Más que un modelo de automóvil, el Ford Mustang es un ícono con fieles devotos a los que responde con una estética de gran personalidad y una mecánica poderosa
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Muchas veces se dice, quizás a la ligera, que un determinado modelo es un ícono. ¿Pero realmente lo es? El tema se presta a la polémica; sin embargo, hay un automóvil del que nadie tiene duda en llamarlo ícono: el Ford Mustang.
¿Por qué? Porque creó una nueva categoría: los Pony Car (en honor al caballo salvaje Mustang norteamericano), en la que también compiten modelos no menos emblemáticos como los aún vigentes Chevrolet Camaro y Dodge Challenger, y otros como los Pontiac Firebird, Plymouth Barracuda y AMC Javelin.
Conocidos hoy como muscle cars, por sus carrocerías que recuerdan los voluminosos músculos de un fisicoculturista, lejos de pasar de moda son el objeto de deseo de no pocos fanáticos. En especial, si se trata de un Ford Mustang.
Basta andar por la calle en uno para comprobar la pasión fierrera en nuestro país por la marca del óvalo y el Mustang. Pulgares arriba, fotos, caras de asombro, admiración… Más aún, devoción. Imposible pasar desapercibido.
No es para menos, la sexta generación del Mustang, que desde hace pocas semana se vende en el país (versión GT), recuperó toda la mística estética del modelo de los ’60, que las generaciones intermedias habían diluido. Esto es, un diseño de líneas con el capot largo y recto (para el motor instalado en forma longitudinal), más el frontal con la parillahexagonal y el aspecto fiero de un caballo bronco (como no se requiere mayor presentación, el famoso pony al galope reemplaza al óvalo en la parrilla), mientras que el área posterior guarda las clásicas líneas fastback con las luces (de LED) de tres barras. Se destaca, además, un cuidadoso tratamiento aerodinámico, que remata en un difusor trasero muy moderno que enmarca las dos salidas de escapes cromadas.
Lógicas para un auto como este Ford Mustang GT equipado, como corresponde por historia, con un V8 5.0 32 válvulas TiVCT (distribución variable de las válvulas), que entrega una potencia de 421 CV a 6500 rpm y un par motor de 530 Nm (54 kgm) a 4250 vueltas, más una transmisión automática, con función Sport y levas (paddle shifts) en el volante para usarla en forma manual-secuencial, muy rápida en cualquier modo. Además, cuenta con tracción trasera mediante diferencial de deslizamiento limitado (transfiere el torque entre las ruedas según el patinamiento de cada una). La mecánica, no cabe duda, hace honor al carácter deportivo del modelo.
Así lo demuestran las pruebas de aceleración, hechas en el modo Sport (estira el régimen de cambio de la caja), que arrojaron cifras de 5,39 s para acelerar de 0 a 100 km/h, 14,03 s para alcanzar los 400 m y 26,9 s para el kilómetro con partida detenida. Por supuesto, el consumo de combustible es alto: 19,6 L/100 km en ciudad y unos 15 L/100 km en autopista. El V8 ruge como tal al acelerar a fondo, si no es una ronroneante nota grave que no perturba la insonorización del habitáculo.
Para ser un vehículo deportivo, las suspensiones (McPherson adelante y paralelogramos deformables atrás), en el programa Normal son más blandas de lo que puede suponerse a priori, por lo que el confort de marcha es muy bueno (tampoco golpea en las cunetas, a pesar del despeje acotado), sin afectar el comportamiento dinámico, que en la ruta se mostró muy aplomado, estable y franco. Para detener los 1734 kg, los frenos (discos ventilados en las 4 ruedas con pinzas Brembo) responden con potencia y rapidez; eso sí, necesitan 41,7 metros para detenerse de 100 km/h a 0.

El manejo es sumamente confortable gracias a la dirección con asistencia eléctrica progresiva (precisa y rápida) y a un habitáculo ergonómico, con cómodas butacas (de cuero microperforado con calefacción y refrigeración) con regulación mixta; o sea, eléctrica (tiene 8 ajustes), salvo el respaldo del asiento que es manual. El tablero, que combina instrumentos analógicos y digitales (display con toda la información de viaje) es muy legible. Cuenta con interruptores tipo avión (palanquitas que se suben y bajan para la baliza y los programas electrónicos de conducción: Normal, Sport, Track y Snow/Wet, que modifican la respuesta del acelerador, el régimen de cambio de marcha, la dureza de la dirección y los parámetros del control de estabilidad (TRC) debajo de la gran pantalla táctil central; todo al alcance del conductor. Eso sí, como en toda coupé 2+2, las plazas traseras son muy estrechas (casi inhabitables), amén que llegar a ellas es complicado.
El equipamiento tecnológico interior es amplio: climatizador bizona, sistema de audio Hi-Fi Shaker Pro, apertura y encendido sin llave, cámara de retroceso con guías móviles, más los de seguridad: asistente de arranque en pendiente (HLA), 8 airbags (frontales, laterales, de cortina y de rodilla) y anclajes Isofix para butacas de niños en los asientos traseros. Pocos autos son realmente íconos. El Mustang es uno de ellos.










