
Laura Micheletti y Mirta Villalba: dos historias que muestran cómo el amor también puede cambiar una vida tras los muros
Una llegó como voluntaria por curiosidad y nunca dejó de volver; la otra entró primero como madre de un detenido y hoy acompaña a decenas de jóvenes cada semana. Sus testimonios reflejan el impacto humano del trabajo de la Fundación Espartanos
La primera vez que Laura Micheletti entró a una cárcel no sabía bien qué iba a encontrar. Había escuchado hablar del rezo del rosario que organizaban los voluntarios de Espartanos dentro del penal de San Martín y decidió acercarse por curiosidad, invitada por amigos. Recuerda todavía el sonido de las rejas que se cerraban detrás suyo y el nerviosismo de atravesar cada puerta. Pero al llegar al pabellón la escena fue muy distinta a la que imaginaba: internos que se acercaban a saludar, abrazos de personas que no conocía y una bienvenida inesperadamente cálida. “Pensé que iba a ir a dar algo, pero me di cuenta de que eran ellos los que me estaban transformando a mí”, recuerda. Desde aquel primer viernes de 2017, nunca dejó de volver.
Con el tiempo entendió que muchos de los hombres que participaban de las actividades no tenían visitas ni contacto frecuente con sus familias. La presencia de alguien de afuera, simplemente dispuesto a escucharlos, tenía un valor enorme. Micheletti, que había estudiado Trabajo Social aunque nunca ejerció formalmente, encontró allí un espacio donde compartir, escuchar y acompañar. Para ella, el trabajo de los voluntarios consiste en algo sencillo y a la vez profundo: mirar a cada persona como un igual. “Muchas veces son chicos a los que nadie vio o nadie escuchó”, explica. A través del rugby, los talleres y los espacios de reflexión, dice, empiezan a recuperar confianza y a reconstruir vínculos.
La historia de Mirta Villalba comenzó desde otro lugar. Durante años visitó a su hijo en la cárcel de San Martín, donde él empezó a participar del programa Espartanos. Al principio le costaba creer que el rugby y la vida en un pabellón distinto pudieran generar un cambio real. Sin embargo, con el paso de los meses empezó a notar transformaciones en su conducta, en su forma de hablar y en su manera de proyectar el futuro. Cuando recuperó la libertad, la familia atravesó momentos difíciles, pero el acompañamiento de los voluntarios fue clave para ayudarlo a encarrilar su vida. Fue entonces cuando Mirta tomó una decisión: devolver de alguna manera lo que habían hecho por su hijo.
Desde 2016, Villalba entra cada semana al penal como voluntaria para rezar el rosario con los internos. Madre de ocho hijos y abuela, muchos de los jóvenes la llaman simplemente “mamá”. Dice que lo que encuentra allí es “un pedacito de cielo”, un lugar donde el afecto aparece de manera inesperada entre paredes pensadas para el castigo. “Es más lo que uno recibe que lo que da”, asegura. Su mensaje, dirigido a quienes miran la cárcel desde afuera, es simple: involucrarse. “Son seres humanos que necesitan apoyo y oportunidades. Todos podemos equivocarnos, pero también todos merecemos una segunda oportunidad”.
Para colaborar con la Fundación Espartanos hace click acá: https://www.fundacionespartanos.org/donar/
Los invitamos a escuchar ESPARTANOS, el podcast de Coco Oderigo en LA NACION; está disponible en Spotify y YouTube, al igual que el resto de la oferta de podcasts de LA NACION.








