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A Fondo

Por qué a veces los diseñadores tienen un impacto negativo en el mundo y qué podemos hacer al respecto

Valentín Muro
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24 de mayo de 2019  • 00:43

"Hay profesiones más dañinas que el diseño industrial, pero solo unas pocas", escribía el diseñador Victor Papanek al comienzo de su clásico Diseñar para el mundo real (1971). Obsesionado con la responsabilidad en el diseño, Papanek acusaba a sus colegas de crear productos que desperdiciaban recursos naturales, empeoraban la crisis ambiental e ignoraban sus responsabilidades éticas y sociales.

Con algo de orgullo, Papanek se jactaba de haberse hecho odiar por sus contemporáneos y de haber escrito el libro de diseño más leído del mundo. Su vigencia es indiscutida y su mensaje imposible de ignorar: aunque para diseñar no haga falta una matrícula profesional, es una profesión que conlleva una enorme responsabilidad y una suerte de juramento hipocrático no le vendría del todo mal.

Mike Monteiro es un diseñador empecinado en hacer que sus colegas se interesen por arreglar los problemas en los que el diseño nos metió. Esta no es mi apresurada interpretación: él lo dice muy claro en las primeras páginas de su audaz Ruined by Design (2019), cuyo subtítulo se traduce en "cómo los diseñadores arruinaron el mundo y qué hacer al respecto".

Crédito: Shutterstock

El problema con el diseño

Es cada vez más notable cómo han madurado las discusiones acerca de la tecnología y cómo casi todas las excusas se han evaporado. Ya no podemos optar por hacernos los desentendidos, ni escudarnos en que un tropezón aquí y otro por allí son el precio a pagar de la innovación, de la disrupción, de como quieran llamarle esta semana. Si hay algo que Monteiro repite hasta el hartazgo es que las plataformas a las que soplamos vida diariamente están diseñadas para funcionar del modo en que lo hacen. Y esto no es fortuito.

Si es terriblemente costoso para Facebook impedir la circulación de un video que muestra el inhumano ataque de un fundamentalista en Nueva Zelanda que se cobró 50 vidas es porque la plataforma está diseñada para facilitar la circulación de información. Si una plataforma de citas para varones homosexuales informa a sus anunciantes cuales usuarios son VIH positivos es porque se la diseñó para incluir esa información. Cuando los dispositivos que hacen a nuestras casas supuestamente inteligentes son usados por acosadores para espiar y amedrentar están cumpliendo con el modo en que fueron diseñados. O, siendo más caritativos, son usados de una forma probablemente excedió la imaginación de sus diseñadores.

Por supuesto que Monteiro incluye muchos otros ejemplos y, como los anteriores, todos ellos pueden ser cuestionados y minimizados. Incontables excepciones, excusas y explicaciones pueden ofrecerse para salvar la ardua labor de diseñar, pero es muy difícil ir en contra del punto principal: la mayoría de experiencias digitales que hoy nos aterran y resquebrajan nuestras fantasías del futuro no responden a lo que está roto sino a lo que funciona tal y como fue diseñado.

"Hay dos palabras que toda persona que diseña debe poder soltar con comodidad: 'no' y '¿por qué?'", afirma tajante Monteiro. "Estas palabras son el fundamento de lo que hacemos. Si no podemos preguntarnos por qué hacemos algo, perdemos dimensión de si lo que hacemos es ético o no. Si no podemos decir que no, perdemos la habilidad de plantarnos y pelear". Como atestiguan los cada vez más frecuentes movimientos subversivos al interior de empresas como Google, Apple o Facebook, mucho daño podría haberse evitado si suficientes personas hubieran preguntado por qué y hubieran dicho que no.

A quienes nos hemos versado en filosofía para luego poder versear al respecto suele dolernos que a nadie le interese realmente leer acerca de ética. Suena bien soltar la palabra en alguna que otra conversación, pero no por nada la filosofía moral se ha ganado la injusta fama de ser un plomo. Jocosamente consciente de esto, Monteiro escribe preocupado por el aspecto ético del diseño, como un diseñador con una profunda culpa por las cosas que ha hecho, dirigido a otros diseñadores que quieren comenzar a hacer lo correcto.

El libro se lee como una suerte de grito de guerra para despertar a quienes desde su labor como personas que diseñan realizan las ideas de la tecnoelite de Silicon Valley, interesada por aumentar sus ganancias a costa del resto del mundo y motivada por una aguachenta noción de lo que constituye a " hacer del mundo un lugar mejor".

