
Alberto Grimoldi: por qué se exilió, su mirada sobre el futuro del país y cómo sobrevivió a todas las crisis
A los 83 años, el empresario repasa la historia de la compañía familiar que cumplió 130 años; sus orígenes, el exilio por amenazas, su renuncia y el rescate cuando estaba al borde de la quiebra

Su abuelo fue uno de los fundadores de la empresa familiar de calzado que está por cumplir 130 años, una de las más longevas de la Argentina. Alberto Luis Grimoldi forma parte de la tercera generación, impulsor de los negocios que, a finales de la década del ochenta, supo regresar a la compañía para redefinir la estrategia comercial e innovar en el desarrollo de productos. En una nueva entrega del ciclo Conversaciones, en charla con Claudio Zuchovicki, repasa su historia y la de su familia, los vaivenes económicos que tuvo que enfrentar y cómo vislumbra el futuro para el país.
- Grimoldi cumple 130 años. Contame un poco esta historia.
- Es raro. Empresas con 130 años, en la Argentina y en el mundo, hay pocas. Esto empezó en 1895. Eran tres hermanos Grimoldi y un señor casado con una Grimoldi. Poco a poco, algunos se murieron, otros se separaron y quedó Alberto Grimoldi –mi abuelo– solo en la empresa. En ese momento, fue la empresa productora más importante de Sudamérica, cosa que ahora no es así ni de cerca. Las condiciones han cambiado fuertemente.
- ¿Tu abuelo era inmigrante?
- No. Mi abuelo era hijo de un inmigrante. Mi abuelo era argentino.
- ¿Me contás la historia de tu padre y el zapatero de Berlín al que salvó del holocausto?
- La empresa no tenía negocios minoristas hasta 1933, 1934. Mi padre fue a Alemania a entrevistar a la familia Leiser, que eran grandes minoristas, para entender mejor el negocio. Conoció a los Leiser y ahí empezó el negocio minorista de Grimoldi. La familia Leiser, judía, fue atacada en la Alemania de los años treinta y se tuvo que refugiar en Holanda. Holanda, a su vez, fue tomada por Alemania cuando comenzó la guerra, y la familia Leiser fue a un campo de concentración. Previo a eso le mandaron plata a mi padre, sin ningún tipo de papel. Y antes de que los tomaran prisioneros, le transfirieron las acciones de los negocios de Leiser en Holanda. Finalmente, cuando termina la guerra, los Leiser deciden venir a la Argentina, pero en la época de Perón no les permitían el ingreso. Así que mi padre intervino para decir que eran gente conocida del mundo del calzado, que los necesitaba, y por eso entraron al país.
Mi padre murió a los 44 años, yo tenía 11, de modo que es muy poco lo que recordamos de él. Pero hace unos años, uno de los Leiser, Liselotte Leiser –una persona extraordinaria que ya murió–, llama por teléfono a Grimoldi y pide hablar conmigo. La invité a que viniera a Grimoldi y nos contó la historia.
- Te habrá marcado y habrá dignificado la imagen de tu padre…
- Totalmente. Me ayudó a conocerlo más.
- ¿Estás donde querías estar o fue la circunstancia de distintas cosas?
- Yo creo que estoy donde quería estar. Cuando muere, mi padre era la cabeza de Grimoldi, pero tenía un hermano y una hermana. Empecé a trabajar muy, muy joven. Cuando iba a la facultad, ya estaba trabajando en Grimoldi. Mi tío y mi tía quisieron introducir a sus hijos y sus hijas en la empresa, y me acuerdo que tuve una reunión con ellos y les dije: “Las empresas requieren profesionalidad”. Acá, una persona era marino, otra persona era un médico, cero profesionalidad; así que me fui. Me fui de
Grimoldi, creé otra empresa de calzado llamada Grial y empecé a exportar a Estados Unidos. Esa fue mi salida de Argentina, básicamente por el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) que me había amenazado a mí y a mi familia. Por eso me fui a Uruguay y ahí me fue muy bien.
En 1978, Guillermo Walter Klein y Alejandro Estrada, que estaban en el gobierno, me piden que me reincorpore a la Argentina. Me vine, contra la opinión de mi mujer que quería quedarse en Uruguay. Fui Subsecretario de Comercio, luego Secretario de Industria. Lamento enormemente que yo no conocía muchas de las cosas que pasaron en ese período. Una gran ignorancia.
- Sos economista, te profesionalizaste, y cuando recompraste Grimoldi, profesionalizaste la compañía. ¿Usaste esa política con tus hijos?
- Usé la política, pero la gerenta general es una mujer que no es Grimoldi. Mis dos hijos están ahí, pero no hay nietos ni cosas por el estilo. Grimoldi es una empresa profesional. Uno de mis hijos es ingeniero y el otro es licenciado en administración, y con Teresa Hara a la cabeza de Grimoldi, la llevan adelante.
- Hoy cotizan en bolsa. ¿Tendría que tener acciones de Grimoldi?
- Yo creo que sí. Yo creo que Grimoldi está creciendo. Estamos abriendo seis o siete locales este año. Si vos creés que estamos en un período en que la Argentina va a volver a sus ideas originales de libertad económica y progreso, comprá Grimoldi.
- Como manager, en algún momento dijiste: “Hasta acá llego, no me interesa el día a día”, y tuviste que separar la propiedad de la gestión. ¿Cómo fue ese proceso?
