resguardo inmuebles considerados por valor cultural e histórico.
A veces el comercio, otras veces también el Poder Judicial bonaerense, han salido al rescate de estas propiedades que caracterizan los orígenes y la identidad de Mar del Plata. Este último caso tiene como antecedente más reciente la compra de las villas Devoto y de Bary, a metros del edificio central de Tribunales. Son sede de actividades de la Justicia, pero con otras abiertas a la comunidad en general.
En Almirante Brown 1222, cerca de la Loma de Stella Maris, Villa Carreras se convirtió desde vísperas de esta temporada de verano en Gavia 1921, un espacio de pastelería y cafetería de amplios parques que tuvieron diseño original de Carlos Thays y que, en fachada e interior, mantiene casi intactos los trazos de este chalet de estilo inglés y alguna reminiscencia gótica que le impuso el arquitecto que lo diseñó, Rodolfo Giménez Bustamante.

Su propietaria original fue María Luisa Carreras Saavedra, sobrina nieta de Cornelio, presidente de la Primera Junta, allá por 1810. El inmueble llegó a su centenario como sede del Ministerio Público Fiscal. El Poder Judicial bonaerense se la alquilaba a Luis Ravera, que la compró en 1980 y todavía es su propietario. Quien se animó ahora a darle vida comercial y cultural es María Maceira junto a su esposo, Jorge Ross. “Quisimos generar un lugar de encuentro”, dijo a LA NACION, y apuntó que a la gastronomía le sumaron muestras de arte, un salón en primer piso donde hay encuentros musicales y en lo más alto un atelier de pintura. “Tiene vida y la disfruta la gente”, acotó.
La unidad conserva casi en su totalidad las presentaciones y materiales originales que incluyen mucha madera puertas adentro, escaleras torneadas con pilarotes y pomos tallados, y pisos de pinotea que conviven con otros de granito, pulidos y brillosos por estos días. “Nuestro origen es tienda de diseño, pero nos animamos a esta propuesta en un lugar encantador y magníficamente conservado”, señaló Maceira a LA NACION.
Quizás el emprendimiento que más sorprenda sea el que apunta a restaurar la Villa Celia, que tiene diseño de Alula Baldassarini y el año próximo cumplirá su centenario. Para entonces, ya restaurada a nuevo y convertida en la nueva sede de Sarasanegro, el restaurante de mayor prestigio de la ciudad, a cargo de Patricio Negro y Fernanda Sarasa. “Se cumplió un ciclo”, dijeron de su histórico local de calle San Martín. Por eso se mudarán a Playa Grande, a esa esquina de Saavedra y Aristóbulo del Valle, justo a espaldas del Hotel Costa Galana y con mucho de la identificación con la ciudad que tiene esta pareja de chefs.

El chalet perteneció en sus orígenes a María Teresa de Ocantos. La obra de recuperación allí es bien grande: el lugar llegó a estar intrusado y el deterioro es importante. Será parte de un proyecto que contempla —y ya tiene en marcha– la construcción de un área de servicios para el restaurante sobre uno de los laterales que permanecía baldío. Y en un emprendimiento aparte, un desarrollo inmobiliario sobre otra porción del terreno con torre de departamentos; todo sin afectar la propiedad histórica, que mediante restauración sería inaugurada antes de la próxima temporada de verano.
“Estuvo usurpada, en muy mal estado. El desafío es recuperar ese patrimonio conservando todo lo que se pueda”, explicó a LA NACION la arquitecta Florencia Panasci, a cargo de la obra de recuperación, restauración y ampliación. “El exterior se va a mantener todo, adentro todo lo que se pueda”, remarcó sobre una obra que se supervisa desde el área municipal de Patrimonio Arquitectónico y Urbano. Citó la escalera exterior, pisos que combinan damero de mosaicos y madera según el espacio, y otros detalles. Por estos días se renueva el techo.
A 500 metros de allí, ya abierto al público, inmaculado en su fachada y ambientes interiores, el imponente chalet de Roca y la costa, frente al Parque General San Martín y con vista plena a Playa Grande, es desde comienzos de este mes el nuevo Museo del Surf. Detrás del proyecto no podía estar otro que Fernando Aguerre, marplatense y presidente de la Internacional Surf Asociation. En el recorrido se pueden ver más de 400 tablas cargadas de historia, incluso de los pioneros que desde las olas de Hawái empezaron a marcar el camino de este deporte.

“Nueve años estuvo en venta y consideramos que era la indicada”, confirma Aguerre sobre esta propiedad de 950 metros cuadrados que se adquirió con todo el mobiliario original. Tenía seis dormitorios, tres garajes, seis baños y un ascensor. Se construyó en 1943 con proyecto del arquitecto Alberto Marshall, que había trabajado con Baldassarini. Se la describe de estilo inglés y normando. “En su origen fue casa de playa y seguirá siendo casa de playa”, afirmó.
El museo reservó un espacio de gastronomía y también otro de venta de indumentaria Ala Moana, marca que también es propiedad del gestor de esta iniciativa. Virginia Salas, arquitecta y pareja de Aguerre, estuvo detrás de la obra junto a su colega Daniela Garramonne y equipo. “Estamos muy felices de poder haber puesto un grano de arena en su puesta en valor”, destacó Salas.

Todas estas son buenas noticias que siguen el sendero que venían marcando otros proyectos, todavía en curso. Por ejemplo, el gran chalet de Olavarría y la costa. Se la recuerda como Villa Concepción Unzué: fue sede del Museo Vilas, luego transcurrió varios años entre local bailable y confitería, sufrió otros de abandono y riesgo por vandalismo hasta que apareció un inversor decidido a recuperarlo y darle un nuevo destino. “Avanzamos un montón y tenemos el interior terminado en un 70%”, dice Francisco Curi, que ya había anticipado a LA NACION la primera etapa de este proceso para convertir el inmueble en un complejo de 28 departamentos con promedio de 70 m2.
“Vamos a salir a la venta quizás a mitad de año y con algunas de las unidades amobladas, a modo de prueba”, explicó.
Una de las últimas incorporaciones a este lento, pero sostenido proceso de recuperación de inmuebles históricos es el chalet que perteneció –y así se lo denomina– a María de Grisetti, sobre la calle Alberti, también en el perímetro del paseo comercial de calle Güemes. Los planos de obra, que datan de 1929, están firmados por el ingeniero Arístides Grisetti.

De estilo neocolonial, la propiedad se integrará a un desarrollo más amplio vinculado al complejo Essence –se unen en ambos fondos de lote– que contempla 60 oficinas nuevas, espacios recreativos y comerciales, un coworking, un sky club, gastronomía, gimnasio y salas de reuniones, todo vinculado a otra torre que también a mitad de cuadra tiene acceso por calle Rawson.
Mientras estos proyectos avanzan, otros aparecen consolidados pero en pausa. En una manzana de proximidades de Cabo Corrientes está planteado un complejo de torres de 35 pisos que implicaría demoler algunos chalets históricos y preservar otros. El otro involucra a otro clásico de la ciudad: lo que fue el Hotel Chateau Frontenac. Allí se planteó y aprobó la recuperación de este inmueble, muy deteriorado a la fecha, y sobre gran parte del resto de la manzana un desarrollo inmobiliario con dos torres, más de 250 departamentos y 230 cocheras. Acaba de avanzar un casillero hacia su concreción con la reciente aprobación del estudio de impacto ambiental.
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