Crédito: Shutterstock

Un decálogo para diseñar

Sin problema alguno con plantarse firme en la postura que lo acompañará durante el resto del libro, Monteiro escribe que "no nos incomoda lo suficiente que los pandilleros puedan acordar un código de conducta y los diseñadores no". Lo que queda claro a continuación es que el rol de crítico inerte le fastidia y aquel " código ético para personas que diseñan" que publicó de forma abierta y colaborativa en 2017 le viene a mano para profundizar su argumento.

De su decálogo se desprende una gran sensibilidad y una sobria toma de posición: el diseño es importante. pero más aún es poderoso. "Los diseñadores son antes que nada humanos", y como tales deben dejar al mundo en mejor estado que el que lo encontraron. "Lo que hacemos tiene consecuencias y somos responsables de lo que ponemos en el mundo", por más fácil que sea desacoplar nuestra pequeñísimo rol en algo mucho más grande.

Ninguna persona que diseñe o que programe, por lo general, se siente cómoda contribuyendo con un proyecto cuyo fin sea el daño a otras personas. Pero eso no quita que en el diseño debamos atender más al alcance de sus consecuencias que a lo ingenioso de nuestras soluciones. Si hay un riesgo en el trabajo creativo es el de perder dimensión de hasta dónde nuestras ideas pueden afectar al mundo.

Monteiro también incluye entre sus recomendaciones éticas la apertura a la crítica, pero sobre todo al esfuerzo por restringir nuestros egos: saber cuando callarse y escuchar. Cuando las organizaciones se empecinan con lograr el "cultural fit" o el lograr que los nuevos empleados encajen en su cultura, con facilidad se puede caer en un vicioso proceso de selección sexista, racista o elitista.

Y sobre este último punto es que no es posible atender quizá una de las principales denuncias en torno al desarrollo y diseño de tecnología: la falta de diversidad . Diseñar es buscar intencionalmente una solución a un problema dentro de una serie de restricciones. Es por esto que sin conocer a quienes tienen el problema es muy difícil lograr una buena solución.

"Empatía es una palabra muy linda para la exclusión", escribe Monteiro. En su denuncia incluye los ya clásicos ejercicios para empatizar que popularizó el design thinking, a los que encuentra un problema fundamental: "Si quieren saber cómo las mujeres usarían algo pueden incluir a una mujer en su equipo. No están extintas, no hace falta estudiarlas, se las puede contratar". No es corrección política, es mera sensatez.

Es relativamente común en los procesos de diseño dejar de lado los casos límite, aquellos que no son representativos. Se diseña apuntando a cubrir lo mejor posible el problema, pero es imposible cubrirlo todo. Para Monteiro debemos abandonar la retórica de los "casos límite" cuando se trata de personas: la incomodidad de personas trans a las que se exigen "nombres reales", las madres solteras a quienes se exige que "ambos padres firmen" o el formulario que pide corregir el campo de rojo cuando no podemos ver colores son solo algunos ejemplos. Antes que de "casos límite" se trata de seres humanos por quienes el esfuerzo vale la pena.

Monteiro nos invita a que reflexionemos luego de cada proyecto y evaluemos las decisiones que hemos tomado. A que nos preguntemos si estamos siendo fieles al mundo que queremos que se realice a nuestro alrededor. Y si lo que hacemos a diario no es consistente con aquella visión, lo mejor que podemos hacer es procurar corregirlo. "Tu trabajo es tu decisión. Por favor haz lo correcto"

Pero como toda propuesta que procura montarse sobre un difuso conjunto de valores supuestamente éticos, los límites rápidamente se encuentran en la necesidad. ¿Acaso no es un lujo, en muchísimos casos, poder renunciar a un trabajo porque no estamos de acuerdo con lo que hacemos? ¿Acaso no es un lujo poder pararnos, envalentonados por nuestros principios, y rechazar un salario? ¿En cuantos escenarios es imaginable una vida absolutamente consistente con nuestros valores?

Es aquí donde, sin embargo, quizá haya un buen punto. Dada la altísima demanda que hay por personas que conceptualicen, diseñen, desarrollen, mantengan y vendan productos digitales, es tal vez una rara confluencia de factores. Esto deja en un lugar particularmente poderoso a quienes hacen a las filas de las empresas que marcan el compás de nuestras vidas digitales.

La trágica conclusión es que ya es tarde. El mundo funciona tal y como ha sido diseñado y ese es, precisamente, el problema que hoy nos vemos enfrentados a resolver. "Hemos olvidado cuánto poder tiene nuestro trabajo, y ahora nos toca recordar", concluye Monteiro. Si el diseño nos trajo hasta acá es con más diseño -y no menos- que, con algo de suerte, vamos a poder salir.

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