La verdadera competencia del streaming es por la nostalgia

Un chico juega Fortnite, un videojuego que también generó un universo de contenido en video
Un chico juega Fortnite, un videojuego que también generó un universo de contenido en video Crédito: Shutterstock
Valentín Muro
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23 de abril de 2019  • 14:23

"El objetivo es convertirse en HBO mucho más rápido de lo que HBO puede convertirse en nosotros", decía en 2013 Ted Sarandos, el jefe de contenidos de Netflix responsable de House of Cards y de todas las series originales que le siguieron.

Por aquel entonces, cuando comenzaba a agudizarse la transición de la TV hacia el video on demand, Netflix se volvía sinónimo de momentos de esparcimiento, libres de la "cárcel de la insatisfacción" -como supo decir Reed Hastings, CEO de Netflix, en el mismo artículo. La tendencia es bien clara: en estos cinco años el promedio de tiempo mirando televisión en EE.UU. bajó casi 40 minutos y hoy se ubica en las 3 horas con 50 minutos.

Es indiscutible que estamos en la víspera de la más encrudecida "guerra por el streaming", no tanto porque Netflix pierda terreno, sino porque con HBO reforzando su servicio y Disney a punto de lanzar el propio, nuestro consumo de contenidos se verá indefectiblemente partido en mil pedacitos.

Es fácil asumir que la estrategia va por montar el mejor sistema tecnológico que nos permita consumir video de forma barata, rápida y cómoda. Pero en esta guerra por la atención quizá estemos reconociendo el campo de batalla de forma incorrecta.

Cuando Disney anunció que retiraría progresivamente su contenido de Netflix, que compraría a Fox (luego de comprar a Los Muppets en 2004, Pixar en 2006, Marvel en 2009 y LucasFilm en 2012) y que muy pronto lanzaría su propia plataforma de streaming, las comparaciones con Netflix no se hicieron esperar. Pero lo que varios analistas empiezan a comentar es que quizá ni siquiera Disney sea una amenaza real para Netflix en este momento.

El sueño de vencer a Fortnite

Puesto de otro modo, quizá la amenaza que Disney debería evaluar en este momento es la misma que enfrenta Netflix: Fortnite . Si en 2017, y de forma célebre, Hastings había dicho que el principal competidor era Netflix era el sueño, el año pasado las cosas cambiaron y en su reporte anual de ganancias para 2018, la empresa reconoció que "[compiten] más (y pierden) contra Fortnite que contra HBO".

La explicación de este comentario, en principio algo fuera de lugar, está en que los gigantes del streaming más que competir entre ellos compiten por nuestra atención. Y si una de las métricas más importantes en esta economía de la atención es la cantidad de horas que dedicamos a las pantallas, entonces videojuegos como Fortnite representan una amenaza mucho mayor que cualquier otra plataforma.

Esto es, en parte, porque Fortnite no solo implica el momento del juego, sino también todas las horas que se pasan mirando videos o transmisiones en vivo en YouTube o en Twitch. Cuando el año pasado The Walking Dead transmitió su último episodio unos 7,9 millones de personas lo vieron. Cuando Ninja, el streamer de Fortnite más famoso, jugó un rato con el rapero Drake, las vistas acumularon 8,8 millones.

La explotación de la nostalgia

Pero también se debe a que lo que el contenido audiovisual a demanda suele explotar es nuestra nostalgia. Lo que nos sigue moviendo hacia consumir lo que hace Disney es que son los guardianes de la propiedad intelectual de títulos como El Rey León, Toy Story, La Cenicienta o Frozen, pero ahora también de Los Simpson, Iron Man o Star Wars que, como decía un comentarista, para una generación ya representa más lo que sus padres llevan en sus remeras que un genuino vínculo emocional con sus historias.

Lo que está en disputa es la propiedad intelectual que vinculamos con nuestra infancia, todo aquello que al verlo -sea haciendo zapping en el cable o eligiendo mirarlo en alguna plataforma- nos lleva de nuevo a momentos o experiencias que no quisiéramos abandonar.

Nuestra infancia difícilmente sea la misma que aquella de quienes nacieron en un mundo con iPhones, banda ancha y cascos de realidad virtual. Quizá Simba le deje su lugar a Ninja, o quizá ya nadie ocupe ese lugar.

Lo que no puedo evitar preguntarme es si esto será igual dentro de unos pocos años. Quizá El Rey León ya no signifique una de las experiencias emocionales más intensas de nuestros años de desarrollo, como en algún momento también lo fue Bambi o Dumbo, sino que quizá lo sea una vivencia con otras personas en Fortnite, o incluso en Minecraft.

O quizá el lugar que esas personas den en sus mentes a las franquicias disminuya y ya ninguna ocupe un lugar privilegiado frente a otras. Quizá en algún futuro ya ninguna compañía sea dueña de casi todo lo que puede devolvernos a nuestra infancia.

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