- Lo pensé mucho tiempo y, entonces, apareció algo curioso: un curso que se hacía en Harvard, en ese momento, para retirados. Un curso que duraba un año. Todavía existe, vos te anotás y tenés derecho a cualquiera de los 6000 cursos que tiene la universidad. Mi mujer, que es médica, fue a hacer cursos de medicina y yo fui a estudiar o analizar historia económica, que me interesaba mucho, y economía. Durante un año me dediqué a eso, sabiendo que en la Argentina había puesto una gerente general y estaban mis hijos. Si bien yo tenía bastante contacto, a partir de ahí, mi idea era que me iba a ir alejando definitivamente.
- ¿Es mejor la compañía sin vos?
- Estoy seguro que sí. A esta altura, no tengo duda. Los hombres de 83 años… la cabeza no es la misma. No es la misma.
- A tu padre le daba enseñanza la calle, aprendió de tu abuelo trabajando todos los días. Vos, sin embargo, sos un académico. ¿Cuánto, en el éxito, hay academia y cuánto es imposible sin tener mucha calle?
- Yo fui, entre otras cosas, profesor de economía en la UCA por 10 años. ¿Fue importante para mí? Sí, fue importante. ¿Por qué? Porque conocí a una serie de personas, alumnos o gente ya recibida, que me sirvió enormemente. Pero la calle fue lo principal. Muy, muy importante, desde muy chico, poder estar en contacto con la calle, con los locales. Eso fue fundamental.
- En tu trayectoria en Argentina, los 130 años de Grimoldi, ¿cuán importante es el esfuerzo, la dedicación y el profesionalismo o es solo tener buenos contactos?
- No, no, no. Para la empresa, el profesionalismo es fundamental. La Argentina es un país muy especial en ese sentido. 50, 80 años de economía cerrada, a lo largo de ese período, con algunas variantes pero básicamente en una economía cerrada, vos creaste una serie de negocios que, cuando la economía se abre, y se abre en serio, van a desaparecer. Otros, o desaparecen o se transforman. Y eso es lo que está ocurriendo hoy en la Argentina. Creo que está empezando a producirse un cambio profundo. No está terminado, ni mucho menos, porque eso nos va a llevar tiempo. Pero vamos hacia una Argentina –si esto persiste– mucho más productiva, mucho más eficiente.
- ¿Cuánto esperás “a ver si esto persiste”? ¿O te la tenés que jugar porque, si no, después es tarde?
- No. No me la tengo que jugar entero. Puedo tomarme mis tiempos. Creo que lo que vamos a vivir, de acá a fin de año, es muy importante en materia económica para el futuro. Lo creo yo. No sé si va a ser así, pero es lo que pienso. De cualquier modo, Grimoldi está creciendo. ¿Podría crecer más? Sí. ¿Tengo algunas dudas? Este país ha sido tan inestable a lo largo de los años, que rezo para que así sea. Pero creo que, de acá a fin de año, vamos a tener mucha más certeza con respecto al futuro que hoy.
- ¿Qué libro no tengo que dejar de leer?
- Tenés que leer el libro de Grimoldi que te voy a dejar (risas). Tengo una gran amistad con Juan Carlos de Pablo, y creo que los libros de Juan Carlos son importantes para entender la Argentina. Fuimos compañeros de facultad… He leído todos sus libros, vale la pena leerlos.
- Salvá de un error a tus hijos. ¿O preferís que se equivoquen para que tengan su propia experiencia?
- No, no prefiero que se equivoquen para nada. Yo cometí errores en Grimoldi, muchos, por ejemplo, tratar de crecer endeudándome. Y la Argentina tuvo crisis muy violentas a comienzos del siglo XXI, y antes también, que a mí me marcaron mucho. Yo impulsé… más que impulsar, aprobé mucho de lo que pensaban mis hijos y la gerenta general. Hoy Grimoldi no tiene deuda bancaria. ¿Está bien? ¿Está mal? Está maravilloso en la práctica. A futuro, dependiendo de cómo es la Argentina, tomaremos deuda, creceremos mucho más aceleradamente.
- ¿Cómo debería ser una reforma laboral en la Argentina?
- Hoy, cuando contratás a una persona, estás tomando, potencialmente, un pasivo muy importante. Las leyes laborales en la Argentina han sido ridículas, a tal punto que hay un 40% de personas que no están dentro de la ley porque nadie las quiere tomar. Entonces, si vos querés una Argentina que prospere, que avance con futuro… o modificás eso o no lo vas a poder hacer. Es tan importante como eso.
- Casi el 90% de los millonarios argentinos lo son por herencia. Eso no es movilidad social y vos, teóricamente, viviste una generación donde debería haber habido movilidad social. Vos sos un caso intermedio, vos potenciaste esa compañía.
- Han creado –y no me quiero meter con amigos– muchas empresas muy ligadas a una economía cerrada y al estado, y han hecho fortunas ligados a ese mundo. Eso no es bueno a largo plazo. No debería ser así. Por eso no se puede comparar a la Argentina con Estados Unidos ni con Europa. En mi opinión, es distinta la forma en que, acá, se han hecho muchos millonarios.
- ¿Qué mensaje te gustaría dejarle a la próxima generación?
- Les quiero dejar la idea de que la Argentina puede volver a ser un país importante. No una potencia, eso no existe; pero sí un país económicamente muy importante, si mantiene la idea de libertad económica que, por primera vez, está empezando a plantearse correctamente en este país. Creo que hay que apoyar eso, creo que hay que apoyarlo con fuerza. Eso va a depender de gente joven. Sí, de gente que quiere un mejor futuro, pero muchos no saben cómo hacerlo. De modo que hay que transmitirles que ese es el camino y no el que tenemos.









