Corazones destrozados
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El otro día volví a recordar uno de los crímenes de que son víctima a diario los ciudadanos de nuestra Nación. En medio del frenesí mundialista, me di cuenta de algo que es obvio y a la vez por completo transparente. Todos los días sabemos de uno o más horrores. A cual más indignante, más repugnante, más incomprensible. ¿Solo de femicidios, de cuántos hemos tenido noticia el último mes? Luego esa tragedia es reemplazada por otra, al día siguiente. O al otro. Se entiende que los que nos encargamos de dar las malas noticias no podemos hacer el seguimiento de cada historia (es materialmente imposible; hace 44 años que trabajo de esto), pero eso no significa que tales historias no existan. Durante unas horas esa familia, ese deudo, esa víctima, aparecen en nuestras consciencias anestesiadas, y luego vuelven al anonimato.
Por supuesto, sus dramas no cambiarían en nada, si siguiéramos sabiendo de ellos. Pero me puse en sus lugares y pensé en la soledad y la resignación y, sobre todo, en el incalculable dolor toda vez que se enteran de otro crimen, otra pérdida, otra noticia que nadie quiere dar y que, sin embargo, no tenemos más remedio que dar e inevitablemente vuelve a destrozar sus corazones muchas veces destrozados.
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